1) Sí, es verdad, mi pasión hacia los Estados Unidos está mediatizada por las historias que desde mi infancia he vivido a través del cine y, en menor medida, la literatura. Pero no por eso es menos pasión. Los
states son y serán ya por siempre ese escenario mitificado y mistificado, tejido de los sueños, donde han tenido lugar esas ficciones que tanto me han alienado y a la vez me han hecho crecer como persona.
2) Nunca me gustaron los relatos de aventuras. De pequeño tuve en mi habitación la colección completa de Julio Verne y jamás me tentó. A Tolkien sólo le pude plantar cara de adulto; antes nunca soporté las fogatas en el bosque, lasd pociones mágicas y los duelos de espadas. Prefería las historias normales, las vidas corrientes, que casi siempre ocurrían en Nueva York, o en Chicago, o en Los Ángeles, o en un pequeño pueblo de New Hampshire (aunque nunca tuviera muy claro dónde caía New Hampshire).
3) Pon por ejemplo el típico
diner americano. En realidad no hay un sitio más manido que un
diner. Pero en ellos se han fraguado tantas historias y el corazón me ha dado tantos vuelcos que un
diner ya nunca será un
diner, sino mucho más.
4) Entre los autores patrios he encontrado a muy pocos capaces de convertir los escenarios autóctonos en tejido de los sueños. Capaces de hilvanar historias corrientes con una fuerza tal que los rincones normales se tiñeran de esas mismas emociones. Pero algunos sí lo han conseguido.
5) La primera vez que lo sentí fue con una película:
El cielo abierto, del tándem formado por
Elvira Lindo y
Miguel Albaladejo. Al verla, de pronto Madrid se me reveló como un espacio riquísimo en el que se podían contener miles de historias emocionantes. El tándem hoy se ha disuelto pero, sin desmerecer a Albaladejo, sé que la fuerza creadora que convertía a Madrid en tejido de sueños era Elvira Lindo.

y 6) Ahora acabo de terminar
El otro barrio, un libro que Elvira terminó ya hace años, y en él, como en casi todo lo que escribe esta mujer, está esa fuerza arrolladora que convierte el barrio de Vallecas y los rincones del Madrid más convencional en espacios que dejan de ser físicos para contener esas emociones de las que están hechas los sueños. Y no me refiero sólo a la metáfora de la que Elvira se sirve para aludir al más allá. No, es más que eso. Es la capacidad de
re-crear esos lugares que ya existen (Vallecas, la avenida de la Albufera) y hacerlos inmensos, infinitos, para que todos quepamos en ellos, igual que en ese
diner perdido en la noche de cualquier ciudad americana.