sábado, 8 de noviembre de 2008

Los italianos saben acerca de lo que más importa



Siempre es un regalo para los oídos ver una película italiana en versión original. Y si encima son de esas pelis que te ayudan a reencontrarte contigo mismo, mejor. Hace poco vi Saturno contro, y ahora acabo de ver Le chiavi di casa. Dos cintas en las que impera la melancolía, pero también la esperanza. Dos lecciones de vida que te dejan con el corazón encogido, pero de las que sales siendo más persona. Qué necesario es también este cine...

viernes, 7 de noviembre de 2008

La realidad como tejido de los sueños

1) Sí, es verdad, mi pasión hacia los Estados Unidos está mediatizada por las historias que desde mi infancia he vivido a través del cine y, en menor medida, la literatura. Pero no por eso es menos pasión. Los states son y serán ya por siempre ese escenario mitificado y mistificado, tejido de los sueños, donde han tenido lugar esas ficciones que tanto me han alienado y a la vez me han hecho crecer como persona.

2) Nunca me gustaron los relatos de aventuras. De pequeño tuve en mi habitación la colección completa de Julio Verne y jamás me tentó. A Tolkien sólo le pude plantar cara de adulto; antes nunca soporté las fogatas en el bosque, lasd pociones mágicas y los duelos de espadas. Prefería las historias normales, las vidas corrientes, que casi siempre ocurrían en Nueva York, o en Chicago, o en Los Ángeles, o en un pequeño pueblo de New Hampshire (aunque nunca tuviera muy claro dónde caía New Hampshire).

3) Pon por ejemplo el típico diner americano. En realidad no hay un sitio más manido que un diner. Pero en ellos se han fraguado tantas historias y el corazón me ha dado tantos vuelcos que un diner ya nunca será un diner, sino mucho más.



4) Entre los autores patrios he encontrado a muy pocos capaces de convertir los escenarios autóctonos en tejido de los sueños. Capaces de hilvanar historias corrientes con una fuerza tal que los rincones normales se tiñeran de esas mismas emociones. Pero algunos sí lo han conseguido.

5) La primera vez que lo sentí fue con una película: El cielo abierto, del tándem formado por Elvira Lindo y Miguel Albaladejo. Al verla, de pronto Madrid se me reveló como un espacio riquísimo en el que se podían contener miles de historias emocionantes. El tándem hoy se ha disuelto pero, sin desmerecer a Albaladejo, sé que la fuerza creadora que convertía a Madrid en tejido de sueños era Elvira Lindo.

y 6) Ahora acabo de terminar El otro barrio, un libro que Elvira terminó ya hace años, y en él, como en casi todo lo que escribe esta mujer, está esa fuerza arrolladora que convierte el barrio de Vallecas y los rincones del Madrid más convencional en espacios que dejan de ser físicos para contener esas emociones de las que están hechas los sueños. Y no me refiero sólo a la metáfora de la que Elvira se sirve para aludir al más allá. No, es más que eso. Es la capacidad de re-crear esos lugares que ya existen (Vallecas, la avenida de la Albufera) y hacerlos inmensos, infinitos, para que todos quepamos en ellos, igual que en ese diner perdido en la noche de cualquier ciudad americana.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Lo peor y lo mejor del mundo

Lo peor: la Asociación Nacional del Rifle, las grasas saturadas, George W. Bush, el creacionismo, la cienciología, el cinturón de la Biblia, la caza de brujas, Vietnam, la guerra de Irak, el sistema de castas en los institutos, Las Vegas de día, el (denigrante) sistema sanitario, el puritanismo y la teta de Janet Jackson, Hollywood Boulevard (por decadente), Beverly Hills y Rodeo Drive (por horteras), la obligación de tener coche, el complejo de ser el centro del mundo, la necesidad de salvar al mundo, las hipotecas subprime, el capitalismo feroz, el absurdo sueño americano...



Las Vegas de día, Tom Cruise (el nuevo redentor) y la teta de la Jackson.

Lo mejor:
Nueva York, el Metropolitan Museum, el buen rollito del barrio de Mission, en San Francisco, Woody Allen, las comedias románticas (con y sin Meg Ryan), las pelis de institutos, los Starbucks, los muffins de arándanos, los onion bagels con cream cheese, el sol de Los Ángeles, las rutas vinícolas por Napa Valley, Yosemite, Steven Spielberg, Doctor en Alaska, Buffy Cazavampiros, Expediente X, Cantando bajo la lluvia, el Walgreen's abierto 24 horas, GAP, la Entertainment Weekly, el dólar devaluado, la atención al cliente en la hostelería, David Leavitt, la Streisand, Rosa María Molló, corresponsal de TVE en USA, la inocencia americana frente al "estar de vuelta de todo" europeo...
...y, por supuesto, Obama.



Yosemite, un bagel (yummy!), Doctor en Alaska y Rosa Mª Molló.

Barack le ha devuelto el optimismo al mundo


Miren qué portada. Emocionante, ¿no?

martes, 4 de noviembre de 2008

La realidad es un rollo (y además no es real)



Fui a ver La boda de Rachel aconsejado por Kubelick, que sabe que me pirran las películas familiares y de sentimientos con unidad de espacio y tiempo, del estilo de A casa por vacaciones o Los amigos de Peter. Pero no me avisó del tono soporífero que Jonathan Demme se ha marcado con esta su última cinta. Me explico. La peli destripa sentimientos de la manera en que me suele gustar. Sostiene la (manida pero que a mi me encanta) tesis de que la familia saca lo mejor y lo peor de uno. Trae de vuelta a Debra Winger, cuya aparición en la peli te deja mudo. Y la actuación de Anne Hathaway es genial. Pero para de contar.

El resto, además de mareante, es un rollo mortal. A Jonathan Demme parece que ahora le gusta el documental, pero de ahí a tragarte todo un ensayo de boda y la consiguiente boda familiar cámara en mano y sin que pase nada, hay un paso. Señor Demme, yo no me trago ni la boda de mi prima, conque más la de estos pijos de Conneticut a los que les hace falta urgentemente una lobotomía.

El primer fallo de la película es ése precisamente, el alargamiento del metraje cuando lo que se cuenta, el meollo dramático, da para una hora escasa. Así, el espectador se pasa toda la peli esperando a que la trama de verdad, en medio de tanta paja, avance algo. Y está bien que Demme requiera de un espectador activo, que a modo de espectador real vaya hilando la verdadera historia tras la parafernalia mareante de la cámara en mano. Pero cuando los hilos que se han de hilvanar aparecen cada media hora, pasamos de un espectador activo a un espectador aburrido. A destacar, sobre todo, los doscientos cincuenta mil brindis en la cena de ensayo y las trescientas ochenta mil actuaciones, a cada cual más friki, tras el banquete de bodas, que además van justo antes del desenlace, y hacen que el final de la peli se eternice.

El otro fallo de la cinta está en el meollo dramático en sí. Este fallo es más discutible, pero para mí ha sido esencial. Este tipo de pelis trata de analizar las relaciones humanas, en este caso las familiares. Y nos suelen servir de espejo, porque tanto nosotros como nuestras familias nos vemos reflejados. Me encantan esas pelis, en las que se ve cómo en el fondo todos somos unos disfuncionales, con nuestras miserias y nuestras grandezas. Pero es que en el caso de esta peli la disfuncionalidad familiar se debe a algo en especial que no he de ser yo quien lo revele (por aquello de no fastidiar la peli). Y es justo ese algo lo que hace que la radiografía familiar y el retrato de la naturaleza humana ya no sea tan extensible. Estamos ante una historia muy particular (aunque no por ello menos legítima: ya digo que es tal vez mi culpa, por esperar un tratado sobre las relaciones familiares y encontrarme con un dramón de tomo y lomo con tintes de culebrón, lacrimógemo como él solo y disfrazado de cinéma vérité, todo ello aderezado con la labor de un cámara con serios problemas de parkinson).

viernes, 31 de octubre de 2008

Sin aliento



Sin aliento.
Así te deja el último montaje de Animalario sobre la vida del mítico boxeador Urtain (del que yo, nacido en el 78, no sabía nada antes de ver esta obra).
Sin aliento.
Así debe quedar toda la troupe de actores al terminar cada función, en la que se nota que lo dan todo. Especialmente Roberto Álamo, impresionante dándole vida a Urtain en una caracterización al más puro estilo hollywoodiense (pero en el buen sentido).
Sin aliento.
Así es el vertiginoso ritmo de este montaje de de una hora y 40 minutos, en el que te olvidas de que estás en el teatro para sumergirte de veras en la historia (algo que yo creo que tiene un mérito tremendo; el espectador de hoy, acostumbrado al estímulo del cine, eso no lo tiene tan fácil).

Náufragos políticos y náufragos de cartón piedra

Si algo tiene la infancia es que es incansable. De niño vi una y otra vez la película de la Disney El tenente Robinson, en la que Dick Van Dyke encarnaba a un Robinson Crusoe moderno. La peli no puede presumir de haber pasado a los anales de la historia del cine, pero a mí me encantaba. Sobre todo la primera parte, en la que el náufrago Dyke se pasaba todo el rato en una balsa, antes de llegar a la isla desierta. La secuencia era un cúmulo de sketches absurdos, con visita de tiburón incluída, que sin embargo a mí me encadilaban.

Años después leo Relato de un náugrago, de Gabriel García Márquez, y no he podido evitar recordar todo el rato aquella película de mi infancia. Imagino que nada más lejos de la intención de Gabo que hacer recordar al lector los chascarrillos de Dick Van Dyke. Pero las conexiones de la mente son inescrutables, y las vivencias de cada uno mezclan lo sublime con lo absurdo más veces de lo que queremos reconocer.

Relato de un náufrago me ha gustado, sobre todo a partir de la primera visita de los tiburones al protagonista. (Ya os contaré en otro post mi obsesión recalcitrante y freudiana con los escualos.) Y claro, está también el mensaje político, pero a día de hoy, pasado más de medio siglo, no lo recomendaría por ese mensaje rerivindicativo, sino por la historia en sí. Además, yo lo he leído contemplando la posibilidad de hacérselo leer a mis alumnos de 2º de la ESO, conque no me ha interesado tanto ese mensaje como el ritmo interno y la amenidad del relato. Y sí, supera la prueba.

Ni que decir tiene que de Gabriel García Márquez el libro apenas tiene el nombre en la portada y poco más. La impronta de Gabo yo aquí no la he visto por ningún lado. Claro, en el fondo no es un libro al uso, sino un reportaje publicado por el Gabo periodista, sin ninguna intención de construir una novela al modo de sus grandes obras posteriores. Esto en realidad no es ni negativo ni positivo; lo dejo caer sólo a modo de aviso: no está en este libro esa prosa tan característica, ni esa noción del tiempo, ni ese realismo mágico que el lector suele buscar (y felizmente hallar) en García Márquez. Aun así, el relato se lee en un suspiro, es bien entretenido y merece la pena.