Sí, es innegable. Este blog no pasa por su mejor momento. Estancamiento creativo, diréis unos. Hastío, diréis otros. Hasta yo lo he llegado a pensar. Pero no lloréis por mí. Últimamente me ha dado por correr. Sí sí, correr. Correr todos los días, mientras escucho a Bebe o a Macaco (¡a Macaco!) en los cascos. Y ansiar ese momento en el que me aíslo del mundo y dejo de pensar, y sólo siento el sudor y el agotamiento físico. Quién me lo iba decir, hace dos años, cuando estaba tan enfrascado en este blog, buscando lecturas que comentar, obras de teatro que criticar y músicas que recomendar.
¿Estancamiento creativo? En una entrevista que leí hace tiempo, Günter Grass decía que si fuera feliz, no se sentaría a escribir cada día; se pondría a comer pipas tan ricamente en la puerta de su casa. Que era precisamente la desazón, la infelicidad (o la falta de felicidad plena) lo que le convertía en escritor.
¿Hastío? También me acuerdo de Terenci Moix.. Aquí, en este mismo blog, escribí sobre "ese Tiempo y esa Muerte que arrasan con todo, y esa esperanza que sólo el Amor concede", en una especie de post-oráculo de mi propia vida.
Así que no os preocupéis demasiado, amigos lectores. No hay tal estancamiento ni tal hastío. Es sólo que la vida a veces nos depara mejores cosas que leer, ir al cine o estar frente a un ordenador, y me voy a dar el permiso de disfrutarlas. Un gran abrazo a todos, y especialmente a ti, Pepa, porque este blog empezó en tu nombre, y tú eras la primera en la que pensaba cada vez que escribía aquí.
PS: Y aun así, no me resigno a contaros que estoy con Delibes, y que nunca pude imaginar que de Castilla pudiera salir un mago de las palabras y un retratador de la realidad a la altura de García Márquez (que lo está).
Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
sábado, 23 de octubre de 2010
martes, 19 de octubre de 2010
Delibes vs. el mito
Durante los dos primeros años, el Nini acompañó a los extremeños a talar el monte de la vaguada y desenraizar los matos de encina. Antes hicieron esto en Torrecillórigo, aunque ahora eran empleados del Estado dedicados a la ardua tarea de la repoblación forestal. La repoblación forestal era la obsesión de los hombres nuevos y cuando la guerra, apenas a las veinticuatro horas de estallar, se organizaron brigadas de voluntarios con el fin de convertir la escueta aridez de Castilla en un bosque frondoso. No había tarea más apremiante y los prohombres decían: «Los árboles regulan el clima, atraen las lluvias y forman el humus, o tierra vegetal. Hay, pues, que plantar árboles. Hay que hacer la revolución. ¡Arriba el campo! ». Y todos los hombres de todos los pueblos de la cuenca se desparramaron ilusionados, la azada al hombro, por las inhóspitas laderas. Pero llegó el sol de agosto y abrasó los tiernos brotes y los cerros siguieron mondos como calaveras.
Guadalupe, el capataz de los extremeños, que, pese a su nombre, era un muchacho atezado y musculoso, con bruscos y ágiles ademanes de gitano, les dijo de entrada a los mozos del pueblo en la taberna del Malvino que venían dispuestos a convertir Castilla en un jardín. El Pruden se había sonreído escépticamente y el Guadalupe le dijo: «¿Es que no lo crees?». Y el Pruden respondió melancólicamente: «Sólo Dios hace milagros».
Los extremeños comenzaron el trabajo por la Cotarra Donalcio y en pocos meses la motearon de pimpollos, como la cara de un hombre picado de viruelas. Pero tan pronto concluyeron, un sol implacable derramó su fuego sobre la colina y los incipientes pinabetes comenzaron a amustiarse y a las dos semanas un setenta por ciento de los arbolitos trasplantados estaban resecos y chascaban al pisarlos como leña. Los supervivientes se defendieron unas semanas aún, pero al poco tiempo perecieron también calcinados y la faz de la Cotarra Donalcio volvió a ser tan adusta y hosca como antes de dejar su huella allí los extremeños. El yeso cristalizado brillaba en el borde de las hoyas de greda, y Guadalupe, el Capataz, al divisar los guiños del cerro desde los bajos juraba y decía:
–Todavía se cachondea el marica de él.
Hablaban de los cerros con rencor, pero, pese al estéril resultado, no cejaban en el empeño. A veces aparecía por el pueblo el ingeniero, que era un hombre campechano aunque con esa palidez que contagian las páginas de los libros a quien ha estudiado mucho y, entonces, se reunía con los doce extremeños en la taberna del Malvino y les arengaba como el general a los soldados antes del combate:
–Extremeños –decía–, tened presente que, hace cuatro siglos, un mono que entrara en España por Gibraltar podía llegar al Pirineo saltando de rama en rama sin tocar tierra. Con vuestro entusiasmo, el país volverá a ser un inmenso bosque.
El Pruden v el Malvino cambiaban una mirada de inteligencia. Tras la visita del ingeniero, que bebía con ellos como un igual, los extremeños acrecían sus esfuerzos, ahondaban las hoyas de cada pimpollo para que sirviera de recipiente a las aguas pluviales y les protegiera del matacabras, pero las lluvias no se presentaban y, al llegar julio, el pimpollo se asaba en el hoyo como un pollo en su propio jugo.
Guadalupe, el capataz de los extremeños, que, pese a su nombre, era un muchacho atezado y musculoso, con bruscos y ágiles ademanes de gitano, les dijo de entrada a los mozos del pueblo en la taberna del Malvino que venían dispuestos a convertir Castilla en un jardín. El Pruden se había sonreído escépticamente y el Guadalupe le dijo: «¿Es que no lo crees?». Y el Pruden respondió melancólicamente: «Sólo Dios hace milagros».
Los extremeños comenzaron el trabajo por la Cotarra Donalcio y en pocos meses la motearon de pimpollos, como la cara de un hombre picado de viruelas. Pero tan pronto concluyeron, un sol implacable derramó su fuego sobre la colina y los incipientes pinabetes comenzaron a amustiarse y a las dos semanas un setenta por ciento de los arbolitos trasplantados estaban resecos y chascaban al pisarlos como leña. Los supervivientes se defendieron unas semanas aún, pero al poco tiempo perecieron también calcinados y la faz de la Cotarra Donalcio volvió a ser tan adusta y hosca como antes de dejar su huella allí los extremeños. El yeso cristalizado brillaba en el borde de las hoyas de greda, y Guadalupe, el Capataz, al divisar los guiños del cerro desde los bajos juraba y decía:
–Todavía se cachondea el marica de él.
Hablaban de los cerros con rencor, pero, pese al estéril resultado, no cejaban en el empeño. A veces aparecía por el pueblo el ingeniero, que era un hombre campechano aunque con esa palidez que contagian las páginas de los libros a quien ha estudiado mucho y, entonces, se reunía con los doce extremeños en la taberna del Malvino y les arengaba como el general a los soldados antes del combate:
–Extremeños –decía–, tened presente que, hace cuatro siglos, un mono que entrara en España por Gibraltar podía llegar al Pirineo saltando de rama en rama sin tocar tierra. Con vuestro entusiasmo, el país volverá a ser un inmenso bosque.
El Pruden v el Malvino cambiaban una mirada de inteligencia. Tras la visita del ingeniero, que bebía con ellos como un igual, los extremeños acrecían sus esfuerzos, ahondaban las hoyas de cada pimpollo para que sirviera de recipiente a las aguas pluviales y les protegiera del matacabras, pero las lluvias no se presentaban y, al llegar julio, el pimpollo se asaba en el hoyo como un pollo en su propio jugo.
Miguel Delibes, Las ratas
lunes, 30 de agosto de 2010
Por manido que esté
A veces, entre la paja se encuentran pepitas de oro. Leo comentarios en el facebook, ese absurdo hipnotizador de mentes que nos está volviendo aún más tontos que el Sálvame. Y me encuentro con un poema de Bécquer que alquien ha colgado. Manido, ¿eh?. Pero, de repente, alguien responde: "A veces cuando uno lee a Bécquer cree que ya toda la poesía quedó escrita en sus versos". Y no sé si ese comentario viene de un verdadero conocedor de la poesía o de un tolay cualquiera, pero me doy cuenta de que tiene razón. Porque Bécquer estará sobadísimo, pero en la literatura española hay pocos como él, con esa capacidad de compilar toda la tradición anterior y de abrir nuevos caminos para la poesía que vendría después (sin Bécquer, por ejemplo, Lorca no hubiera sido el mismo). Y con un lenguaje que llega a todos, y que lo mismo sirve para rellenar carpetas de adolescentes que para filosofar sobre el existencialismo romántico de fin de siglo (de siglo XIX, se entiende). Porque como decía Pepa, a propósito de la rima de las golondrinas, "lo de Bécquer sirve siempre para un roto o un descosido, pero pocas veces se plantea como el recuerdo de lo fugaz e irrepetible, del tiempo no recobrado." Y es verdad, lo fácil sería desdeñar al poeta sevillano; más difícil es darse cuenta de la verdadera hondura vital de sus aparentemente sencillas palabras.
Venga, yo, como mi amiga del facebook, también os dejo uno de Bécquer. El de las olas, que me encanta:
Venga, yo, como mi amiga del facebook, también os dejo uno de Bécquer. El de las olas, que me encanta:
Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!
Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!
miércoles, 23 de junio de 2010
La luna / La tragedia
El paje de Herodías: -¡Mira la luna! ¡Qué extraña parece la luna! Es como una mujer que se levanta de la tumba. Uno pensaría que está buscando cosas muertas."Uno pensaría que está buscando cosas muertas". Suena a Lorca, ¿verdad? Pero no lo es. Es Salomé, de Oscar Wilde, que me acabo de leer. Al principio todo es muy lorquiano, y luego deviene en un juego de símbolos decadentes muy de la época que recuerda más a Darío, pero que no deja de ser eficiente. Salomé es una obra pequeñita y corta, pero tremendamente condensada, también al estilo de las de Lorca. No hay una verdadera trama, sino sólo una anécdota cruelmente decorada y magnificada para hacerte ver el horror de la locura, del amor y de la muerte.
Y me he acordado de esa otra obra bíblica apenas empezada por Lorca, La destrucción de Sodoma, y que se suponía que cerraría la trilogía trágica comenzada con Bodas de sangre y Yerma. Os dejo con lo poco que queda de esa Sodoma:
Calle de Sodoma. Columnas y grandes toldos de púrpura. En un lado fuente de mármol que es al mismo tiempo abrevadero.Y ya está. La tragedia se masca. Igual que la otra tragedia, la de que nunca dejaran a Lorca terminar ni ésta ni tantas otras obras.
Mujer 1ª. ¿No han vuelto?
Mujer 2ª. (Que está en el suelo cubierta con un velo gris.) No.
Mujer 3ª. Llevan cuatro días borrachos.
Mujer 4ª. Se llevaron todo el vino de las tinajas.
Mujer 1ª. Y cortaron para coronas todos los racimos de la vid.
Mujer 2ª. ¡Ay!
Mujer 1ª. No está acostumbrada. La trajeron sus padres de una aldea lejana con su dote y la dejaron aquí sin saber lo que hacían.
Mujer 3ª. Y está enamorada de su marido.
Mujer 4ª. Cuando se le acaben las lágrimas dejará de llorar.
"Ésta la recitaba yo"
Qué envidia me da cada vez que alguien me dice eso. Envío un poema cualquiera, de esos que he descubierto ya de adulto (porque ha sido mi profesión la que me ha acercado a la poesía, y no al revés, como hubiera sido lógico) y me contestan que "ésta la recitaba yo, jaja". Y pienso en todos esos maestros que tuve en mi infancia (de los que no me puedo quejar, si he terminado de profe ha sido en gran parte debido a la admiración que siempre tuve a la mayoría de ellos) y que apenas me hicieron aprender poemas de memoria, para que yo ahora pudiera soltarlos en clase sin tener que aprendérmelos el día anterior. Porque lo de aprenderse los poemas de memoria podría ser un suplicio para un niño, pero no hay cosa que más disfruten que soltarlos frente a la clase una vez que se los han aprendido. Qué pena que la memoria esté devaluada, cuando te ofrece uno de los placeres literarios mayores que hay: el de la recitación.
lunes, 14 de junio de 2010
Después de la obra maestra
A veces una obra maestra puede hundir la carrera de un autor, al menos en lo que al prestigio se refiere. Por ejemplo, después de La casa de los espíritus, ¿ha escrito Isabel Allende algo que esté a la altura de ese influjo genial que tuvo su primera novela? La Allende ha seguido siendo divertida y a veces hasta sagaz, pero nunca nada de lo que ha escrito ha tenido ese calado emocional de su primera obra, ni siquiera esa Paula con la que lloraron lectores de medio mundo (incluido yo).
García Márquez son palabras mayores. Nada más lejos de mi intención compararlo con la Allende, independientemente de que La casa de los espíritus me llegue a mí de un modo más íntimo. Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera le valdrían a Gabo para ser considerado el mejor escritor vivo en español, pero NO son Cien años de soledad, esa novela que a pesar de ser un pelín machista puede literariamente con todo lo que se ha escrito en el siglo XX.
Vamos con la música. ¿Se acuerdan del Jagged Little Pill de Alanis Morrissette? Menudo bombazo, ¿verdad? Y ahora díganme el nombre de cualquiera de los otros discos que la canadiense ha sacado. ¿No? Pues venga, al menos alguna canción. Tampoco, ¿verdad?
Pero no caigamos en el tópico. No siempre es así. Y hay que tener cuidado, porque aunque a mí me encanten, son a veces esos tópicos los que condenan toda la obra de un artista después de haber hecho su masterpiece. Y no deja de ser injusto. A saber:
Madonna: Music
Pongámonos frívolos, que es Madonna. La increíble abuela elástica siempre ha sido una experta en superarse después de sus grandes discos, aunque no siempre se le haya reconocido. Estaba escuchando hoy en mi ipod el Music, que sacó en el 2000, dos años después del boom del Ray of Light, y las cosas como son, por mucho que en su día la Rolling Stone dijera que era "una versión basta e improvisada de su anterior trabajo", Music es un pedazo de disco. Quizá más irregular, quizá más raro o menos llamativo a primera vista, pero igualmente revolucionario, porque no es sólo un disco electrónico y ya está. Hay canciones como I deserve it o Gone, que en principio parecen ponzoña country y poco más, con una Madonna cantando más desganada que nunca, pero que tienen unos arreglos con sintetizador bestiales, que hacen que se te pongan los pelos de punta. Hay que esperar a la mitad de las canciones, pero merece la pena:
Almodóvar: Átame
La crítica ha dicho de todo de esta peli, especialmente que su mayor problema es la indefinición dentro de un género. Vamos, que Almodóvar no sabe si hacer reír o hacer llorar. Yo creo que en realidad esta peli es una joyita, y su único problema es que Almodóvar la hizo justo después del boom de Mujeres al borde de un ataque de nervios, que era una comedia perfecta. Átame no es mejor película, pero tampoco necesariamente peor. El tono de comedia no está tan logrado, pero ni falta que hacía, porque no se trataba de eso.
Anne Rice: Lestat el vampiro
Después de Entrevista con el vampiro, Anne Rice aprovechó para alargar la historia y hacer caja. Y la terminó alargando hasta el delirio, con unas crónicas vampíricas que al final no había quién se tragara. Pero la que que hizo justo después de la primera, Lestat el vampiro, es de lejos la más divertida de todas, mucho más incluso que la primera parte (también porque esa primera parte estaba muy bien, pero tampoco era una obra maestra que digamos).
Sam Mendes: Revolutionary Road
Pues qué quieren que les diga, American Beauty estaba bien, pero a mí nunca me pareció para tanto. Es más, me parece a mí que tenía cierto tufillo oportunista que le ha hecho perder vigencia con el tiempo. La historia es a la larga muy de los noventa. La banda sonora, considerada en su momento el no va más, suena ya trilladísima. Y la escena de la bolsa de plástico al viento termina siendo trascendentalismo postmodernoide y barato. A mí, a falta de que pasen los años para poderla juzgar en justicia, Revolutionary Road me parece una peli mucho más perfecta y desgarradora. Irónicamente, no se le dio tanto bombo a nivel de oscars y demás premios, pero creo yo que a la larga eso mismo le hará un favor al futuro de la cinta.
Fernando Meirelles: El jardinero fiel
En su momento, cuando vi Ciudad de Dios, no me disgustó. Pero me pareció que la abrumadora propuesta estética dejaba la historia un pelín diluida. Años después, con El jardinero fiel, flipé. Seguía habiendo una estética, pero aquí lo que Meirelles demostraba era su valía como narrador manejando una historia que en realidad son tres: la historia de amor, el best-seller político y la denuncia social. Difícil difícil, pero Meirelles sale más que victorioso, y por eso creo yo que ésta es mucho mejor película que la primera.
***
Hay más. Desde pequeño me ha gustado siempre más Indiana Jones y el templo maldito que En busca del arca perdida. Regreso al futuro parte II es un despiporre genial, que pone en entredicho y se ríe hasta de la sombra de su primera parte (la tercera no, la tercera es horrible). El imperio contraataca es infinitamente mejor que La guerra de las galaxias, por mucho que a los freaks les parezca esto una blasfemia. Y etcétera etcétera. Y no hablo de El padrino porque ya es un tópico soltado hasta la saciedad (y porque, ups, no las he visto...).
Hoy, con tanta serie de TV tan bien hecha, creo que el tópico está echado por tierra definitivamente. Montones de series se han hecho en los últimos años cuyas primeras temporadas apenan tenían fuelle, pero que después han cogido fuerza y han devenido en segundas o terceras temporadas geniales. Buffy, por ejemplo, que tiene una primera temporada bastante aburrida, (y que por eso cuesta tanto trabajo a la hora de convencer a neófitos). O miren los famosos spins-off, como Fraisier, que salió de la genial Cheers, pero que era igualmente genial. En España, lo poco que he visto de Aída me ha parecido siempre bastante mejor que lo poco que vi de Siete vidas. Y sí, no pasa lo mismo con Aquí no hay quien viva, que después de las dos primeras temporadas, alucinantes, no supo mantener el tipo: algo he visto de Lo que se avecina, y es gracioso, pero no es lo mismo.
Sólo digo que hay que tener cuidado con crucificar a los que tienen la suerte o el mérito de hacer una obra maestra, porque a veces, esa misma devoción por la obra maestra nos puede cegar para juzgar lo que venga después.
García Márquez son palabras mayores. Nada más lejos de mi intención compararlo con la Allende, independientemente de que La casa de los espíritus me llegue a mí de un modo más íntimo. Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera le valdrían a Gabo para ser considerado el mejor escritor vivo en español, pero NO son Cien años de soledad, esa novela que a pesar de ser un pelín machista puede literariamente con todo lo que se ha escrito en el siglo XX.
Vamos con la música. ¿Se acuerdan del Jagged Little Pill de Alanis Morrissette? Menudo bombazo, ¿verdad? Y ahora díganme el nombre de cualquiera de los otros discos que la canadiense ha sacado. ¿No? Pues venga, al menos alguna canción. Tampoco, ¿verdad?
Pero no caigamos en el tópico. No siempre es así. Y hay que tener cuidado, porque aunque a mí me encanten, son a veces esos tópicos los que condenan toda la obra de un artista después de haber hecho su masterpiece. Y no deja de ser injusto. A saber:
Madonna: Music
Pongámonos frívolos, que es Madonna. La increíble abuela elástica siempre ha sido una experta en superarse después de sus grandes discos, aunque no siempre se le haya reconocido. Estaba escuchando hoy en mi ipod el Music, que sacó en el 2000, dos años después del boom del Ray of Light, y las cosas como son, por mucho que en su día la Rolling Stone dijera que era "una versión basta e improvisada de su anterior trabajo", Music es un pedazo de disco. Quizá más irregular, quizá más raro o menos llamativo a primera vista, pero igualmente revolucionario, porque no es sólo un disco electrónico y ya está. Hay canciones como I deserve it o Gone, que en principio parecen ponzoña country y poco más, con una Madonna cantando más desganada que nunca, pero que tienen unos arreglos con sintetizador bestiales, que hacen que se te pongan los pelos de punta. Hay que esperar a la mitad de las canciones, pero merece la pena:
Almodóvar: Átame
La crítica ha dicho de todo de esta peli, especialmente que su mayor problema es la indefinición dentro de un género. Vamos, que Almodóvar no sabe si hacer reír o hacer llorar. Yo creo que en realidad esta peli es una joyita, y su único problema es que Almodóvar la hizo justo después del boom de Mujeres al borde de un ataque de nervios, que era una comedia perfecta. Átame no es mejor película, pero tampoco necesariamente peor. El tono de comedia no está tan logrado, pero ni falta que hacía, porque no se trataba de eso.
Anne Rice: Lestat el vampiro
Después de Entrevista con el vampiro, Anne Rice aprovechó para alargar la historia y hacer caja. Y la terminó alargando hasta el delirio, con unas crónicas vampíricas que al final no había quién se tragara. Pero la que que hizo justo después de la primera, Lestat el vampiro, es de lejos la más divertida de todas, mucho más incluso que la primera parte (también porque esa primera parte estaba muy bien, pero tampoco era una obra maestra que digamos).
Sam Mendes: Revolutionary Road
Pues qué quieren que les diga, American Beauty estaba bien, pero a mí nunca me pareció para tanto. Es más, me parece a mí que tenía cierto tufillo oportunista que le ha hecho perder vigencia con el tiempo. La historia es a la larga muy de los noventa. La banda sonora, considerada en su momento el no va más, suena ya trilladísima. Y la escena de la bolsa de plástico al viento termina siendo trascendentalismo postmodernoide y barato. A mí, a falta de que pasen los años para poderla juzgar en justicia, Revolutionary Road me parece una peli mucho más perfecta y desgarradora. Irónicamente, no se le dio tanto bombo a nivel de oscars y demás premios, pero creo yo que a la larga eso mismo le hará un favor al futuro de la cinta.
Fernando Meirelles: El jardinero fiel
En su momento, cuando vi Ciudad de Dios, no me disgustó. Pero me pareció que la abrumadora propuesta estética dejaba la historia un pelín diluida. Años después, con El jardinero fiel, flipé. Seguía habiendo una estética, pero aquí lo que Meirelles demostraba era su valía como narrador manejando una historia que en realidad son tres: la historia de amor, el best-seller político y la denuncia social. Difícil difícil, pero Meirelles sale más que victorioso, y por eso creo yo que ésta es mucho mejor película que la primera.
***
Hay más. Desde pequeño me ha gustado siempre más Indiana Jones y el templo maldito que En busca del arca perdida. Regreso al futuro parte II es un despiporre genial, que pone en entredicho y se ríe hasta de la sombra de su primera parte (la tercera no, la tercera es horrible). El imperio contraataca es infinitamente mejor que La guerra de las galaxias, por mucho que a los freaks les parezca esto una blasfemia. Y etcétera etcétera. Y no hablo de El padrino porque ya es un tópico soltado hasta la saciedad (y porque, ups, no las he visto...).
Hoy, con tanta serie de TV tan bien hecha, creo que el tópico está echado por tierra definitivamente. Montones de series se han hecho en los últimos años cuyas primeras temporadas apenan tenían fuelle, pero que después han cogido fuerza y han devenido en segundas o terceras temporadas geniales. Buffy, por ejemplo, que tiene una primera temporada bastante aburrida, (y que por eso cuesta tanto trabajo a la hora de convencer a neófitos). O miren los famosos spins-off, como Fraisier, que salió de la genial Cheers, pero que era igualmente genial. En España, lo poco que he visto de Aída me ha parecido siempre bastante mejor que lo poco que vi de Siete vidas. Y sí, no pasa lo mismo con Aquí no hay quien viva, que después de las dos primeras temporadas, alucinantes, no supo mantener el tipo: algo he visto de Lo que se avecina, y es gracioso, pero no es lo mismo.
Sólo digo que hay que tener cuidado con crucificar a los que tienen la suerte o el mérito de hacer una obra maestra, porque a veces, esa misma devoción por la obra maestra nos puede cegar para juzgar lo que venga después.
miércoles, 9 de junio de 2010
Sombra
Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
¡Esa guirnalda! ¡pronto! ¡que me muero!
¡Teje deprisa! ¡canta! ¡gime! ¡canta!
que la sombra me enturbia la garganta
y otra vez viene y mil la luz de enero.
¡Teje deprisa! ¡canta! ¡gime! ¡canta!
que la sombra me enturbia la garganta
y otra vez viene y mil la luz de enero.
¡Lejos se esconde la eternidad!
¿Qué es esta Sombra, este Misterio?
¡El libro más sagrado!
Grandes hombres han venido
desde épocas aciagas, con sus agonías oscuras,
implorando, dudando, inciertos.
La ferocidad inexpresable del espíritu mudo
se aferra a ti.
¿Qué es esta Sombra, este Misterio?
¡El libro más sagrado!
Grandes hombres han venido
desde épocas aciagas, con sus agonías oscuras,
implorando, dudando, inciertos.
La ferocidad inexpresable del espíritu mudo
se aferra a ti.
Por el día solitario y la noche callada,
pasas tú, sombra eterna,
con un dedo en los labios.
pasas tú, sombra eterna,
con un dedo en los labios.
En todo pasas tú, sombra enigmática,
y quedamente suenas
tal un agua a esta fiebre de la vida.
y quedamente suenas
tal un agua a esta fiebre de la vida.
Oh noche oscura. Ya no espero nada.
La soledad no miente a tu sentido.
Reina la pura sombra sosegada.
La soledad no miente a tu sentido.
Reina la pura sombra sosegada.
Curioso de la sombra
y acobardado por la amenaza del alba
reviví la tremenda conjetura
de Schopenhauer y de Berkeley
que declara que el mundo
es una actividad de la mente,
un sueño de las almas,
sin base ni propósito ni volumen.
y acobardado por la amenaza del alba
reviví la tremenda conjetura
de Schopenhauer y de Berkeley
que declara que el mundo
es una actividad de la mente,
un sueño de las almas,
sin base ni propósito ni volumen.
Ya formidable y espantoso suena,
dentro del corazón, el postrer día;
y la última hora, negra y fría,
se acerca, de temor y sombras llena.
dentro del corazón, el postrer día;
y la última hora, negra y fría,
se acerca, de temor y sombras llena.
Luego, llevó sereno,
el limpio vaso, hasta su boca fría,
de pura sombra -¡oh, pura sombra!- lleno.
De la sombra venimos y a la sombra
volveremos, la sombra es nuestro hogar.
Tú quisiste morir enteramente,
la carne y la gran alma. Tú quisiste
entrar en la otra sombra sin la triste
plegaria del medroso y del doliente.
Goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,
no sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, más tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.
Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
sábado, 29 de mayo de 2010
Desbordamiento
Sucedió a los veinte minutos de apretar el botón. En el prelavado, la lavadora empezó a rugir de un modo extraño y expulsó el agua a borbotones. Paula la había puesto tres días después del martes, su primera noche con Laura. Una amiga le había aconsejado: si va a volver a tu casa, que no vea que sigues con las mismas sábanas, tía, lávalas, no seas guarra. Paula se había resistido a hacerlo; en las dos noches siguientes había sido feliz al acostarse y sentir de nuevo el olor de Laura que la envolvía. Pero le hizo caso a su amiga, y puso la lavadora el viernes. Veinte minutos después, fregona en mano, recogía del suelo todo el amor desbordado de aquel martes, esperando que tanto líquido desperdiciado no fuera un mal presagio de lo que no habría de repetirse.
Pero repitieron. El sábado estuvieron toda la tarde en el parque. Laura derramó dos veces la botella de vino encima de la manta en la que habían estado tumbadas. Cuando salieron para casa, a pesar del sol de la tarde, la manta seguía mojada. A la mañana siguiente, Laura metió la manta, aún húmeda, en la lavadora. La puso en marcha y cogió a Paula del brazo. Espera, le dijo Paula mirando la lavadora, suena raro. No, siempre suena así, vamos a llegar tarde, le dijo Laura. Paula obedeció. En el cine, los dos vasos de coca-cola cayeron por el suelo antes de que pudieran dar el primer sorbo. Cuando volvieron, tres horas más tarde, el piso estaba inundado.
Un año después, cuando se fueron a vivir juntas a un sótano en el centro de la ciudad, la tormenta fue mitológica. La radiaron en todos los medios, y hasta las televisiones internacionales hablaron de las aguas caídas en ese país que nunca nadie se había preocupado de estudiar en la escuela o sacar en el noticiario. Pero nadie habló de Paula ni de Laura, ni de cómo quedaron atrapadas para siempre en ese sótano, sumergidas en el líquido elemento que conservó para siempre el amor desbordado que se tenían, antes de que nada ni nadie pudiera hacerles desconfiar de ese sentimiento. La sequía nunca llegó. Flotando entre muebles y electrodomésticos, con las manos entrelazadas, sus caras sonreían en un limbo de agua y de amor.
Pero repitieron. El sábado estuvieron toda la tarde en el parque. Laura derramó dos veces la botella de vino encima de la manta en la que habían estado tumbadas. Cuando salieron para casa, a pesar del sol de la tarde, la manta seguía mojada. A la mañana siguiente, Laura metió la manta, aún húmeda, en la lavadora. La puso en marcha y cogió a Paula del brazo. Espera, le dijo Paula mirando la lavadora, suena raro. No, siempre suena así, vamos a llegar tarde, le dijo Laura. Paula obedeció. En el cine, los dos vasos de coca-cola cayeron por el suelo antes de que pudieran dar el primer sorbo. Cuando volvieron, tres horas más tarde, el piso estaba inundado.
Un año después, cuando se fueron a vivir juntas a un sótano en el centro de la ciudad, la tormenta fue mitológica. La radiaron en todos los medios, y hasta las televisiones internacionales hablaron de las aguas caídas en ese país que nunca nadie se había preocupado de estudiar en la escuela o sacar en el noticiario. Pero nadie habló de Paula ni de Laura, ni de cómo quedaron atrapadas para siempre en ese sótano, sumergidas en el líquido elemento que conservó para siempre el amor desbordado que se tenían, antes de que nada ni nadie pudiera hacerles desconfiar de ese sentimiento. La sequía nunca llegó. Flotando entre muebles y electrodomésticos, con las manos entrelazadas, sus caras sonreían en un limbo de agua y de amor.
domingo, 23 de mayo de 2010
Gramática tirana
¿Qué es "hablar bien"? ¿Qué es "escribir bien"? La anécdota sobre García Márquez que cuenta Arsenio Escolar despeja a mi parecer muchas dudas sobre la tiranía de la gramática y la ortografía, que pueden ser (y son) necesarias, pero nunca definitivas. Para los profes de lengua es mucho más fácil atender a esto de la gramática y la ortografía porque son fácilmente medibles. Cuentas faltas y tildes, y las restas de la nota. Así de fácil. Pero eso no es escribir bien. Eso es sólo una parte, y más pequeña de lo que muchos creen, o nos quieren hacer creer. Escribir bien, hablar bien, es saber jugar con las palabras para poder transmitir de manera fidedigna todo eso que tenemos en la mente. Es primero, claro está, tener algo interesante en la cabeza. Y es, luego, saber verbalizarlo. Lo que comúnmente se llama expresión escrita, o lo que en español para extranjeros son las cuatro destrezas, es algo que los profes de lengua solemos dejar de lado, agobiados como estamos con las bes y las uves, las haches, las conjugaciones verbales y los análisis sintácticos. Y no, no se trata de denostar la educación tradicional. Para tradicionales la Oratoria y la Dialéctica, hoy olvidadas. O el latín, que sería un rompecabezas, pero que para enseñar a pensar y a escoger la palabra exacta, era la asignatura ideal.
Arsenio Escolar, en su artículo, trae a colación la anécdota de Gabo para demostrar la poca capacidad del escritor para encajar las críticas. Dejando aparte el verdadero trasfondo político del artículo, yo me voy a centrar aquí en lo puramente lingüístico: mi lectura es otra. Sí, la gramática dice que "deber de" es posibilidad, y que "deber" es obligación. (Dicen, por cierto, también de García Márquez, que sus manuscritos están llenos de faltas de ortografía.) Y Escolar concluye que García Márquez es maestro "de la novela y del periodismo", pero "quizás un poco menos del lenguaje y del saber encajar una crítica o una corrección". Que me expliquen a mí cómo se come eso de ser maestro "de la novela", y sin embargo serlo menos "del lenguaje". Los estrechos de mentes que, como Escolar, hacen de la gramática su bandera, lo verán muy claro. Yo, lo siento, pero lo veo oscuro, y hasta tiránico.
Arsenio Escolar, en su artículo, trae a colación la anécdota de Gabo para demostrar la poca capacidad del escritor para encajar las críticas. Dejando aparte el verdadero trasfondo político del artículo, yo me voy a centrar aquí en lo puramente lingüístico: mi lectura es otra. Sí, la gramática dice que "deber de" es posibilidad, y que "deber" es obligación. (Dicen, por cierto, también de García Márquez, que sus manuscritos están llenos de faltas de ortografía.) Y Escolar concluye que García Márquez es maestro "de la novela y del periodismo", pero "quizás un poco menos del lenguaje y del saber encajar una crítica o una corrección". Que me expliquen a mí cómo se come eso de ser maestro "de la novela", y sin embargo serlo menos "del lenguaje". Los estrechos de mentes que, como Escolar, hacen de la gramática su bandera, lo verán muy claro. Yo, lo siento, pero lo veo oscuro, y hasta tiránico.
miércoles, 12 de mayo de 2010
¡Estoy perdido! ¡Estoy asesinado!
No se asusten, no hablo de muertes, sino del grito desesperado de ese genial Avaro de Molière tras darse cuenta de que le han robado la caja con sus ahorros. Un grito que es el culmen del despiporre en esta comedia de un Molière al que nunca había leído ni visto en escena. Y cómo me he alegrado. Después de Shakespeare y los españoles Lope y Calderón, me faltaba ese tótem del teatro nacional francés, y me ha encantado. Por supuesto, no está a la altura de Shakespeare, pero sí es bastante más divertido que los españoles.
Y eso que, como me contó un día una profesora, Molière se mueve dentro de los patrones más ortodoxos del clasicismo, ese clasicismo del que supieron escapar tanto Shakespeare como Lope con su comedia nueva y Calderón. ¿Qué tiene entonces Moliere para ser tan grande, dentro de esa estricta y a priori aburrida ortodoxia? No recuerdo lo que nos dijo esa profe. Creo que algo sobre la creación de caracteres universales (el avaro, el misántropo, el enfermo imaginario...), caracteres que pueden parecer demasiado planos, sólo en función de la comicidad, pero que vistos en escena son mucho más reales. Porque este avaro tenía ecos de todos esos tacaños que nos han rodeado a todos, especialmente esos abuelos y tíos que vivieron sus épocas de penuria. Mi abuela, por ejemplo, a la que se le contraía la cara cada vez que uno de sus nietos se comía un plátano, esa cara y exótica fruta vinculada para ella más al placer que a la mera alimentación. (Claro, hoy en día, en vez de plátanos habrían sido petisuis, y ya directamente le habría dado un infarto).
Y sí, la creación de caracteres está bien, pero mejor aún está el ritmo de la dramaturgia, que se apoya en esas tres unidades de tiempo, espacio y acción, para hacerlo todo, en vez de más aburrido, más trepidante. Porque esa ruptura con las tres unidades tan denostadas por Lope sería en su momento una liberación, pero a día de hoy esas tres unidades siguen siendo la marca de fábrica de algunas de las mejores obras de enredo y de pelis basadas en textos teatrales (La soga, ¿Qué me pasa, doctor?, Los amigos de Peter, Gente con clase...).
Y además del ritmo, esa falta de vergüenza que tiene el propio Molière a la hora de presentar escenas de lo más ridículas, como el final de la obra, que para mí fue una auténtica parodia de los finales de Lope y Calderón. Porque si vas a culminar la historia de una manera tan forzada, al menos hazlo de verdad, sin miedo de caer en el ridículo, y conviértelo todo si hace falta en una pantomima, pero en un pantomima divertida, como ésta de Molière.
martes, 4 de mayo de 2010
Austen retroalimentada
Lo de que el audiovisual no suele hacer justicia a las novelas es un tópico que ya traté cuando hablé de Drácula. Y es verdad que a veces las pelis de libros que me han gustado me han decepcionado considerablemente (La casa de los espíritus, Entrevista con el vampiro). Pero ahora me acabo de zampar la serie de la BBC (1995) y la película (2005) de Orgullo y prejuicio, inmediatamente después de leerme la novela, y puedo decir que, si bien el texto ya era en sí completo, tanto la serie como (en menor medida) la película, no sólo no me han decepcionado, sino que me han encantado.
La serie, por la maravillosa interpretación de Jennifer Ehle, y por esa incidencia en el personaje de Darcy, genial Colin Firth, y por esa manera de mostar la contención inglesa de la época, en la que los sentimientos jamás eran expresados, no ya sólo en público, sino incluso en la intimidad. Pero esta contención multiplicaba el morbo de una historia que parece imposible que devenga en nada bueno, pero que al final, para respiro del espectador, se resuelve felizmente. Esa contención ya estaba en la propia Austen, que incluso llegaba a criticarla en boca de Charlotte, cuando advertía a Lizzie de que la timidez de su hermana podía perjudicarla. Pero en la serie se hacía patente, y le daba una fuerza increíble a la narración.
En cuanto a la peli, decir que Darcy empieza siendo un trasunto del propio Colin Firth en la serie. Pero es que claro, la interpretación de Firth había sentado cátedra, y ya no había otra manera de enfrentarse al papel. En cuanto a la contención, ésta es mucho menor, pero la peli, de una factura técnica preciosa, tiene algunos hallazgos visuales (como ese plano detalle de la mano de Darcy sosteniendo la de Lizzie para ayudarla a subir al coche) que también sirven para sumar puntos a la historia.
Qué gusto poderse leer una novela como ésta, y que luego el disfrute no termine en la propia novela, sino que tengas unas cuantas horas más de puro deleite frente al televisor, y que los avatares de Lizzie y Darcy en esa difícil Inglaterra de la Regencia entren en un bucle que parezca que no tenga fin. Aviso, se corre el peligro de quedarse atrapado en la historia, ¡pero merece la pena!
La serie, por la maravillosa interpretación de Jennifer Ehle, y por esa incidencia en el personaje de Darcy, genial Colin Firth, y por esa manera de mostar la contención inglesa de la época, en la que los sentimientos jamás eran expresados, no ya sólo en público, sino incluso en la intimidad. Pero esta contención multiplicaba el morbo de una historia que parece imposible que devenga en nada bueno, pero que al final, para respiro del espectador, se resuelve felizmente. Esa contención ya estaba en la propia Austen, que incluso llegaba a criticarla en boca de Charlotte, cuando advertía a Lizzie de que la timidez de su hermana podía perjudicarla. Pero en la serie se hacía patente, y le daba una fuerza increíble a la narración.
En cuanto a la peli, decir que Darcy empieza siendo un trasunto del propio Colin Firth en la serie. Pero es que claro, la interpretación de Firth había sentado cátedra, y ya no había otra manera de enfrentarse al papel. En cuanto a la contención, ésta es mucho menor, pero la peli, de una factura técnica preciosa, tiene algunos hallazgos visuales (como ese plano detalle de la mano de Darcy sosteniendo la de Lizzie para ayudarla a subir al coche) que también sirven para sumar puntos a la historia.
Qué gusto poderse leer una novela como ésta, y que luego el disfrute no termine en la propia novela, sino que tengas unas cuantas horas más de puro deleite frente al televisor, y que los avatares de Lizzie y Darcy en esa difícil Inglaterra de la Regencia entren en un bucle que parezca que no tenga fin. Aviso, se corre el peligro de quedarse atrapado en la historia, ¡pero merece la pena!
domingo, 2 de mayo de 2010
No tan ladrillos
Después de escribir sobre el Arcipreste de Hita y de lo bien que se lo pasan mis alumnos de la ESO leyéndolo, o de recordar cómo disfrutan los de 2º con el torneo que da fin al Poema de Mio Cid, o con el segundo capítulo del Quijote (el encuentro con las fulanas, el momento en que le tienen que dar de beber con una pajita), voy y me encuentro con este artículo de Rosa Montero, echando pestes del currículum actual de la literatura española en la ESO y el Bachillerato. Pinchen y léanlo.
¿Ya? Pues les comento lo que yo creo. La Montero en parte tiene razón, y en parte no. En 4º de la ESO, con La Regenta, tras leer los capítulos 27 y 28 y ver el mismo extracto en la serie, algunos chavales se quedan con ganas de saber más (si se "enrolla" con el cura o con Mesía). Yo los dejo con las ganas, pero les digo que no se les ocurra leerse el libro, porque además de ser "de mayores", pueden morir en el intento. Igualmente, cuando me planteé ponerles como lectura La busca de Baroja (por el rollo ese de que es una novela de iniciación, con un protagonista joven como ellos, y porque salen calles y lugares de Madrid que ellos conocen), deseché la idea. Si ni yo pude terminarme el libro, imagínate ellos. Como tampoco me parece de recibo hacerles leer a Galdós, u obligarlos a zamparse La vida es sueño entera.
Pero hay clásicos y clásicos. Está claro que el Quijote entero puede ser un ladrillo, pero ciertos capítulos escogidos, poniéndolos en antecedentes, y leídos en voz alta, te garantizan una o dos clases de lo más divertidas. Claro, antes hay que ponerlos en situación: imagínate, chaval, que mañana aparece en el instituto tu compañero Pepito con túnica, gafas redondas y una varita, y que me llama Dumbledore y que empieza a invocar patronus como un loco. Pues eso es el Quijote. "Mirad, mirad, cómo les habla a las "doncellas", ¡si son putas!". Claro, tienes que ser tú el que se lo leas por primera vez, y haber ensayado la lectura antes, porque ser profe de literatura es también ser actor, y porque las cosas se comprenden mejor cuando te las cuentan que cuando las tienes que leer, así en frío. Y entonces, chaval, las risas están aseguradas.
Y lo mismo con casi toda la literatura medieval. ¿Que les resulta extraña? No tanto: una vez que el castellano está adaptado, la literatura medieval les llega mucho mejor que muchas moderneces. ¡Si los niños son unos antiguos! E igual de básicos que ese público de los pueblos medievales, ansioso por ir a escuchar al juglar de turno. Pero claro, una vez más, el juglar tienes que serlo tú, como profesor. La derrota de los Condes de Carrión en el Cid les encanta, porque llega a ser gore gore ("con túnica y camisa la loriga se le entró en la carne; por la boca mucha sangre le salió"). Las guarrerías del Libro de Buen Amor, con esas serranas tan salidas, más todavía. O las putas de La Celestina poniendo verde a Melibea ("tetas tiene como si tres veces hobiese parido"). O el primer tratado de El Lazarillo, que los chavales de 2º y 3º de la ESO se zampan sin problemas, y no veas cómo disfrutan cuando el ciego se estampa contra el poste de piedra. O el monólogo de Neo/Segismundo, que es puro Matrix en versión barroca y con rimas. O La zapatera de Lorca, que en 1º de la ESO es un éxito seguro. O los poemas de Bécquer, que nada más leerlos copian en sus carpetas y cuadernos, y se pasan en notitas. Joder, a mí una niña hasta se me ha echado a llorar en clase con Bécquer. ¿Ladrillos los clásicos? Hombre, es que hay que saber escoger. Que para eso tenemos los profes libertad de cátedra. Y sí, hay un currículum, pero uno siempre puede obviar ciertas cosas y detenerse más en otras. ¿Que lloras con Bécquer? Pues te vas a enterar, tres semanas leyendo las Rimas. Y si hace falta, lloramos todos.
Luego están las lecturas obligatorias. Y ahí sí que no hay piedad ni respeto que valgan hacia los clásicos. Que para eso está la gran Laura Gallego y sus Memorias de Idhún (o Alas de fuego: genial), o Elvira Lindo con Manolito Gafotas y El otro Barrio, o La trilogía de Getafe de Lorenzo Silva. Pero ¡ojo! también Orgullo y prejucio (¡que yo me he leído por recomendación de una alumna!), o una buena adaptación de la Odisea, o de Romeo y Julieta (después de haber visto Shakespeare in love, claro), o de Las mil y una noches.
Al final, creo yo que el problema no es que los clásicos sean un ladrillo. El problema es que se les tiene demasiado respeto. Los clásicos suelen ser clásicos porque tienen muchas lecturas. Y con los chavales no hay por qué sentirse un blasfemo si nos quedamos en la capa superficial, si es la más divertida. No hay mayor pecado que la falsa trascendencia, una trascendencia que a esos clásicos les ha dado el tiempo y la crítica literaria, pero que creo yo que nunca fue pretendida por esos escritores que lo que querían era divertir a sus lectores, y poco más.
¿Ya? Pues les comento lo que yo creo. La Montero en parte tiene razón, y en parte no. En 4º de la ESO, con La Regenta, tras leer los capítulos 27 y 28 y ver el mismo extracto en la serie, algunos chavales se quedan con ganas de saber más (si se "enrolla" con el cura o con Mesía). Yo los dejo con las ganas, pero les digo que no se les ocurra leerse el libro, porque además de ser "de mayores", pueden morir en el intento. Igualmente, cuando me planteé ponerles como lectura La busca de Baroja (por el rollo ese de que es una novela de iniciación, con un protagonista joven como ellos, y porque salen calles y lugares de Madrid que ellos conocen), deseché la idea. Si ni yo pude terminarme el libro, imagínate ellos. Como tampoco me parece de recibo hacerles leer a Galdós, u obligarlos a zamparse La vida es sueño entera.
Pero hay clásicos y clásicos. Está claro que el Quijote entero puede ser un ladrillo, pero ciertos capítulos escogidos, poniéndolos en antecedentes, y leídos en voz alta, te garantizan una o dos clases de lo más divertidas. Claro, antes hay que ponerlos en situación: imagínate, chaval, que mañana aparece en el instituto tu compañero Pepito con túnica, gafas redondas y una varita, y que me llama Dumbledore y que empieza a invocar patronus como un loco. Pues eso es el Quijote. "Mirad, mirad, cómo les habla a las "doncellas", ¡si son putas!". Claro, tienes que ser tú el que se lo leas por primera vez, y haber ensayado la lectura antes, porque ser profe de literatura es también ser actor, y porque las cosas se comprenden mejor cuando te las cuentan que cuando las tienes que leer, así en frío. Y entonces, chaval, las risas están aseguradas.
Y lo mismo con casi toda la literatura medieval. ¿Que les resulta extraña? No tanto: una vez que el castellano está adaptado, la literatura medieval les llega mucho mejor que muchas moderneces. ¡Si los niños son unos antiguos! E igual de básicos que ese público de los pueblos medievales, ansioso por ir a escuchar al juglar de turno. Pero claro, una vez más, el juglar tienes que serlo tú, como profesor. La derrota de los Condes de Carrión en el Cid les encanta, porque llega a ser gore gore ("con túnica y camisa la loriga se le entró en la carne; por la boca mucha sangre le salió"). Las guarrerías del Libro de Buen Amor, con esas serranas tan salidas, más todavía. O las putas de La Celestina poniendo verde a Melibea ("tetas tiene como si tres veces hobiese parido"). O el primer tratado de El Lazarillo, que los chavales de 2º y 3º de la ESO se zampan sin problemas, y no veas cómo disfrutan cuando el ciego se estampa contra el poste de piedra. O el monólogo de Neo/Segismundo, que es puro Matrix en versión barroca y con rimas. O La zapatera de Lorca, que en 1º de la ESO es un éxito seguro. O los poemas de Bécquer, que nada más leerlos copian en sus carpetas y cuadernos, y se pasan en notitas. Joder, a mí una niña hasta se me ha echado a llorar en clase con Bécquer. ¿Ladrillos los clásicos? Hombre, es que hay que saber escoger. Que para eso tenemos los profes libertad de cátedra. Y sí, hay un currículum, pero uno siempre puede obviar ciertas cosas y detenerse más en otras. ¿Que lloras con Bécquer? Pues te vas a enterar, tres semanas leyendo las Rimas. Y si hace falta, lloramos todos.
Luego están las lecturas obligatorias. Y ahí sí que no hay piedad ni respeto que valgan hacia los clásicos. Que para eso está la gran Laura Gallego y sus Memorias de Idhún (o Alas de fuego: genial), o Elvira Lindo con Manolito Gafotas y El otro Barrio, o La trilogía de Getafe de Lorenzo Silva. Pero ¡ojo! también Orgullo y prejucio (¡que yo me he leído por recomendación de una alumna!), o una buena adaptación de la Odisea, o de Romeo y Julieta (después de haber visto Shakespeare in love, claro), o de Las mil y una noches.
Al final, creo yo que el problema no es que los clásicos sean un ladrillo. El problema es que se les tiene demasiado respeto. Los clásicos suelen ser clásicos porque tienen muchas lecturas. Y con los chavales no hay por qué sentirse un blasfemo si nos quedamos en la capa superficial, si es la más divertida. No hay mayor pecado que la falsa trascendencia, una trascendencia que a esos clásicos les ha dado el tiempo y la crítica literaria, pero que creo yo que nunca fue pretendida por esos escritores que lo que querían era divertir a sus lectores, y poco más.
lunes, 19 de abril de 2010
La impronta Lindo
¿Se acuerdan de cuando dije que a la última peli de Albaladejo le faltaba el influjo de Elvira Lindo? Pues ese influjo sí que rezuma por todos lados en la obra Algo más inesperado que la muerte, que ahora se representa en el Teatro Lara de Madrid. La obra está basada en la única novela de Elvira Lindo que yo no me he leído, pero eso no impide reconocer la huella de la escritora en los diálogos geniales y en la chispa de cada uno de los personajes.
El montaje es sencillo, igual que lo eran (cinematográficamente hablando) aquellas pelis como Ataque verbal, Manolito gafotas o El cielo abierto. Pero los actores, igual que en aquellas películas, están geniales. La obra se divide en cuatro escenas de unos veinte minutos que se pasan como un suspiro, especialmente las tres últimas. La primera escena, introductoria, es la más fría, la más abstracta, y parecía que la Lindo se había contenido, pero no. La segunda escena era puro Elvira marca de la casa. El cara a cara entre Esperanza Elipe y Carmen Ruiz no podía ser más jugoso. La situación, el diálogo, esa chacha tan elviriana a la que la pija no sabe cómo rebatir. Y yo pensaba: dios mío, estas dos actrices, al leer el texto se habrán relamido de gusto, porque un texto como éste es un regalo para cualquier actriz. Un regalo en el sentido de que las palabras de la Lindo apenas necesitan una directriz para los actores, porque todo está en esas frases que sueltan la chacha y la pija, como estaban en los monólogos de Mariola Fuentes en El cielo abierto. Elvira es una maestra en radiografiar el sentir de esas chonis de los bajos fondos que en el fondo tienen mucho más que decir que muchos intelectuales, con una inteligencia de andar por casa de la que parece que los eruditos, viviendo en su burbuja, se han olvidado. Son diálogos en los que no puedes dejar de reírte, pero que te hecen pensar, y mucho.
La pena es que la obra se haya vendido como un drama. No sé si el libro original era serio, pero el tono de comedia en este texto es innegable. Otra cosa es que lo que se exponga dé para pensar, y que los diálogos estén llenos de aristas. Pero parece que a los productores les ha dado miedo venderla como una comedia, como si se pudiera confundir con algo chabacano, como si sólo en los dramas se pudiera hilar fino. Algo más inesperado que la muerte es una comedia, una comedia que a veces te deja con la risa congelada, y que te hace reflexionar, pero una comedia al cabo. Y muy buena.
sábado, 17 de abril de 2010
TEMPVS FVGIT
A qué vienes ahora,
juventud,
encanto descarado de la vida?
Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los más temibles sueños imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.
Decía Gil de Biedma que toda su poesía había girado siempre en torno a dos cosas: el paso del tiempo y él mismo. Yo ahora acabo de ver las Coplas de Manrique con mis chavales de 3º y pienso, ¿qué poesía, qué literatura no ha girado en torno al paso del tiempo? Y es ahora, pasados los treinta, cuando empiezo a vislumbrar de verdad el valor de toda esa literatura agonizante cuyos autores veían escaparse el tiempo de sus manos. Y me doy cuenta de lo injusto que es tener que adoctrinar a todos esos adolescentes con esa literatura que, por mucho que se la expliquemos, nunca van a comprender. Porque cuando les hablas de las Coplas, puedes por ejemplo incidir en esa muerte igualadora, en esa idea de la otra vida, incluso en esa nostalgia embaucadora y engañosa que no nos dejar vivir en paz (con recordar el campamento del verano pasado, vale). Pero del inexorable paso del tempo, a ver qué les cuentas tú a un hatajo de chavales de 14 años. Sin ir más lejos, en el último examen, un alumno calificó ese paso del tiempo no de inexorable, sino de inoxidable. Un lapsus tal vez, pero es que no sólo se trata de una palabra difícil por su forma, sino también imposible de comprender en su contenido a esas edades.
Sí, hablar de la muerte puede a veces ser la solución. A los adolescentes el tema de la muerte les atrae más. En tierra, el polvo, en humo, en sombra, en nada. El de Góngora es un verso que les pone, no sólo por ser un pedazo de verso, claro, sino por todo lo que tiene de escatológico. Pero hablar del paso del tiempo no es sólo hablar de la ultratumba. El paso del tiempo, en toda su dimensión, es mucho más sutil. Esa sombra que a Lorca le enturbia la garganta y esa luz de enero que otra vez viene y mil, ese divino tesoro de Darío que se va para no volver suelen dejar fríos a los chavales. Porque los chavales quieren dejar atrás la juventud cuanto antes, como yo también quise en su día, y como todos quisimos (aunque la nostalgia nos engañe), para arrepentirnos luego.
No, el tempus fugit es algo mucho más sutil, pero lo domina todo. Es tener que controlar las horas de sueño porque si no al día siguiente estás hecho una mierda. Es no pasarte con la comida porque lo que antes nunca te sentó mal ahora te deja con el estómago hecho polvo. Es saber que ya nunca vas a improvisar muchas cosas. Es retirarte de la fiesta a una hora prudente. Es vigilar las ojeras, y el pelo que se cae para no volver a crecer. Es elegir la ropa adecuada para cada ocasión, porque ya no tienes excusas. Es mantener las formas, porque lo que antes era una idiosincrasia que apelaba a la indulgencia, ahora te deja en ridículo. Es fiarte menos de los que te rodean. Es descubrir que no hay nadie normal, y que tú tampoco lo eres, porque también tienes tus propias y oscuras aristas. Es cargar con una mochila cada vez más pesada. Es aprender a cicatrizar las heridas. Es resignarse a saber que la felicidad no va estar siempre presente en tu vida. Es conquistar tu propia soledad, y lidiar con tus demonios. Y es por supuesto, saber que el amor, lo único que te salva de ese tiempo esquivo, es cada vez más difícil de encontrar, a lo mejor porque tú eres el primero que no lo buscas.
Yo a mis chavales, la verdad, no veo manera de explicarles todo esto. Y tampoco sé si quiero. A mí me verían como un marciano, y a ellos les amargaría la vida.
juventud,
encanto descarado de la vida?
Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los más temibles sueños imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.
Decía Gil de Biedma que toda su poesía había girado siempre en torno a dos cosas: el paso del tiempo y él mismo. Yo ahora acabo de ver las Coplas de Manrique con mis chavales de 3º y pienso, ¿qué poesía, qué literatura no ha girado en torno al paso del tiempo? Y es ahora, pasados los treinta, cuando empiezo a vislumbrar de verdad el valor de toda esa literatura agonizante cuyos autores veían escaparse el tiempo de sus manos. Y me doy cuenta de lo injusto que es tener que adoctrinar a todos esos adolescentes con esa literatura que, por mucho que se la expliquemos, nunca van a comprender. Porque cuando les hablas de las Coplas, puedes por ejemplo incidir en esa muerte igualadora, en esa idea de la otra vida, incluso en esa nostalgia embaucadora y engañosa que no nos dejar vivir en paz (con recordar el campamento del verano pasado, vale). Pero del inexorable paso del tempo, a ver qué les cuentas tú a un hatajo de chavales de 14 años. Sin ir más lejos, en el último examen, un alumno calificó ese paso del tiempo no de inexorable, sino de inoxidable. Un lapsus tal vez, pero es que no sólo se trata de una palabra difícil por su forma, sino también imposible de comprender en su contenido a esas edades.
Sí, hablar de la muerte puede a veces ser la solución. A los adolescentes el tema de la muerte les atrae más. En tierra, el polvo, en humo, en sombra, en nada. El de Góngora es un verso que les pone, no sólo por ser un pedazo de verso, claro, sino por todo lo que tiene de escatológico. Pero hablar del paso del tiempo no es sólo hablar de la ultratumba. El paso del tiempo, en toda su dimensión, es mucho más sutil. Esa sombra que a Lorca le enturbia la garganta y esa luz de enero que otra vez viene y mil, ese divino tesoro de Darío que se va para no volver suelen dejar fríos a los chavales. Porque los chavales quieren dejar atrás la juventud cuanto antes, como yo también quise en su día, y como todos quisimos (aunque la nostalgia nos engañe), para arrepentirnos luego.
No, el tempus fugit es algo mucho más sutil, pero lo domina todo. Es tener que controlar las horas de sueño porque si no al día siguiente estás hecho una mierda. Es no pasarte con la comida porque lo que antes nunca te sentó mal ahora te deja con el estómago hecho polvo. Es saber que ya nunca vas a improvisar muchas cosas. Es retirarte de la fiesta a una hora prudente. Es vigilar las ojeras, y el pelo que se cae para no volver a crecer. Es elegir la ropa adecuada para cada ocasión, porque ya no tienes excusas. Es mantener las formas, porque lo que antes era una idiosincrasia que apelaba a la indulgencia, ahora te deja en ridículo. Es fiarte menos de los que te rodean. Es descubrir que no hay nadie normal, y que tú tampoco lo eres, porque también tienes tus propias y oscuras aristas. Es cargar con una mochila cada vez más pesada. Es aprender a cicatrizar las heridas. Es resignarse a saber que la felicidad no va estar siempre presente en tu vida. Es conquistar tu propia soledad, y lidiar con tus demonios. Y es por supuesto, saber que el amor, lo único que te salva de ese tiempo esquivo, es cada vez más difícil de encontrar, a lo mejor porque tú eres el primero que no lo buscas.
Yo a mis chavales, la verdad, no veo manera de explicarles todo esto. Y tampoco sé si quiero. A mí me verían como un marciano, y a ellos les amargaría la vida.
viernes, 2 de abril de 2010
Sutil y generosa Austen
Años de recomendaciones, primero de Kubelick, luego de Pepa, y por último de Mariola, no habían hecho mella en mí. Pero cuando fue una alumna de 2º de la ESO la que hace poco me recomendó a Jane Austen, supe que no podía posponerla más. Esa misma tarde, después del instituto, me fui a la Casa del Libro, comparé entre varias traducciones, y me llevé Orgullo y prejuicio a casa.
Toda mi vida pensando que el origen de las comedias románticas que más me gustan estaba en Historias de Philadelphia, y ahora, al terminarme el libro, me doy cuenta de que el germen y la chispa original no estaba en el cine, sino en la literatura inglesa de más de un siglo antes.
Lo que al principio más me ha sorprendido de la Austen es el increíble ritmo con el que comienza la historia. No me he encontrado ni las descripciones ni las reflexiones filosóficas que me esperaba, al estilo de las de La Regenta (por comparar con un español). Será literatura decimonónica, pero la cosa va mucho más rápido y tiene mucho más suspense que muchas narraciones actuales.
No quiero decir con esto que a la novela no le falte una tesis. Claro que la hay, pero la Austen es inteligente y sutil como pocos, y no pierde el tiempo con reflexiones panfletarias. La crítica social y la ironía están ahí, pero no por eso tiene que sacrificar la historia ni ser corrosiva. Austen es más inteligente que todo eso, precisamente porque no tiene necesidad de aparentar esa superior inteligencia. Y además es generosa, porque nunca quiere quedar por encima de sus personajes, sino que les tiene un profundo respeto. Todas las virtudes se las cede a Elizabeth y a Darcy, geniales como pocos personajes de la literatura, y sin necesidad de ser unos excéntricos.
Eso sí, la sutilidad no le impide a Jane Austen soltar alguna alguna que otra verdad sobre la sociedad en la que vive, de esas que que quedan dichas para los que quieran entender. Cuando en el capítulo XXII habla de la boda de Charlotte con el ridículo Collins (compromiso que deja estupefacta a la propia protagonista, Elizabeth), el pasaje es de un patetismo revelador:
[...] Toda la familia se regocijó muchísimo por la noticia. Las hijas menores tenían la esperanza de ser presentadas en sociedad un año o dos antes de lo que lo habrían hecho de no ser por esta circunstancia. Los hijos se vieron libres del temor de que Charlotte se quedase soltera. Charlotte estaba tranquila. Había ganado la partida y tenía tiempo para considerarlo. Sus reflexiones eran en general satisfactorias. A decir verdad, Collins no era ni inteligente ni simpático, su compañía era pesada y su cariño por ella debía de ser imaginario. Pero, al fin y al cabo, sería su marido. A pesar de que Charlotte no tenía una gran opinión de los hombres ni del matrimonio, siempre lo había ambicionado porque era la única colocación honrosa para una joven bien educada y de fortuna escasa, y, aunque no se pudiese asegurar que fuese una fuente de felicidad, siempre sería el más grato recurso contra la necesidad. Este recurso era lo que acababa de conseguir, ya que a los veintisiete años de edad, sin haber sido nunca bonita, era una verdadera suerte para ella.
Pues ahí queda. Y el que quiera entender, que entienda.
***
Y aun así, es gracioso que una novela escrita con esa supuesta mesura emocione tanto. Austen huye de las salidas de tono románticas de la época, y sin embargo a uno, como lector, le da un vuelco el corazón casi en cada página de la novela. Y llama también la atención que, huyendo de ese romanticismo mal entendido, Austen sea el germen de todo lo que posteriormente, en cine y literatura, se ha entendido por romántico: los malos entendidos, los encuentros y desencuentros, el odio y el desprecio que llevan al amor y esos finales felices que le dejan a uno con tan buen sabor de boca, y con la esperanza de que un amor como el de Lizzy y Darcy es posible.
Toda mi vida pensando que el origen de las comedias románticas que más me gustan estaba en Historias de Philadelphia, y ahora, al terminarme el libro, me doy cuenta de que el germen y la chispa original no estaba en el cine, sino en la literatura inglesa de más de un siglo antes.
Lo que al principio más me ha sorprendido de la Austen es el increíble ritmo con el que comienza la historia. No me he encontrado ni las descripciones ni las reflexiones filosóficas que me esperaba, al estilo de las de La Regenta (por comparar con un español). Será literatura decimonónica, pero la cosa va mucho más rápido y tiene mucho más suspense que muchas narraciones actuales.
No quiero decir con esto que a la novela no le falte una tesis. Claro que la hay, pero la Austen es inteligente y sutil como pocos, y no pierde el tiempo con reflexiones panfletarias. La crítica social y la ironía están ahí, pero no por eso tiene que sacrificar la historia ni ser corrosiva. Austen es más inteligente que todo eso, precisamente porque no tiene necesidad de aparentar esa superior inteligencia. Y además es generosa, porque nunca quiere quedar por encima de sus personajes, sino que les tiene un profundo respeto. Todas las virtudes se las cede a Elizabeth y a Darcy, geniales como pocos personajes de la literatura, y sin necesidad de ser unos excéntricos.
Eso sí, la sutilidad no le impide a Jane Austen soltar alguna alguna que otra verdad sobre la sociedad en la que vive, de esas que que quedan dichas para los que quieran entender. Cuando en el capítulo XXII habla de la boda de Charlotte con el ridículo Collins (compromiso que deja estupefacta a la propia protagonista, Elizabeth), el pasaje es de un patetismo revelador:
[...] Toda la familia se regocijó muchísimo por la noticia. Las hijas menores tenían la esperanza de ser presentadas en sociedad un año o dos antes de lo que lo habrían hecho de no ser por esta circunstancia. Los hijos se vieron libres del temor de que Charlotte se quedase soltera. Charlotte estaba tranquila. Había ganado la partida y tenía tiempo para considerarlo. Sus reflexiones eran en general satisfactorias. A decir verdad, Collins no era ni inteligente ni simpático, su compañía era pesada y su cariño por ella debía de ser imaginario. Pero, al fin y al cabo, sería su marido. A pesar de que Charlotte no tenía una gran opinión de los hombres ni del matrimonio, siempre lo había ambicionado porque era la única colocación honrosa para una joven bien educada y de fortuna escasa, y, aunque no se pudiese asegurar que fuese una fuente de felicidad, siempre sería el más grato recurso contra la necesidad. Este recurso era lo que acababa de conseguir, ya que a los veintisiete años de edad, sin haber sido nunca bonita, era una verdadera suerte para ella.
Pues ahí queda. Y el que quiera entender, que entienda.
***
Y aun así, es gracioso que una novela escrita con esa supuesta mesura emocione tanto. Austen huye de las salidas de tono románticas de la época, y sin embargo a uno, como lector, le da un vuelco el corazón casi en cada página de la novela. Y llama también la atención que, huyendo de ese romanticismo mal entendido, Austen sea el germen de todo lo que posteriormente, en cine y literatura, se ha entendido por romántico: los malos entendidos, los encuentros y desencuentros, el odio y el desprecio que llevan al amor y esos finales felices que le dejan a uno con tan buen sabor de boca, y con la esperanza de que un amor como el de Lizzy y Darcy es posible.
martes, 23 de marzo de 2010
Causas y consecuencias / La importancia del tópico
En 3º de BUP me tocó el profesor de historia con más fama de duro de todo el instituto. Un profesor que daba interminables listas de apuntes que nosotros cogíamos como borregos, y con el que lo único que aprendí es el arte de ir sintetizando los contenidos a medida que nos largaba su tedioso discurso, porque desde el principio me negué a pasar a limpio, cada tarde, esas cinco o seis páginas diarias que soltaba por su boca.
Este profesor en cuestión entendía la historia desde el punto de vista más estrictamente marxista. Bueno, eso no lo sabía entonces, claro. Lo deduje con el tiempo. Con él la historia se reducía a un eterno cambio de paradigmas o sucesivos statu quo, y el estudio de las causas y consecuencias de esos cambios. Así, las causas políticas, económicas, demográficas y sociales se correspondían siempre con sus equivalentes consecuencias políticas, económicas, demográficas y sociales. Crisis, cambio; crisis, cambio; crisis, cambio. Una perspectiva muy moderna que me hizo entender a la perfección en qué consistieron las diferencias entre, por ejemplo, Edad Media y Edad Moderna, o Antiguo Régimen y Nuevo Régimen, o la Rusia prerrevolucionaria y la Rusia comunista.
Hasta ahí genial. Pero en la otra clase estudiaban la historia de otra manera. Más a la antigua. Y a mí me daba una envidia tremenda. En la otra clase se tenían que saber la lista ordenada de todos los Austrias y Borbones, que yo nunca estudié. Estudiaron la locura de Juana la Loca por Felipe el Hermoso, y sabían, claro está, por qué a Juana la Loca la llamaban la Loca. Cosa que yo ignoraba. Sabían de todo lo que ocurrió el día de la toma de la Bastilla, o de los entresijos palaciegos en la corte zarista de Rusia. Yo, sin embargo, de Rasputín, ni idea.
Esa envidia no era consciente. Yo creía que tenía una mejor perspectiva de la historia en su conjunto. Confirmé esta idea cuando en COU tuve que estudiar a Marx, al darme cuenta de que todo el rollo ese del materialismo histórico yo ya me lo sabía a la perfección. Y cuando en la facultad, en Sociología, estudiamos a Max Weber y su Ética protestante o el espíritu del capitalismo, y tuvimos que echar por tierra las teorías marxistas, estaba mucho mejor preparado que mis compañeros para comprenderlo todo.
Pero seguía sin saber ordenar a los reyes de España. Y creo que aún hoy me costaría bastante trabajo: los Católicos, Carlos V, Felipe II y para de contar.
Lo peor de todo es que, de esa visión marxista de la historia, de esas causas y consecuencias y de esos cambios de paradigmas, tampoco recuerdo demasiado. Sólo que al final siempre se reducían a lo mismo: crisis económica que da lugar a una crisis política, demográfica, social y cultural. Revolución y nuevo statu quo. Algunas veces un intento de vuelta atrás, como la Restauración en España (es España hemos sido siempre muy de vueltas atrás), y poco más.
Y no es que esté en contra de la visión marxista de la historia. Ni mucho menos. Es que creo que no lo es todo. Creo que cada cosa tiene su momento, y que si no sé qué rey va después de Felipe II, las causas políticas y económicas del cambio del Antiguo al Nuevo Régimen me van a importar muy poco.
***
Y eso que era 3º de BUP, con 16 años. Ahora, el desprecio de los contenidos y del anecdotario hace que los currículos de lengua e historia de la ESO (de 12 a 15 años) sean aún más abstractos. Me explico:
1) En primero de la ESO se intenta que los niños distingan entre géneros literarios, cuando no han leído una novela en su vida, o no se han aprendido una poesía en su vida. Les cuentas que la narración es contar historias, frente a la lírica, que es cantar o recitar. Pero... ¿alguna vez alguien les ha hecho aprender y recitar de memoria un maldito poema? (Y no me meto con la LOGSE ni con la LOE ni esas últimas y denostadas leyes educativas; a mí, en la EGB, me hicieron aprender y recitar muy pocos poemas de memoria, y ahora escucho a mi abuela, con alzheimer, recitar las Coplas de Manrique de corrido, y me da una envidia que te cagas; y en esas estoy, intentando aprendérmelas yo ahora, con 30 tacos, de memoria, igual que el primer capítulo de Platero, o el Romance de la luna, luna de Lorca).
2) En el libro de 2º de la ESO de Oxford, al estudiar el lenguaje poético, se habla de imágenes racionales y no racionales, de sinestesias y de símbolos, antes de definir lo que es una metáfora. Antes incluso de incluir unos cuantos poemas con unas cuantas metáforas para que podamos disfrutar de su lectura. Me lo expliquen.
3) En este mismo libro, a la hora de estudiar la sintaxis, parece que los sintagmas lo son todo. Primero el nominal, luego el verbal (hasta ahí ok), luego el adjetival y por último el adverbial. Esto está llevado hasta las últimas consecuencias, y así, el atributo y el complemento predicativo se aprenden antes que los complementos circunstanciales. ¡El predicativo antes que los circunstanciales! Arggg!
4) En 3º de la ESO algunos libros (Santillana, por ejemplo) pretenden enseñar Renacimiento y Barroco como ese continuum que las perspectivas más modernas consideran. Y que conste que yo estoy de acuerdo en que son un continuum, pero no en que eso lo hayan de comprender niños de 14 años, después de leer apenas un soneto de Garcilaso y otro de Quevedo. ¿Qué tiene de malo decirles que son lo contrario? Aprender, por supuesto, es acabar con tópicos y prejuicios, pero sin tópicos y sin prejuicios (en el buen sentido de la palabra), ¡no tienes nada de donde partir! Además, que para eso hay un Bachillerato...
5) Igual con el Culteranismo y el Conceptismo. Explica tú, guapo, en 3º de la ESO, que en el fondo son las dos caras de una misma moneda. Y sí, es verdad que este caso no se suele dar, pero entonces ¿por qué el siguiente sí?
6) En 4º de la ESO el libro de Akal (de un nivel enciclopédico que me apabulla incluso a mí) plantea Modernismo y Generación del 98 como lo mismo. Esto implica, claro está, una definición ambigua y muy poco delimitadora, porque a ver qué tiene que ver el Azorín de Castilla con las Figulinas de Manuel Machado. Y no hablo de Darío porque ahí el libro de Akal sí que decide meter bisturí y arrancar de cuajo toda la literatura hispanoamericana y postergarla al último tema del libro. Así que intenta tú explicar el Modernismo mezclado con el 98, y sin tirar de un sólo poema de Darío. Yo, claro, ni lo intenté. No hubiera sabido cómo.
***
Pues eso, que es verdad que las cosas no son ni blancas ni negras, sino grises. Que todo es relativo en este mundo. Pero que el relativismo en la enseñanza media (en el Bachillerato o en la Universidad es otro cantar) no sirve de nada. Con lo bonito que es encontrarte con un 2º o un 3º de la ESO con la cabeza bien amueblada de tópicos y prejuicios sintácticos, para poder llegar un día y escribir en la pizarra:
LOS PROFES DE LENGUA SOMOS UNOS MENTIROSOS
Hasta ahora nos habían dicho que ser, estar y parecer son siempre copulativos, pero... ¡era mentira!
Ésta es, por ejemplo, una clase que me encanta dar. Y si los niños han aprendido antes bien esa visión simplista de los verbos copulativos, es un gusto cargarse el tópico. Pero claro, sin esas "mentiras" previas, no hay revelaciones que valgan. Y es que ya no es sólo una cuestión de lógica. Algunos prejuicios y tópicos, aunque sólo sea por el gusto de aprender a cargárselos, merecen la pena.
Este profesor en cuestión entendía la historia desde el punto de vista más estrictamente marxista. Bueno, eso no lo sabía entonces, claro. Lo deduje con el tiempo. Con él la historia se reducía a un eterno cambio de paradigmas o sucesivos statu quo, y el estudio de las causas y consecuencias de esos cambios. Así, las causas políticas, económicas, demográficas y sociales se correspondían siempre con sus equivalentes consecuencias políticas, económicas, demográficas y sociales. Crisis, cambio; crisis, cambio; crisis, cambio. Una perspectiva muy moderna que me hizo entender a la perfección en qué consistieron las diferencias entre, por ejemplo, Edad Media y Edad Moderna, o Antiguo Régimen y Nuevo Régimen, o la Rusia prerrevolucionaria y la Rusia comunista.
Hasta ahí genial. Pero en la otra clase estudiaban la historia de otra manera. Más a la antigua. Y a mí me daba una envidia tremenda. En la otra clase se tenían que saber la lista ordenada de todos los Austrias y Borbones, que yo nunca estudié. Estudiaron la locura de Juana la Loca por Felipe el Hermoso, y sabían, claro está, por qué a Juana la Loca la llamaban la Loca. Cosa que yo ignoraba. Sabían de todo lo que ocurrió el día de la toma de la Bastilla, o de los entresijos palaciegos en la corte zarista de Rusia. Yo, sin embargo, de Rasputín, ni idea.
Esa envidia no era consciente. Yo creía que tenía una mejor perspectiva de la historia en su conjunto. Confirmé esta idea cuando en COU tuve que estudiar a Marx, al darme cuenta de que todo el rollo ese del materialismo histórico yo ya me lo sabía a la perfección. Y cuando en la facultad, en Sociología, estudiamos a Max Weber y su Ética protestante o el espíritu del capitalismo, y tuvimos que echar por tierra las teorías marxistas, estaba mucho mejor preparado que mis compañeros para comprenderlo todo.
Pero seguía sin saber ordenar a los reyes de España. Y creo que aún hoy me costaría bastante trabajo: los Católicos, Carlos V, Felipe II y para de contar.
Lo peor de todo es que, de esa visión marxista de la historia, de esas causas y consecuencias y de esos cambios de paradigmas, tampoco recuerdo demasiado. Sólo que al final siempre se reducían a lo mismo: crisis económica que da lugar a una crisis política, demográfica, social y cultural. Revolución y nuevo statu quo. Algunas veces un intento de vuelta atrás, como la Restauración en España (es España hemos sido siempre muy de vueltas atrás), y poco más.
Y no es que esté en contra de la visión marxista de la historia. Ni mucho menos. Es que creo que no lo es todo. Creo que cada cosa tiene su momento, y que si no sé qué rey va después de Felipe II, las causas políticas y económicas del cambio del Antiguo al Nuevo Régimen me van a importar muy poco.
***
Y eso que era 3º de BUP, con 16 años. Ahora, el desprecio de los contenidos y del anecdotario hace que los currículos de lengua e historia de la ESO (de 12 a 15 años) sean aún más abstractos. Me explico:
1) En primero de la ESO se intenta que los niños distingan entre géneros literarios, cuando no han leído una novela en su vida, o no se han aprendido una poesía en su vida. Les cuentas que la narración es contar historias, frente a la lírica, que es cantar o recitar. Pero... ¿alguna vez alguien les ha hecho aprender y recitar de memoria un maldito poema? (Y no me meto con la LOGSE ni con la LOE ni esas últimas y denostadas leyes educativas; a mí, en la EGB, me hicieron aprender y recitar muy pocos poemas de memoria, y ahora escucho a mi abuela, con alzheimer, recitar las Coplas de Manrique de corrido, y me da una envidia que te cagas; y en esas estoy, intentando aprendérmelas yo ahora, con 30 tacos, de memoria, igual que el primer capítulo de Platero, o el Romance de la luna, luna de Lorca).
2) En el libro de 2º de la ESO de Oxford, al estudiar el lenguaje poético, se habla de imágenes racionales y no racionales, de sinestesias y de símbolos, antes de definir lo que es una metáfora. Antes incluso de incluir unos cuantos poemas con unas cuantas metáforas para que podamos disfrutar de su lectura. Me lo expliquen.
3) En este mismo libro, a la hora de estudiar la sintaxis, parece que los sintagmas lo son todo. Primero el nominal, luego el verbal (hasta ahí ok), luego el adjetival y por último el adverbial. Esto está llevado hasta las últimas consecuencias, y así, el atributo y el complemento predicativo se aprenden antes que los complementos circunstanciales. ¡El predicativo antes que los circunstanciales! Arggg!
4) En 3º de la ESO algunos libros (Santillana, por ejemplo) pretenden enseñar Renacimiento y Barroco como ese continuum que las perspectivas más modernas consideran. Y que conste que yo estoy de acuerdo en que son un continuum, pero no en que eso lo hayan de comprender niños de 14 años, después de leer apenas un soneto de Garcilaso y otro de Quevedo. ¿Qué tiene de malo decirles que son lo contrario? Aprender, por supuesto, es acabar con tópicos y prejuicios, pero sin tópicos y sin prejuicios (en el buen sentido de la palabra), ¡no tienes nada de donde partir! Además, que para eso hay un Bachillerato...
5) Igual con el Culteranismo y el Conceptismo. Explica tú, guapo, en 3º de la ESO, que en el fondo son las dos caras de una misma moneda. Y sí, es verdad que este caso no se suele dar, pero entonces ¿por qué el siguiente sí?
6) En 4º de la ESO el libro de Akal (de un nivel enciclopédico que me apabulla incluso a mí) plantea Modernismo y Generación del 98 como lo mismo. Esto implica, claro está, una definición ambigua y muy poco delimitadora, porque a ver qué tiene que ver el Azorín de Castilla con las Figulinas de Manuel Machado. Y no hablo de Darío porque ahí el libro de Akal sí que decide meter bisturí y arrancar de cuajo toda la literatura hispanoamericana y postergarla al último tema del libro. Así que intenta tú explicar el Modernismo mezclado con el 98, y sin tirar de un sólo poema de Darío. Yo, claro, ni lo intenté. No hubiera sabido cómo.
***
Pues eso, que es verdad que las cosas no son ni blancas ni negras, sino grises. Que todo es relativo en este mundo. Pero que el relativismo en la enseñanza media (en el Bachillerato o en la Universidad es otro cantar) no sirve de nada. Con lo bonito que es encontrarte con un 2º o un 3º de la ESO con la cabeza bien amueblada de tópicos y prejuicios sintácticos, para poder llegar un día y escribir en la pizarra:
LOS PROFES DE LENGUA SOMOS UNOS MENTIROSOS
Hasta ahora nos habían dicho que ser, estar y parecer son siempre copulativos, pero... ¡era mentira!
Ésta es, por ejemplo, una clase que me encanta dar. Y si los niños han aprendido antes bien esa visión simplista de los verbos copulativos, es un gusto cargarse el tópico. Pero claro, sin esas "mentiras" previas, no hay revelaciones que valgan. Y es que ya no es sólo una cuestión de lógica. Algunos prejuicios y tópicos, aunque sólo sea por el gusto de aprender a cargárselos, merecen la pena.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Salido, falso, pervertido, picaflor
Recuerdo que el primer año que di clases en el instituto me topé con un tercero de la ESO de lo más ocurrente. A la hora de estudiar el Libro de buen amor, les mandé hacer un comentario sobre el Elogio de la mujer chiquita, en el que lo más bonito que dijeron del Arcipreste de Hita es que era un falso y un salido y un picaflor.
Desde hace cuatro años no volvía a dar clase en 3º. Y ya tenía ganas de volver a la literatura medieval, porque una vez superado el obstáculo del lenguaje, y gracias a las versiones adaptadas al español moderno, me parece a mí la literatura más divertida y más accesible para chavales de esta edad.
Y ahí me tenéis, leyéndoles a los chavales extractos descacharrantes como la descripción de la mujer ideal (de sobacos un poquillo mojados), o el duro trance con la serrana de Malangosto. En cuanto al Elogio de la mujer chiquita, ahora mismo estoy corrigiendo de nuevo los comentarios, y vean las perlas que me sueltan:
"El texto es del siglo XIV, donde empieza a innovarse la literatura y se rompen las normas del mester de clerecía. El uso de los cinco sentidos en el poema lo convierten en más sensual. No hay mucha intención didáctica, lo que de verdad quiere enseñar el arcipreste es que hay que vivir la vida. De Juan Ruiz tampoco se pueden decir muchas cosas pero, a pesar de ser arcipreste, era bastante pervertido (sic.), no por el hecho de que hacía lo que contaba en el poema, que puede no ser verdad, sino por el hecho de haber pensado en las cosas que ha escrito."
El arcipreste, un pervertido. Qué más se puede decir...
Otro chaval me pone algo aún mejor:
"Como bien sabemos en el siglo XIV la sociedad cambia, ya no hay mentalidad oscura, ahora el público lo que quiere es diversión y los clérigos se la van a dar. Lo que el pueblo quiere hay que dárselo, si no, te lían una que uff... (vamos, culo veo, culo quiero)."
La cosa sigue...
"Es difícil ver cómo un clérigo o arcipreste escribe algo como esto, puesto que escribían temas religiosos. Si a mí me cuesta adaptarme a leer una obra de estas escritas por los clérigos, a ellos acostumbrarse a escribir en cuaderna vía sin que sea religioso les habrá costado muchísmo."
Sospecho que son ecos de lo que yo cuento en clase. Ecos genialmente distorsionados que trazan derroteros extraños, pero que creo que al final encontrarán la senda apropiada.
PD: ¿Saben una cosa? El primer extracto es el comentario de un alumno rumano. Los otros dos, de un ucraniano. Me dirán que no es un puntazo ver cómo alumnos de orígenes tan dispares al nuestro comentan las luces y las sombras del canon literario hispánico más cañí. Qué genial, y qué curioso, esto de la globalización.
domingo, 7 de marzo de 2010
Lo que Albaladejo dejó atrás
Miguel Albaladejo sigue, como al principio de su carrera, haciendo ese tipo de realismo que más me gusta y que nada tiene que ver con las pelis esas tan pesadas que hacen Fernando León de Aranoa y demás intenso-barra-chupócteros del cine español. Pero desde hace un tiempo (ay, pena), algo le faltan a las pelis de Albaladejo.
Ayer vi Nacidas para sufrir, que a priori tenía todos los ingredientes para que me encantara, y que no me desagradó y que hasta disfruté, pero que me dejó el agridulce sabor de lo que sólo está conseguido a medias.
Lo que me gustaba de las primeras pelis de Albaladejo (como Ataque verbal o El cielo abierto), era que el realismo que exudaba cada plano fluía de forma natural. No había nada forzado ni en los diálogos ni en las tramas. Todo cuadraba en boca de esos personajes que parecían salidos de la misma calle. En Nacidas para sufrir la pretensión es la misma, pero no fluye igual. Irónicamente, en su pretensión de sonar reales, los diálogos a veces chirrían de puro artificiosos. Los giros de la trama, por su parte, desconciertan al espectador. La última media hora de metraje, casi me salgo de la historia.
Las actrices, por supuesto, están todas geniales. Pero a la vez te da la sensación de que en cierta manera están desaprovechadas. Y encima están esas cuantas líneas de diálogo metidas con calzador, que le hacen muy poca justicia a su trabajo actoral.
Podría decir que a Nacidas para sufrir le falta el hálito que sí tenían las primeras pelis de Albaladejo. Eso del hálito queda como muy abstracto y poético. Pero es que ese hálito tiene nombre y apellidos: Elvira Lindo.
¿Se reconciliarán Miguel y Elvira algún día?
¿Volverán a hacer una peli tan buena como El cielo abierto?
Ayer vi Nacidas para sufrir, que a priori tenía todos los ingredientes para que me encantara, y que no me desagradó y que hasta disfruté, pero que me dejó el agridulce sabor de lo que sólo está conseguido a medias.
Lo que me gustaba de las primeras pelis de Albaladejo (como Ataque verbal o El cielo abierto), era que el realismo que exudaba cada plano fluía de forma natural. No había nada forzado ni en los diálogos ni en las tramas. Todo cuadraba en boca de esos personajes que parecían salidos de la misma calle. En Nacidas para sufrir la pretensión es la misma, pero no fluye igual. Irónicamente, en su pretensión de sonar reales, los diálogos a veces chirrían de puro artificiosos. Los giros de la trama, por su parte, desconciertan al espectador. La última media hora de metraje, casi me salgo de la historia.
Las actrices, por supuesto, están todas geniales. Pero a la vez te da la sensación de que en cierta manera están desaprovechadas. Y encima están esas cuantas líneas de diálogo metidas con calzador, que le hacen muy poca justicia a su trabajo actoral.
Podría decir que a Nacidas para sufrir le falta el hálito que sí tenían las primeras pelis de Albaladejo. Eso del hálito queda como muy abstracto y poético. Pero es que ese hálito tiene nombre y apellidos: Elvira Lindo.
¿Se reconciliarán Miguel y Elvira algún día?
¿Volverán a hacer una peli tan buena como El cielo abierto?
miércoles, 3 de marzo de 2010
El escritor (redimido)
Annie: ¡Eres un cerdo!
Henry: Yo seré un cerdo, pero él no sabe escribir...
Annie: Eres un fanático. Todo un fanático de lo que significa escribir. Todos comenzáis en el mismo lugar, y todos ansiáis el mismo premio. ¡Shakespeare y la literatura por delante a millas de distancia y detrás, un montón de escritores que intentáis salvar esa distancia! Todos os dedicáis a escribir para gente a la que le gustaría escribir como vosotros si supieran escribir. ¿Pues sabes que te digo? ¡Que te den! ¡Que os den a todos! Que te den a ti, y que le den a la literatura. [...] Estás celoso de que se le pueda considerar escritor. A ti te gustaría conservarlo como algo sagrado, especial, algo que no puede hacer cualquiera. "Algunos lo tenemos, otros no lo tienen. Nosotros escribimos, y escribimos sobre vosotros". Lo que te molesta de Brody es que no sepa cuál es su lugar. Tú dices que no puede escribir de la misma forma que un camarero te dice que no puedes entrar sin corbata. ¿Por qué? ¿Porque no sabe juntar palabras? Bueno, ¿y que tiene de bueno saber juntar palabras?
Henry: Ha sido tradicionalmente considerado como algo ventajoso para un escritor. [...] Las palabras no se merecen que nadie las maltrate así. Las palabras son inocentes, neutras, precisas… describen esto, significan aquello. Si las cuidas puedes construir puentes sobre la incomprensión y el caos. Pero cuando les birlas las esquinas, ya no hay ningún bien en ellas. No, no creo que los escritores sean sagrados, pero las palabras lo son. Merecen respeto. Si consigues poner las palabras adecuadas en el orden adecuado, puedes hacer que el mundo se agite un poco, o conseguir un poema que los niños recitarán cuando estés muerto."
Es genial cómo Tom Stoppard se echa como escritor toda la mierda encima, y lava sus pecados (el de la soberbia, especialmente) en esta magnífica obra en la que al final no sólo se redime sino que también pone algunos puntos sobre las íes. Como satirizaba Philip Roth, las ideas están muy bien, pero al final, todo es juntar palabras, respetándolas como esa cosa sagrada que son.
Si además toda esta reflexión te viene de la mano de unos diálogos chispeantes, y de un montaje con ritmo, con una escenografía bestial y unos actores como dios manda (María Pujalte y Javier Cámara, pero también todos los secundarios), ¿qué más se le puede pedir al teatro?
Henry: Yo seré un cerdo, pero él no sabe escribir...
Annie: Eres un fanático. Todo un fanático de lo que significa escribir. Todos comenzáis en el mismo lugar, y todos ansiáis el mismo premio. ¡Shakespeare y la literatura por delante a millas de distancia y detrás, un montón de escritores que intentáis salvar esa distancia! Todos os dedicáis a escribir para gente a la que le gustaría escribir como vosotros si supieran escribir. ¿Pues sabes que te digo? ¡Que te den! ¡Que os den a todos! Que te den a ti, y que le den a la literatura. [...] Estás celoso de que se le pueda considerar escritor. A ti te gustaría conservarlo como algo sagrado, especial, algo que no puede hacer cualquiera. "Algunos lo tenemos, otros no lo tienen. Nosotros escribimos, y escribimos sobre vosotros". Lo que te molesta de Brody es que no sepa cuál es su lugar. Tú dices que no puede escribir de la misma forma que un camarero te dice que no puedes entrar sin corbata. ¿Por qué? ¿Porque no sabe juntar palabras? Bueno, ¿y que tiene de bueno saber juntar palabras?
Henry: Ha sido tradicionalmente considerado como algo ventajoso para un escritor. [...] Las palabras no se merecen que nadie las maltrate así. Las palabras son inocentes, neutras, precisas… describen esto, significan aquello. Si las cuidas puedes construir puentes sobre la incomprensión y el caos. Pero cuando les birlas las esquinas, ya no hay ningún bien en ellas. No, no creo que los escritores sean sagrados, pero las palabras lo son. Merecen respeto. Si consigues poner las palabras adecuadas en el orden adecuado, puedes hacer que el mundo se agite un poco, o conseguir un poema que los niños recitarán cuando estés muerto."
Tom Stoppard: Realidad
Es genial cómo Tom Stoppard se echa como escritor toda la mierda encima, y lava sus pecados (el de la soberbia, especialmente) en esta magnífica obra en la que al final no sólo se redime sino que también pone algunos puntos sobre las íes. Como satirizaba Philip Roth, las ideas están muy bien, pero al final, todo es juntar palabras, respetándolas como esa cosa sagrada que son.
Si además toda esta reflexión te viene de la mano de unos diálogos chispeantes, y de un montaje con ritmo, con una escenografía bestial y unos actores como dios manda (María Pujalte y Javier Cámara, pero también todos los secundarios), ¿qué más se le puede pedir al teatro?
lunes, 1 de marzo de 2010
Fiebre azteca / Una épica interrumpida
Mi obsesión con las civilizaciones mesoamericanas en particular, y con todo el continente americano en general, tiene su origen en un libro. Ya les he hablado antes de él. Se trata de El corazón de piedra verde, una novela que a lo mejor no ha pasado a la historia por el magisterio literario de su autor (nada desdeñable por otro lado), pero que refleja y revive de una manera apabullante el encuentro entre españoles y aztecas. Este libro, escrito por Salvador de Madariaga y publicado en 1942, es para mí la mejor novela histórica que he leído en toda mi vida. Madariaga radiografía las dos culturas europea y americana, y el choque frontal al que son sometidas, de forma analítica y desgarradora, con una historia de amor como telón de fondo que, en vez de restarle puntos al análisis histórico, le da más fuerza.
Desde El corazón de piedra verde, y cada vez que pienso en ese tópico literario y cinematográfico de la llegada de los extraterrestres a la Tierra, no puedo sino sonreír ante esas dos posturas simplistas a la hora de predecir lo que sucedería. Una es la de los extraterrestres invasores, ávidos de cuerpos humanos, o de nuestra agua, o de cualquier otro recurso natural; extraterrestres a los que los humanos combaten hasta liberar la Tierra. Otra, la que confía en la bondad innata de unos marcianos que llegan en son de paz para transmitirnos su sabiduría y convertirnos en mejores personas. En el caso de la conquista de México, los extraterrestres eran los españoles, y los terrícolas, los aztecas. Y nada fue tan simple. Madariaga no demoniza a ninguno de los dos bandos. Refleja las virtudes y las miserias de ambas civilizaciones, y lo inevitable de ese destructivo choque que arrasa con todo, muy a pesar de esas ciertas mentes preclaras que en ambos bandos saben llegar más allá y analizar las consecuencias de lo que está sucediendo, como en el caso del magnífico Nezahualpilli, rey de Texcoco.
Aún febril, inmediatamente después me zampé las más de mil páginas de Azteca, de Gary Jennings, que no será lo mismo, vale, pero que a modo de complemento medicinal para el bajón post-Madariaga me vino a las mil maravillas. Y así la fiebre de lo azteca cuajó en mí y dejó el poso de la obsesión. Después cayeron Otoño azteca, también de Gary Jennings (y muy menor, por cierto) y varios libros sobre esa civilización que me sigue obsesionando, entre ellos La conquista de México de Hugh Thomas. Poco después leí El dios de la lluvia llora sobre México, del húngaro László Passuth, que por frío y distante no me gustó tanto, pero del que entresaqué un pasaje que a mis alumnos les suele encantar. Y mucho más: lecturas del National Geographic y monográficos de revistas de historia, búsquedas en Internet, etc. Y la decepción de saber que, si alguna vez voy a México, poco voy a poder ver de esos aztecas con cuyas ciudades los españoles arrasaron. Y la esperanza de saber que de los mayas, que ya estaban casi extinguidos cuando llegamos (y gracias precisamente a eso), sí que queda mucho.
Y lo raro es que en todo este tiempo no había visto Apocalypto. Y no por desgana, que conste. Es sólo que no se había terciado. Y el jueves pasado, cuando me disponía a acostarme, enciendo la tele y me encuentro que justo comienza, en Cuatro.
No suelo ver pelis en la tele. Odio los anuncios, y odio aún más el doblaje. Pero en el caso de la peli de Mel Gibson, afortunadamente, no hay doblaje que valga. Así que me quedé a verla, y pagué al día siguiente el precio de irme a la cama a las tantas. Pero mereció la pena.
Es verdad que la peli de Gibson no va sobre los aztecas, sino sobre los mayas. Es verdad también que lo que Gibson pretende es a priori contar la historia de una huida, y que la fidelidad histórica y geográfica, en el caso de esta peli, habría que ponerla más que en cuarentena. Lo de la aparición de los españoles desembarcando al final de la peli es algo totamente anacrónico (los mayas eran ya una civilización extinta desde cinco siglos antes), pero la metáfora funciona. Y por eso la peli me pareció genial, con esa llegada del hombre blanco al final, que el espectador sabe que va a cortar de raíz todo lo bueno y lo malo que hemos visto antes, reduciendo tristemente a una mera anécdota toda la épica de la historia que nos cuenta Gibson.
Los aztecas, justo antes de llegar los españoles, eran una civilización joven y en plena ebullición, con todas las luces y las sombras que esa "adolescencia" implicaba. Los aztecas miraban al pasado, pero a un pasado inventado que los convertía en el pueblo elegido y con la palabra futuro grabada con fuego y con sangre en la frente. Un futuro interrumpido por los españoles. Una visión de la vida truncada y arrancada de raíz. Saben que no suelo ser el típico romántico a la hora de defender la idiosincrasia de los pueblos. Sé que unas culturas arrasan con otras y que ése es el devenir de la historia. Pero el misterio de los aztecas, ese pueblo tan sabio y tan cruel, e incluso tan sanguinario, me subleva y me apasiona. Y recuerdo las palabras de Nezahualpilli en el libro de Madariaga:
-Quizá hubiéramos llegado a una forma de vida mejor que la actual. Pero necesitábamos tiempo para ir perdiendo nuestros hábitos sanguinarios... Varias gavillas de años lo menos. No nos las darán. Los hombres de oriente han llegado y nos vencerán...
-¿Por qué? -preguntaba Xuchitl.
Y contestaba Nezahualpilli:
-Porque vienen. Los que vienen son siempre más fuertes que los que aguardan. Por eso vienen ellos y aguardan los otros. Y traerán dioses y costumbres diferentes.
-Pero -replicaba Xuchitl- es muy posible que las costumbres que traigan sean precisamente las que vos queríais que tuviéramos; y eso os debe alegrar.
Nezahualpilli contemplaba la idea unos instantes, para concluir:
-No, porque nuestras costumbres, aunque cambiasen, hubieran sido las nuestras, nacidas de nuestro ser. Como una serpiente que cambia de piel. Las de ellos serán como un traje que nos pondrán. No lo llevaremos a gusto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


















