Mostrando entradas con la etiqueta cine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cine. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de junio de 2010

Qué juego da un piano...



lunes, 14 de junio de 2010

Después de la obra maestra

A veces una obra maestra puede hundir la carrera de un autor, al menos en lo que al prestigio se refiere. Por ejemplo, después de La casa de los espíritus, ¿ha escrito Isabel Allende algo que esté a la altura de ese influjo genial que tuvo su primera novela? La Allende ha seguido siendo divertida y a veces hasta sagaz, pero nunca nada de lo que ha escrito ha tenido ese calado emocional de su primera obra, ni siquiera esa Paula con la que lloraron lectores de medio mundo (incluido yo).

García Márquez son palabras mayores. Nada más lejos de mi intención compararlo con la Allende, independientemente de que La casa de los espíritus me llegue a mí de un modo más íntimo. Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera le valdrían a Gabo para ser considerado el mejor escritor vivo en español, pero NO son Cien años de soledad, esa novela que a pesar de ser un pelín machista puede literariamente con todo lo que se ha escrito en el siglo XX.

Vamos con la música. ¿Se acuerdan del Jagged Little Pill de Alanis Morrissette? Menudo bombazo, ¿verdad? Y ahora díganme el nombre de cualquiera de los otros discos que la canadiense ha sacado. ¿No? Pues venga, al menos alguna canción. Tampoco, ¿verdad?

Pero no caigamos en el tópico. No siempre es así. Y hay que tener cuidado, porque aunque a mí me encanten, son a veces esos tópicos los que condenan toda la obra de un artista después de haber hecho su masterpiece. Y no deja de ser injusto. A saber:

Madonna: Music

Pongámonos frívolos, que es Madonna. La increíble abuela elástica siempre ha sido una experta en superarse después de sus grandes discos, aunque no siempre se le haya reconocido. Estaba escuchando hoy en mi ipod el Music, que sacó en el 2000, dos años después del boom del Ray of Light, y las cosas como son, por mucho que en su día la Rolling Stone dijera que era "una versión basta e improvisada de su anterior trabajo", Music es un pedazo de disco. Quizá más irregular, quizá más raro o menos llamativo a primera vista, pero igualmente revolucionario, porque no es sólo un disco electrónico y ya está. Hay canciones como I deserve it o Gone, que en principio parecen ponzoña country y poco más, con una Madonna cantando más desganada que nunca, pero que tienen unos arreglos con sintetizador bestiales, que hacen que se te pongan los pelos de punta. Hay que esperar a la mitad de las canciones, pero merece la pena:




Almodóvar: Átame


La crítica ha dicho de todo de esta peli, especialmente que su mayor problema es la indefinición dentro de un género. Vamos, que Almodóvar no sabe si hacer reír o hacer llorar. Yo creo que en realidad esta peli es una joyita, y su único problema es que Almodóvar la hizo justo después del boom de Mujeres al borde de un ataque de nervios, que era una comedia perfecta. Átame no es mejor película, pero tampoco necesariamente peor. El tono de comedia no está tan logrado, pero ni falta que hacía, porque no se trataba de eso.

Anne Rice: Lestat el vampiro


Después de Entrevista con el vampiro, Anne Rice aprovechó para alargar la historia y hacer caja. Y la terminó alargando hasta el delirio, con unas crónicas vampíricas que al final no había quién se tragara. Pero la que que hizo justo después de la primera, Lestat el vampiro, es de lejos la más divertida de todas, mucho más incluso que la primera parte (también porque esa primera parte estaba muy bien, pero tampoco era una obra maestra que digamos).

Sam Mendes: Revolutionary Road


Pues qué quieren que les diga, American Beauty estaba bien, pero a mí nunca me pareció para tanto. Es más, me parece a mí que tenía cierto tufillo oportunista que le ha hecho perder vigencia con el tiempo. La historia es a la larga muy de los noventa. La banda sonora, considerada en su momento el no va más, suena ya trilladísima. Y la escena de la bolsa de plástico al viento termina siendo trascendentalismo postmodernoide y barato. A mí, a falta de que pasen los años para poderla juzgar en justicia, Revolutionary Road me parece una peli mucho más perfecta y desgarradora. Irónicamente, no se le dio tanto bombo a nivel de oscars y demás premios, pero creo yo que a la larga eso mismo le hará un favor al futuro de la cinta.

Fernando Meirelles: El jardinero fiel


En su momento, cuando vi Ciudad de Dios, no me disgustó. Pero me pareció que la abrumadora propuesta estética dejaba la historia un pelín diluida. Años después, con El jardinero fiel, flipé. Seguía habiendo una estética, pero aquí lo que Meirelles demostraba era su valía como narrador manejando una historia que en realidad son tres: la historia de amor, el best-seller político y la denuncia social. Difícil difícil, pero Meirelles sale más que victorioso, y por eso creo yo que ésta es mucho mejor película que la primera.

***

Hay más. Desde pequeño me ha gustado siempre más Indiana Jones y el templo maldito que En busca del arca perdida. Regreso al futuro parte II es un despiporre genial, que pone en entredicho y se ríe hasta de la sombra de su primera parte (la tercera no, la tercera es horrible). El imperio contraataca es infinitamente mejor que La guerra de las galaxias, por mucho que a los freaks les parezca esto una blasfemia. Y etcétera etcétera. Y no hablo de El padrino porque ya es un tópico soltado hasta la saciedad (y porque, ups, no las he visto...).


Hoy, con tanta serie de TV tan bien hecha, creo que el tópico está echado por tierra definitivamente. Montones de series se han hecho en los últimos años cuyas primeras temporadas apenan tenían fuelle, pero que después han cogido fuerza y han devenido en segundas o terceras temporadas geniales. Buffy, por ejemplo, que tiene una primera temporada bastante aburrida, (y que por eso cuesta tanto trabajo a la hora de convencer a neófitos). O miren los famosos spins-off, como Fraisier, que salió de la genial Cheers, pero que era igualmente genial. En España, lo poco que he visto de Aída me ha parecido siempre bastante mejor que lo poco que vi de Siete vidas. Y sí, no pasa lo mismo con Aquí no hay quien viva, que después de las dos primeras temporadas, alucinantes, no supo mantener el tipo: algo he visto de Lo que se avecina, y es gracioso, pero no es lo mismo.

Sólo digo que hay que tener cuidado con crucificar a los que tienen la suerte o el mérito de hacer una obra maestra, porque a veces, esa misma devoción por la obra maestra nos puede cegar para juzgar lo que venga después.

domingo, 23 de mayo de 2010

El escritor: clásico y contenido


Después de ver The Ghost Writer de Polanski me ha dado por pensar en si el clasicismo es algo a lo que todo autor aspira o si por el contrario es fruto de una predeterminada postura estética. En el caso de esta peli, que a pesar de sobrarle unos veinte minutos, es claramente un clásico, creo que es más lo segundo. Porque el aire de clásico que destila la cinta bebe mucho de la contención. Pero de la contención no como ausencia de estilo, sino de una contención claramente intencionada: en la actitud de los actores, en el pausado montaje, en el humor sutil y en esa ausencia de trascendentalismo barato tan común hoy en día.

Nunca he sido seguidor de Polanski, y no sé si es ésta la tónica general en sus películas. Pero en The Ghost Writer hay al principio un plano totalmente hitchkockiano que sienta cátedra de lo que el espectador ha de esperar, y que marca esa posición premeditada sobre cómo se va a contar la historia. Una posición a la que Polanki, felizmente, es fiel hasta el final de la cinta.

martes, 4 de mayo de 2010

Austen retroalimentada

Lo de que el audiovisual no suele hacer justicia a las novelas es un tópico que ya traté cuando hablé de Drácula. Y es verdad que a veces las pelis de libros que me han gustado me han decepcionado considerablemente (La casa de los espíritus, Entrevista con el vampiro). Pero ahora me acabo de zampar la serie de la BBC (1995) y la película (2005) de Orgullo y prejuicio, inmediatamente después de leerme la novela, y puedo decir que, si bien el texto ya era en sí completo, tanto la serie como (en menor medida) la película, no sólo no me han decepcionado, sino que me han encantado.


La serie, por la maravillosa interpretación de Jennifer Ehle, y por esa incidencia en el personaje de Darcy, genial Colin Firth, y por esa manera de mostar la contención inglesa de la época, en la que los sentimientos jamás eran expresados, no ya sólo en público, sino incluso en la intimidad. Pero esta contención multiplicaba el morbo de una historia que parece imposible que devenga en nada bueno, pero que al final, para respiro del espectador, se resuelve felizmente. Esa contención ya estaba en la propia Austen, que incluso llegaba a criticarla en boca de Charlotte, cuando advertía a Lizzie de que la timidez de su hermana podía perjudicarla. Pero en la serie se hacía patente, y le daba una fuerza increíble a la narración.


En cuanto a la peli, decir que Darcy empieza siendo un trasunto del propio Colin Firth en la serie. Pero es que claro, la interpretación de Firth había sentado cátedra, y ya no había otra manera de enfrentarse al papel. En cuanto a la contención, ésta es mucho menor, pero la peli, de una factura técnica preciosa, tiene algunos hallazgos visuales (como ese plano detalle de la mano de Darcy sosteniendo la de Lizzie para ayudarla a subir al coche) que también sirven para sumar puntos a la historia.

Qué gusto poderse leer una novela como ésta, y que luego el disfrute no termine en la propia novela, sino que tengas unas cuantas horas más de puro deleite frente al televisor, y que los avatares de Lizzie y Darcy en esa difícil Inglaterra de la Regencia entren en un bucle que parezca que no tenga fin. Aviso, se corre el peligro de quedarse atrapado en la historia, ¡pero merece la pena!

lunes, 19 de abril de 2010

Alien o el cine en familia

De pequeños, cuando mi madre nos llevaba al cine a mi hermana y a mí, su pericia para elegir películas resultaba de todo menos ortodoxa. Recuerdo que en mi comunión, después del ágape con la familia en casa (no eran tiempos de banquetes ni celebraciones en salones de restaurantes), nos fuimos los cuatro a ver Aliens, la segunda parte de Alien, que ninguno, por cierto, habíamos visto nunca. ¡Menuda peli para una comunión, diréis! El resultado fue que yo, con ocho años, y cuando salió el primer alien del pecho de un contagiado, me tuve que salir al bar del cine, y me quedé durante todo el resto de la proyección con la señora de las palomitas, porque la visión de ese lindo animalito abriéndose camino entre sangre y entrañas me superó. En cambio mi hermana, más pequeña y más inconsciente, se la tragó entera.


A mí, sin embargo, la cosa no me debió dejar muy traumatizado. O a lo mejor es que el trauma tuvo su propia catarsis, porque años después, cuando ya de preadolescente vi la primera parte, y luego ya entera la segunda, las dos pelis pasaron a formar parte de mis cintas de terror favoritas, junto con la saga de Tiburón. Las veía continuamente, hipnotizado por ese monstruo y esa Sigourney Weaver poderosa que tenía más cojones aún que el propio monstruo. Y cuando las ponían en la tele, la familia entera nos la volvíamos a tragar una y otra vez, como quienes ven un clásico de Disney.


Años después, con apenas 14 años, vi Alien 3 en el cine, y me dejó frío frío. Demasiado intelectual para el bagaje que yo tenía entonces. Me la compré, y la vi varias veces más, algunas de ellas en el sofá del salón con mis padres y hermana. Y aunque sólo fuera por ver de nuevo a Ripley en acción, nos la volvíamos a tragar todos juntos, cerrando los ojos cuando Ripley se suicidaba para finiquitar la saga y ese momento de conjunción astral familiar. Porque después de la muerte de Ripley también murió esa manera de ver pelis juntos todos en el salón: mi hermana y yo entrábamos en una edad en la que nos empezamos a refugiar, especialmente yo, en nuestros propios cuartos, de espaldas a nuestros padres.


Por eso el verdadero hito vino con la cuarta parte. Cuando ya parecía que la trilogía se iba a quedar en eso, en una trilogía, y cuando yo ya tenía 19 años, se estrenó Alien Resurrection. La que podía borrar de un plumazo toda la desazón producida por esa tercera parte rara rara, que aunque hoy se considere una peli de culto, no pegaba ni con cola con las otras dos. La peli en la que Ripley resucitaba, y la que hizo resucitar también un momento de comunión mística para toda mi familia.


Y no sé cómo nos pusimos de acuerdo ni por qué, pero aún nos recuerdo a los cuatro sentados en fila en el cine, a mi madre y a mi padre a un lado, a mi hermana al otro, viendo los títulos de crédito de una peli, la de Jean Pierre Jeunet, que no sólo no nos decepcionó, sino que nos hizo salir del cine, especialmente a mi madre y a mí, con un sabor de boca y un brillo en los ojos como muy pocas otras pelis han conseguido. La peli de Jeunet podía ser también visualmente diferente, en el mejor y en el peor sentido de la palabra, pero el guión estaba muy bien engranado, y aunque ahora, con perspectiva, sepa que no está a la altura de las dos primeras, y que nunca se convertirá en una peli de culto como la tercera, al menos sé que es una peli honesta que sigo viendo una y otra vez y que me catapulta a ese momento de comunión con toda mi familia, en una época, la de mis 19 años, en la que ya era muy difícil juntarnos, y mucho más ponernos de acuerdo, toda la familia.

sábado, 3 de abril de 2010

Best chase scene ever filmed

Siéntense y prepárense a descojonarse con la mejor escena de persecución de la historia del cine:

viernes, 2 de abril de 2010

Sutil y generosa Austen

Años de recomendaciones, primero de Kubelick, luego de Pepa, y por último de Mariola, no habían hecho mella en mí. Pero cuando fue una alumna de 2º de la ESO la que hace poco me recomendó a Jane Austen, supe que no podía posponerla más. Esa misma tarde, después del instituto, me fui a la Casa del Libro, comparé entre varias traducciones, y me llevé Orgullo y prejuicio a casa.

Toda mi vida pensando que el origen de las comedias románticas que más me gustan estaba en Historias de Philadelphia, y ahora, al terminarme el libro, me doy cuenta de que el germen y la chispa original no estaba en el cine, sino en la literatura inglesa de más de un siglo antes.


Lo que al principio más me ha sorprendido de la Austen es el increíble ritmo con el que comienza la historia. No me he encontrado ni las descripciones ni las reflexiones filosóficas que me esperaba, al estilo de las de La Regenta (por comparar con un español). Será literatura decimonónica, pero la cosa va mucho más rápido y tiene mucho más suspense que muchas narraciones actuales.

No quiero decir con esto que a la novela no le falte una tesis. Claro que la hay, pero la Austen es inteligente y sutil como pocos, y no pierde el tiempo con reflexiones panfletarias. La crítica social y la ironía están ahí, pero no por eso tiene que sacrificar la historia ni ser corrosiva. Austen es más inteligente que todo eso, precisamente porque no tiene necesidad de aparentar esa superior inteligencia. Y además es generosa, porque nunca quiere quedar por encima de sus personajes, sino que les tiene un profundo respeto. Todas las virtudes se las cede a Elizabeth y a Darcy, geniales como pocos personajes de la literatura, y sin necesidad de ser unos excéntricos.

Eso sí, la sutilidad no le impide a Jane Austen soltar alguna alguna que otra verdad sobre la sociedad en la que vive, de esas que que quedan dichas para los que quieran entender. Cuando en el capítulo XXII habla de la boda de Charlotte con el ridículo Collins (compromiso que deja estupefacta a la propia protagonista, Elizabeth), el pasaje es de un patetismo revelador:

[...] Toda la familia se regocijó muchísimo por la noticia. Las hijas menores tenían la esperanza de ser presentadas en sociedad un año o dos antes de lo que lo habrían hecho de no ser por esta circunstancia. Los hijos se vieron libres del temor de que Charlotte se quedase soltera. Charlotte estaba tranquila. Había ganado la partida y tenía tiempo para considerarlo. Sus reflexiones eran en general satisfactorias. A decir verdad, Collins no era ni inteligente ni simpático, su compañía era pesada y su cariño por ella debía de ser imaginario. Pero, al fin y al cabo, sería su marido. A pesar de que Charlotte no tenía una gran opinión de los hombres ni del matrimonio, siempre lo había ambicionado porque era la única colocación honrosa para una joven bien educada y de fortuna escasa, y, aunque no se pudiese asegurar que fuese una fuente de felicidad, siempre sería el más grato recurso contra la necesidad. Este recurso era lo que acababa de conseguir, ya que a los veintisiete años de edad, sin haber sido nunca bonita, era una verdadera suerte para ella.

Pues ahí queda. Y el que quiera entender, que entienda.

***

Y aun así, es gracioso que una novela escrita con esa supuesta mesura emocione tanto. Austen huye de las salidas de tono románticas de la época, y sin embargo a uno, como lector, le da un vuelco el corazón casi en cada página de la novela. Y llama también la atención que, huyendo de ese romanticismo mal entendido, Austen sea el germen de todo lo que posteriormente, en cine y literatura, se ha entendido por romántico: los malos entendidos, los encuentros y desencuentros, el odio y el desprecio que llevan al amor y esos finales felices que le dejan a uno con tan buen sabor de boca, y con la esperanza de que un amor como el de Lizzy y Darcy es posible.

lunes, 8 de marzo de 2010

Peter Jackson se mete a poeta (y tampoco le sale mal)


La crítica dice que The lovely bones es una peli fallida. La crítica ha de ser escéptica, y si yo fuera crítico tal vez habría opinado lo mismo. Pero lo bueno de ser un espectador más es que puedes dejar el escepticismo a un lado. A veces cuesta trabajo, pero con la cinta de Peter Jackson ni me lo planteé. Creía que no iba a llorar, que no iba a llorar, y al final, cuando más cursi y pasteloide se pone, cuando otros a mi lado se reían, yo tuve que sacar los kleenex.
La historia de The lovely bones tal vez no lleve a ningún lado. Pero como catarsis funciona. Dejad el escepticismo a un lado e id a verla. Disfrutad de las imágenes, y de la niña protagonista (impresionante), y de Rachel Weisz, y de Susan Sarandon, y de toda la pamplina esa del primer beso nunca dado, que a mí fue lo que más me hizo llorar.
No sé, me parece a mí que Peter Jackson, más que contar una historia y desentrañar significados, ha querido hacer poesía. Una poesía simple, que sólo insinúa, pero no por ello menos buena. Por eso, que la historia haga aguas al final (si es verdad que las hace), es lo de menos. Porque lo de menos, aquí, es la historia.


domingo, 7 de marzo de 2010

Lo que Albaladejo dejó atrás

Miguel Albaladejo sigue, como al principio de su carrera, haciendo ese tipo de realismo que más me gusta y que nada tiene que ver con las pelis esas tan pesadas que hacen Fernando León de Aranoa y demás intenso-barra-chupócteros del cine español. Pero desde hace un tiempo (ay, pena), algo le faltan a las pelis de Albaladejo.


Ayer vi Nacidas para sufrir, que a priori tenía todos los ingredientes para que me encantara, y que no me desagradó y que hasta disfruté, pero que me dejó el agridulce sabor de lo que sólo está conseguido a medias.

Lo que me gustaba de las primeras pelis de Albaladejo (como Ataque verbal o El cielo abierto), era que el realismo que exudaba cada plano fluía de forma natural. No había nada forzado ni en los diálogos ni en las tramas. Todo cuadraba en boca de esos personajes que parecían salidos de la misma calle. En Nacidas para sufrir la pretensión es la misma, pero no fluye igual. Irónicamente, en su pretensión de sonar reales, los diálogos a veces chirrían de puro artificiosos. Los giros de la trama, por su parte, desconciertan al espectador. La última media hora de metraje, casi me salgo de la historia.

Las actrices, por supuesto, están todas geniales. Pero a la vez te da la sensación de que en cierta manera están desaprovechadas. Y encima están esas cuantas líneas de diálogo metidas con calzador, que le hacen muy poca justicia a su trabajo actoral.

Podría decir que a Nacidas para sufrir le falta el hálito que sí tenían las primeras pelis de Albaladejo. Eso del hálito queda como muy abstracto y poético. Pero es que ese hálito tiene nombre y apellidos: Elvira Lindo.

¿Se reconciliarán Miguel y Elvira algún día?
¿Volverán a hacer una peli tan buena como El cielo abierto?

lunes, 1 de marzo de 2010

Fiebre azteca / Una épica interrumpida


Mi obsesión con las civilizaciones mesoamericanas en particular, y con todo el continente americano en general, tiene su origen en un libro. Ya les he hablado antes de él. Se trata de El corazón de piedra verde, una novela que a lo mejor no ha pasado a la historia por el magisterio literario de su autor (nada desdeñable por otro lado), pero que refleja y revive de una manera apabullante el encuentro entre españoles y aztecas. Este libro, escrito por Salvador de Madariaga y publicado en 1942, es para mí la mejor novela histórica que he leído en toda mi vida. Madariaga radiografía las dos culturas europea y americana, y el choque frontal al que son sometidas, de forma analítica y desgarradora, con una historia de amor como telón de fondo que, en vez de restarle puntos al análisis histórico, le da más fuerza.

Desde El corazón de piedra verde, y cada vez que pienso en ese tópico literario y cinematográfico de la llegada de los extraterrestres a la Tierra, no puedo sino sonreír ante esas dos posturas simplistas a la hora de predecir lo que sucedería. Una es la de los extraterrestres invasores, ávidos de cuerpos humanos, o de nuestra agua, o de cualquier otro recurso natural; extraterrestres a los que los humanos combaten hasta liberar la Tierra. Otra, la que confía en la bondad innata de unos marcianos que llegan en son de paz para transmitirnos su sabiduría y convertirnos en mejores personas. En el caso de la conquista de México, los extraterrestres eran los españoles, y los terrícolas, los aztecas. Y nada fue tan simple. Madariaga no demoniza a ninguno de los dos bandos. Refleja las virtudes y las miserias de ambas civilizaciones, y lo inevitable de ese destructivo choque que arrasa con todo, muy a pesar de esas ciertas mentes preclaras que en ambos bandos saben llegar más allá y analizar las consecuencias de lo que está sucediendo, como en el caso del magnífico Nezahualpilli, rey de Texcoco.


Aún febril, inmediatamente después me zampé las más de mil páginas de Azteca, de Gary Jennings, que no será lo mismo, vale, pero que a modo de complemento medicinal para el bajón post-Madariaga me vino a las mil maravillas. Y así la fiebre de lo azteca cuajó en mí y dejó el poso de la obsesión. Después cayeron Otoño azteca, también de Gary Jennings (y muy menor, por cierto) y varios libros sobre esa civilización que me sigue obsesionando, entre ellos La conquista de México de Hugh Thomas. Poco después leí El dios de la lluvia llora sobre México, del húngaro László Passuth, que por frío y distante no me gustó tanto, pero del que entresaqué un pasaje que a mis alumnos les suele encantar. Y mucho más: lecturas del National Geographic y monográficos de revistas de historia, búsquedas en Internet, etc. Y la decepción de saber que, si alguna vez voy a México, poco voy a poder ver de esos aztecas con cuyas ciudades los españoles arrasaron. Y la esperanza de saber que de los mayas, que ya estaban casi extinguidos cuando llegamos (y gracias precisamente a eso), sí que queda mucho.


Y lo raro es que en todo este tiempo no había visto Apocalypto. Y no por desgana, que conste. Es sólo que no se había terciado. Y el jueves pasado, cuando me disponía a acostarme, enciendo la tele y me encuentro que justo comienza, en Cuatro.
No suelo ver pelis en la tele. Odio los anuncios, y odio aún más el doblaje. Pero en el caso de la peli de Mel Gibson, afortunadamente, no hay doblaje que valga. Así que me quedé a verla, y pagué al día siguiente el precio de irme a la cama a las tantas. Pero mereció la pena.
Es verdad que la peli de Gibson no va sobre los aztecas, sino sobre los mayas. Es verdad también que lo que Gibson pretende es a priori contar la historia de una huida, y que la fidelidad histórica y geográfica, en el caso de esta peli, habría que ponerla más que en cuarentena. Lo de la aparición de los españoles desembarcando al final de la peli es algo totamente anacrónico (los mayas eran ya una civilización extinta desde cinco siglos antes), pero la metáfora funciona. Y por eso la peli me pareció genial, con esa llegada del hombre blanco al final, que el espectador sabe que va a cortar de raíz todo lo bueno y lo malo que hemos visto antes, reduciendo tristemente a una mera anécdota toda la épica de la historia que nos cuenta Gibson.

Los aztecas, justo antes de llegar los españoles, eran una civilización joven y en plena ebullición, con todas las luces y las sombras que esa "adolescencia" implicaba. Los aztecas miraban al pasado, pero a un pasado inventado que los convertía en el pueblo elegido y con la palabra futuro grabada con fuego y con sangre en la frente. Un futuro interrumpido por los españoles. Una visión de la vida truncada y arrancada de raíz. Saben que no suelo ser el típico romántico a la hora de defender la idiosincrasia de los pueblos. Sé que unas culturas arrasan con otras y que ése es el devenir de la historia. Pero el misterio de los aztecas, ese pueblo tan sabio y tan cruel, e incluso tan sanguinario, me subleva y me apasiona. Y recuerdo las palabras de Nezahualpilli en el libro de Madariaga:
-Quizá hubiéramos llegado a una forma de vida mejor que la actual. Pero necesitábamos tiempo para ir perdiendo nuestros hábitos sanguinarios... Varias gavillas de años lo menos. No nos las darán. Los hombres de oriente han llegado y nos vencerán...
-¿Por qué? -preguntaba Xuchitl.
Y contestaba Nezahualpilli:
-Porque vienen. Los que vienen son siempre más fuertes que los que aguardan. Por eso vienen ellos y aguardan los otros. Y traerán dioses y costumbres diferentes.
-Pero -replicaba Xuchitl- es muy posible que las costumbres que traigan sean precisamente las que vos queríais que tuviéramos; y eso os debe alegrar.
Nezahualpilli contemplaba la idea unos instantes, para concluir:
-No, porque nuestras costumbres, aunque cambiasen, hubieran sido las nuestras, nacidas de nuestro ser. Como una serpiente que cambia de piel. Las de ellos serán como un traje que nos pondrán. No lo llevaremos a gusto.

jueves, 11 de febrero de 2010

La muerte de la imaginación (una relectura de El guardián)


Six Degrees of Separation, 1993

Paul: Well...a substitute teacher out on Long Island was dropped from his job for fighting with a student. A few weeks later, the teacher returned to the classroom, shot the student unsuccessfully, held the class hostage and then shot himself. Successfully. This fact caught my eye: last sentence. Times. A neighbor described him as a nice boy. Always reading Catcher in the Rye.
The nitwit -- Chapman -- who shot John Lennon said he did it because he wanted to draw the attention of the world to The Catcher in the Rye and the reading of the book would be his defense.
And young Hinckley, the whiz kid who shot Reagan and his press secretary, said if you want my defense all you have to do is read Catcher in the Rye. It seemed to be time to read it again.
Flan: I haven't read it in years. (Louisa shushes him.)
Paul: I borrowed a copy from a young friend of mine because I wanted to see what she had underlined and I read this book to find out why this touching, beautiful, sensitive story published in July 1951 had turned into this manifesto of hate.
I started reading. It's exactly as I remembered. Everybody's a phony. Page two: "My brother's in Hollywood being a prostitute." Page three: "What a phony his father was." Page nine: "People never notice anything."
Then on page 22 my hair stood up. Remember Holden Caulfield -- the definitive sensitive youth -- wearing his red hunter's cap. "A deer hunter hat? Like hell it is. I sort of closed one eye like I was taking aim at it. This is a people-shooting hat. I shoot people in this hat."
Hmmm, I said. This book is preparing people for bigger moments in their lives than I ever dreamed of. Then on page 89: "I'd rather push a guy out the window or chop his head off with an ax than sock him in the jaw...I hate fist fights...what scares me most is the other guy's face..."
I finished the book. It's a touching story, comic because the boy wants to do so much and can't do anything. Hates all phoniness and only lies to others. Wants everyone to like him, is only hateful, and he is completely self-involved. In other words, a pretty accurate picture of a male adolescent. And what alarms me about the book -- not the book so much as the aura about it -- is this: the book is primarily about paralysis. The boy can't function. And at the end, before he can run away and start a new life, it starts to rain and he folds.
Now there's nothing wrong in writing about emotional and intellectual paralysis. It may indeed, thanks to Chekhov and Samuel Beckett, be the great modern theme.
The extraordinary last lines of Waiting For Godot -- "Let's go." "Yes, let's go." Stage directions: they do not move.
But the aura around this book of Salinger's -- which perhaps should be read by everyone but young men -- is this: it mirrors like a fun house mirror and amplifies like a distorted speaker one of the great tragedies of our times -- the death of the imagination.
Because what else is paralysis?
The imagination has been so debased that imagination -- being imaginative -- rather than being the lynchpin of our existence now stands as a synonym for something outside ourselves like science fiction or some new use for tangerine slices on raw pork chops -- what an imaginative summer recipe -- and Star Wars! So imaginative! And Star Trek -- so imaginative! And Lord of the Rings -- all those dwarves -- so imaginative --
The imagination has moved out out the realm of being our link, our most personal link, with our inner lives and the world outside that world -- this world we share. What is schizophrenia but a horrifying state where what's in here doesn't match up with what's out there?
Why has imagination become a synonym for style?
I believe that the imagination is the passport we create to take us into the real world.
I believe the imagination is another phrase for what is most uniquely us.
Jung says the greatest sin is to be unconscious.
Our boy Holden says "What scares me most is the other guy's face -- it wouldn't be so bad if you could both be blindfolded -- most of the time the faces we face are not the other guys' but our own faces. And it's the worst kind of yellowness to be so scared of yourself you put blindfolds on rather than deal with yourself..."
To face ourselves.
That's the hard thing.
The imagination.
That's God's gift to make the act of self-examination bearable.

***

En cristiano (pero aviso, en el doblaje se pierde mucho):




Paul: Verán... Un profesor auxiliar en Long Island fue despedido por pelearse con un estudiante. Unas semanas más tarde, regresó al aula, disparó al estudiante, sin éxito... por supuesto, tomó como rehenes a toda la clase y luego se pegó un tiro; esta vez con éxito. Este hecho llamó mi atención. La última frase... en el Times un vecino dijo que el profesor era un buen chico, siempre estaba leyendo "El guardián entre el centeno". Ese cretino de Chapman, el que mató a John Lennon confesó que lo hizo porque quería llamar la atención del mundo hacia "El guardián entre el centeno", y que la lectura de dicho libro sería su defensa. Young Hinckley, el zumbado que disparó contra Ronald Reagan y su secretario de prensa, dijo que para conocer su defensa lo único necesario era leer "El guardián entre el centeno".
Flan: Yo hace años que no lo leo.
Paul: Yo le pedí una copia a una amiga mía porque quería saber lo que había subrayado. Y leí ese libro para descubrir por qué ese conmovedor, sensible y hermoso relato publicado en Julio de 1951, se había convertido en un manifiesto de odio. Lo empecé a leer. Es tal y como lo recuerdo; los personajes son unos farsantes. Página dos: "Mi hermano está en Hollywood ejerciendo la prostitución". Página tres: "¡Qué patán tan pretencioso era mi padre!". Página nueve: "La gente nunca se da cuenta de nada". Además en la página 22, se me pusieron los pelos de punta. ¿Recuerdan a Holden Caulfield, el arquetipo de joven sensible con su sombrero rojo de cazador? ¿el sombrero de los cazadores de ciervos? No es lo que parece, hice lo siguiente: cerré un ojo como si estuviera apuntando... es un sombrero para la caza de humanos; mato a personas cuando llevo este sombrero.
Ese libro prepara a la gente para vivir una vida como jamás hubieran soñado. Y en la página 99: "Preferiría empujar a un tío por la ventana, o cortarle la cabeza con un hacha, que darle un puñetazo. Odio las peleas con puñetazos, lo que más me asusta es la cara del otro tipo". Me terminé el libro, es una historia enternecedora, cómica en el sentido de que el protagonista desea hacer tanto y no puede hacer nada. Odia toda falsedad y solo miente y miente a los demás. Desea caer bien a todos, pero resulta aborrecible y completamente egocéntrico. Dicho en otras palabras, es una imagen bastante realista de un varón adolescente.
Pero lo que me alarmó de su lectura, no es tanto el libro en sí mismo sino el aura que lo envuelve. El argumento trata de la parálisis: el chico es incapaz de funcionar. Y al final, antes de que pueda huir y empezar una nueva vida, empieza a llover y él se derrumba. Bueno, no tiene nada de malo escribir sobre la parálisis emocional e intelectual. Puede que incluso gracias a Chejov y a Samuel Beckett, el argumento sea bastante moderno. Las extraordinarias últimas líneas de "Esperando a Godot": "Adelante, sí, adelante". Indicación escénica: ninguno se mueve.
Pero el aura que desprende el libro de Salinger, que debiera ser leído por todos, exceptuando a los jóvenes adolescentes, se traduce en lo siguiente: refleja con la distorsión de un túnel de los espejos y amplifica por un altavoz distorsionado una de las grandes tragedias de nuestro tiempo: la muerte de la imaginación. ¿Por eso es precisamente la parálisis? La imaginación ha sido tan degradada que, en lugar de constituir la pieza clave de nuestra existencia, ahora se considera como algo que está fuera de nosotros mismos, como la ciencia ficción, o para emplearla en combinar las mandarinas con las chuletas de cerdo. ¡Por cierto, qué receta tan imaginativa! Y La guerra de las galaxias: ¡cuánta imaginación! Y Star Trek: ¡qué derroche de imaginación! Y El señor de los anillos, con todos esos enanos: ¡cuánta imaginación! La imaginación ha pasado de ser nuestro lazo más personal e íntimo, y me estoy refiriendo a una especie de vínculo con nuestro ser interior y el mundo exterior que compartimos. ¿Qué es la esquizofrenia sino una condición de que lo que sucede aquí dentro no guarda relación con lo que ocurre ahí fuera? ¿Por qué la imaginación se ha convertido en sinónimo de estilo? Yo opino que la imaginación es el pasaporte de toda creación para transportarnos al mundo real. Creo que la imaginación es meramente otra manera de denominar aquello que nos pertenece más íntimamente.
Jung dijo: "El mayor pecado es ser inconsciente". Nuestro Holden nos dice: "Lo que más me asusta es la cara del otro, no sería tan duro si ambos tuviéramos los ojos vendados". Muy a menudo las caras que confrontamos no son las de los demás, sino la de nosotros mismos. Y les aseguro que no hay peor cobardía que tener miedo de uno mismo, y elegir la postura del avestruz en lugar de enfrentarse consigo mismo. Lo más duro es enfrentarse a uno mismo. La imaginación... es el don divino para poder soportar la autocrítica.

domingo, 31 de enero de 2010

Shyamalan: el acto de fe

Hay películas que ves y que te gustan, pero que también les gustan a todos los demás. Hay otras que sólo te gustan a ti, que te cautivan y hasta te dejan KO mientras toda la platea del cine se revuelve de desesperación o se parte el culo. Lejos de frustrarte o de sentirte un bicho raro, con esas pelis piensas que el director te ha tocado la fibra sensible de una manera particular. Que hay una conexión íntima entre las dos sensibilidades. Y te sientes especial, y sientes que esa peli va a ser siempre especial para ti.
Recuerdo dos pelis en particular. Una, Jóvenes prodigiosos, que Teresa y yo disfrutamos como locos mientras mis primos y cuñados, que también la vieron con nosotros, por poco se duermen. La otra es Señales, con la que me jiñé vivo y lloré a moco tendido en la escena final, mientras Carmen, Curri y los otros que la veían conmigo, se partían el culo.
De M. Night Shyamalan ya había visto El sexto sentido, y me había gustado, pero no de esa manera especial (y no sólo porque también le había gustado a todo el mundo). Pero cuando fui a ver El bosque, me volvió a pasar lo mismo. Mientras los otros reían o se sentían timados, a mí se me encogía el corazón con cada escena. Y concluí que Shyamalan era esa alma afín que me sabía tocar la fibra sensible como nadie, con historias de extraterrestres y de pseudoterror que a priori no tendrían por qué llamarme la atención.
Durante un tiempo me desgañité defendiendo a Shyamalan, frente a otros que lo tildaban de vacuo y presuntuoso. Bueno, en realidad no me desgañitaba; simplemente expresaba mi veneración hacia ese director, orgulloso incluso de que fuéramos sólo unos pocos los que conectáramos con él. Como si no se tratara de gustos, sino de un acto de fe.
Pero llegaron La joven del agua, que me dejó helado, y El incidente, que tenía algo más de chicha pero era igualmente absurda. Y de pronto tenía que reconocer que todo lo que los demás decían de Shyamalan podía ser verdad. Y aun así, corrí un tupido velo. No quise cuestionar mi fe.
Torné al ritual primigenio. Volví a ver Señales y El bosque. Me las compré. Y las he vuelto a ver muchísimas veces más. Y he alucinado todas y cada una de las veces. El hechizo seguía intacto, especialmente con Señales.

***

Me quedaba El protegido. Mi amigo Alejandro, que cree en Shyamalan (en Dios) aún más que yo, me decía siempre que era la mejor. Me la dejó el otro día, y la acabo de ver.
Unbreakable (así se llama en inglés) es formalmente impresionante. Bruce Willis está increíble (y os recomiendo que lo veáis en VO). Aunque la película es lenta, la progresión dramática funciona muy bien. Pero me ha dejado frío. En la última media hora ha habido momentos que me han dejado sin respiración, como en Señales y en El bosque, pero han sido sólo algunos. Al final, lo que me ha fallado es la tesis de la película. El punto de partida, que para mí apenas tenía calado emocional. Por supuesto, es mucho mejor que El incidente o que La joven del agua (que es la más floja de todas), pero ya está. Apenas he encontrado algunos rescoldos de esa comunión mística que sentí con Señales o con El bosque, películas en la que reconozco que los axiomas que les dan origen pueden ser para otros igualmente absurdos.
Quizá haya tardado tanto en ver El protegido para no tener que poner definitivamente a prueba mi fe en Shyamalan. Pero hoy, el momento ha llegado, y aunque me cueste decirlo, he de reconocer que en lo que a Shyamalan se refiere, me he convertido en agnóstico.
Agnóstico, que no ateo. Sé que el corazón se me seguirá encogiendo con cada escena de Señales; que me seguiré jiñando vivo con la escena del extraterrestre en el cumpleaños de Brasil (con la que los demás ríen); que seguiré llorando con ese "batea fuerte" del final (con el que todo el mundo se sonroja), y que seguiré quedándome paralizado ante esa mano de Joaquin Phoenix que agarra a Bryce Dallas Howard frente al monstruo en El Bosque. Restos de una fe que nadie me podrá hacer cuestionar.

lunes, 25 de enero de 2010

Up in the air: lejos del tópico



A Up in the air le sobran las canciones de misa que suenan a lo largo de toda la peli. Esas típicas canciones que tienen todas las pelis indies y que son insoportables. Escuchen, sin ir más lejos, la absurda canción que suena en su web oficial. Pero por lo demás, la peli apenas tiene ese tufo a indie que sí tenía Juno, del mismo director. Y a pesar de que la historia no termina de cuajar, la cosa fluye sin muchas pretensiones, lo cual es de agradecer.

Vale que empieza como una reflexión de lo que supone quedarse sin trabajo, en plan cine social, pero eso al final es lo de menos. Tal vez es que a Jason Reitman se le va el tema de las manos. O tal vez sea que el viaje emocional del protagonista tenga más fuerza, y por esa misma inercia termine imponiéndose en la peli. Sea como sea, es de agradecer que la historia opte por el viaje emocional más que por el de las reivindicaciones sociales. George Clooney está de lujo, y sus dos partenaires femeninas también. Al final, cuando parece que la peli va a terminar con el típico discurso lacrimógeno (del que no se salvan ni las pelis indies; más al contrario, se están incluso convirtiendo en un tópico más de estas pelis), al final, como decía, Reitman corta de raíz ese discurso absurdo y moralizante que se veía venir, para dejar que la historia (tal vez algo deslavazada, es verdad) fluya hasta un final mucho más digno y lejos de tópicos.

No os esperéis un peliculón, pero merece la pena.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Melania leyendo David Copperfield


La escena que más me gusta de Lo que el viento se llevó es en la que las muejeres bordan mientras Melania les lee David Copperfield. Fuera, la casa está rodeada de militares esperando prender a Ashley y a Frank Kennedy, maridos respectivos de Melania y Escarlata, que han organizado una partida para limpiar el bosque de la morralla yanki que ha atacado previamente a Escarlata. El salvador de la función será, al final, Rhett Butler. La secuencia es genial, y la habré visto mil veces. Pero según este blog, la cosa podría haber mejorado aun más si Selznick hubiera seguido los consejos de Hitchcock tras ver la bobina de rodaje que le mostró el productor antes de estrenar la película.

Me lo trago


Me trago el sentimentalismo barato (si es que es verdad que es barato). Me trago el ecologismo facilón de corte panteísta. Me trago el romanticismo entre los colorines de la selva. Me trago la historia, que ya me sabía entera, por los trailers, antes de ver la peli. Me trago esta Pocahontas futurista, y me emociono, y aplaudo como el que más porque la historia, por muchos tópicos que tenga, está contada de puta madre.
Dice un amigo que James Cameron sigue haciendo pelis para espectadores de 12 años. Tal vez Avatar, por mucho efecto especial que tenga, no sea especialmente original, pero hasta los adolescentes se merecen historias tan bien contadas como ésta.


domingo, 20 de diciembre de 2009

Las absurdas (aburridas y pretenciosas) fantasías de un niño (mimado)


No tengo ningún problema con las películas absurdas. Tampoco tengo problemas con el cine infantil. Ni mucho menos si se trata de algo infantil y absurdo. Ahí está Spy kids, la boutade de Robert Rodríguez que disfruté como un tonto. (Y ahora que lo pienso, ¿acaso no es todo lo que hace Rodríguez una boutade?). Pero si hay algo que no soporto es la falsa pretenciosidad, y si encima está revestida de esa también falsa ingenuidad dadaísta o naíf o como se le quiera llamar (sea lo que sea son corrientes más que superadas), pues peor me lo pones.
Todo esto lo tiene Donde viven los monstruos, de Spike Jonze. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que la peli es aburrida hasta el delirio. No hay nada, absolutamente nada en esta peli sindonga que pretende ser un análisis de la vida desde la óptica de un niño, pero que al final no cuenta nada. Y a eso hay que sumarle el problema del niño protagonista, al que desde la primera escena quieres asesinar por malcriado. Un niño mimado que debe ser un alter ego del director, porque está claro que una peli como esta sólo la podía hacer un niñato con aires de grandeza metido a director de cine.

martes, 15 de diciembre de 2009

Cartón piedra deluxe

 
La Cleopatra de Mankiewicz adolece de una falta de ritmo demoledora. Por lo visto el director pretendía originalmente que durara 6 horas. Yo he visto la versión de 239 minutos (vamos, 4 horas) y ya se hacía bastante pesada. Hay imágenes apabullantes, como la de la llegada de Cleopatra a Roma, pero filmadas sin ninguna chicha y con encuadres demasiado clásicos. Las actuaciones de los intérpretes me parecen a mí demasiado impostadas, muy de folletín shakespeariano. Es lo que estaba de moda en la época, vale, pero si en Los diez mandamientos la impostación resultaba hasta atractiva, aquí me ha rechinado.


Al final, ni el lujo de cartón piedra, ni la espectacular Elizabeth Taylor, ni un sentido Richard Burton salvan la peli. Mención aparte la de Rex Harrison, que como Julio César está bastante ridículo. ¡Que alguien me explique por qué sale siempre con mangas largas! Queda horroroso, como si no se hubiese quitado el pijama para vestirse de romano. Millones y millones gastados en la recreación de una época para que después salga Julio César con la franela bajo la armadura.


lunes, 7 de diciembre de 2009

Cine (no sociología)



Celda 211 no es la mejor película del año. Tampoco es una obra maestra. Pero se merece todo el éxito que está teniendo, porque es una cinta honesta, que aspira a atrapar al espectador y que lo consigue con creces, sin falsas trascendencias. Todo funciona en el guión y en la puesta en escena, hasta el punto que los supuestamente inverosímiles giros de la trama pasan bien, porque los actores y el director creen en la historia y ponen toda la carne en el asador.
Que no es sociología, coño, que es cine. Y Daniel Monzón lo sabe. Qué raro esto, en el cine español.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Un poquito de esperanza, por favor /
La permisividad en el cine indie


Es gracioso cómo se excusan los tópicos y los clichés cuando se trata de una peli independiente. Porque el cine indie los tiene, y quizá incluso más que el comercial. Los clichés son otros, pero ahí están. Y el intenso espectador alternativo, que desdeña las americanadas por típicas y previsibles, sin embargo se corre de gusto con películas como aquella Juno horrenda a más no poder.
Todo esto a propósito de la incursión en el cine indie de Sam Mendes, con Un lugar donde quedarse. Y no digo que la peli sea como esa Juno que me provocó arcadas. Un lugar donde quedarse es bien bonita, y la he difrutado mucho, porque ha sido como un remanso de paz. Pero no deja de ser una cinta menor, que no llega a emocionar como ese Revolucionary Road que no sólo se presentaba como gran cine, sino que además lo era. Y fíjate tú que yo soy más de pelis como esta Away We Go (ése es el título original), frente al cinismo de los otros trabajos de Mendes. Y por eso desde que supe que Mendes había filmado una peli como esta (sencilla, y que termina bien) pasé a respetarlo aún más, no ya tanto como director sino como persona. Que ya está bien de cinismo en el cine y en la literatura. Que ya está bien de ese axioma según el cual sólo son pelis o novelas buenas aquellas que hablan de los más oscuros y despreciables sentimientos humanos.
Y por eso al final me ha gustado la peli. Por esos dos protagonistas a los que cualquiera querría tener como amigos. Por ese retrato de la pareja perfecta y del verdadero amor sin necesidad de sospechas ulteriores. Por esos viajecitos que se marcan a lo largo y ancho de los estates (Arizona, Wisconsin, Miami, y hastá Canadá, qué envidia). Pero eso no quiere decir que la peli sea perfecta ni esté a la altura de otras de Mendes. Y tal vez sea porque, más allá de lo que ya he mencionado, Mendes se ha dejado llevar demasiado en el tono indie, hasta llegar a acumular peligrosamente los tópicos propios de lo que ya es un género en sí. Desde la elección de Allison Janney (cuya presencia no puede faltar en toda peli independiente), hasta la caracterización caricaturesca de todos los secundarios. Desde la música (todo baladas y medios tiempos del rock de los 60 y 70), hasta algunos diálogos supuestamente íntimos y emocionales, pero que a mí me han sonado más a literatura de autoayuda.
Eso sí, me quedo con un momento en el que ella le dice a él que tiene miedo de estar como están tan enamorados el uno del otro, rodeados como están de tanta gente de vuelta de todo. Un miedo que, con los tiempos que corren, y habiendo lo que hay, comprendo perfectamente.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Luna nueva es Taylor Lautner


Lo demás es más de lo mismo. Eso sí, mejor escrita, con mejor factura y (algo) mejor actuada. Porque todo en la primera peli era fácil de mejorar. Pero la verdadera mejoría está en este personaje, y en el único actor de la función que, con apenas 17 años, está a la altura (física y emocional, je je).