miércoles, 20 de agosto de 2008

Tel Aviv



Leo esta entrada en un blog de El mundo y lo que menos me importa es que el jamón y el cava triunfen en un pequeño rincón de la capital israelí, sino ese retrato de una ciudad hedonista en medio del conflicto:
Tel Aviv, símbolo del pluralismo y secularismo (en contraste con la más religiosa y santa Jerusalén), no duerme de noche. Decenas de fiestas en centenares de pubs y discotecas todos los días de la semana, donde la sensualidad es la marca de la casa.
¿Frívola, Tel Aviv? No lo sé, tal vez. El conflicto de Israel termina siendo inabarcable para mi corto entendimiento, pero no puedo evitar sentirme seducido cada vez más por ese país, y Tel Aviv es un aliciente. De la mano de crónicas como ésta, o de Eytan Fox, Tel Aviv ya ha pasado a mi imaginario personal como destino ansiado.

¡Non possumus!

Poderosas las palabras de Peces Barba en El País del 15 de agosto. Más claro el agua.
El artículo, aquí.

sábado, 16 de agosto de 2008

Sevilla, 1501



Leyendo La conquista de México, de Hugh Thomas, me he encontrado con esta semblanza de la Sevilla de principios del XVI a la que Hernán Cortés llega desde Medellín decidido ya a ponerse rumbo a las Indias. Me ha gustado, porque Hugh Thomas da una de cal y otra de arena y porque, aun así, se atisba que la ciudad era entonces mucho más moderna de lo que lo es ahora:
Sevilla, con su población de unos cuarenta mil habitantes, era la ciudad más grande de España y su capital marítima, «una auténtica Babilonia», llena de marineros italianos, impresores alemanes, esclavos de Guinea traídos por traficantes portugue­ses, y descendientes de anteriores oleadas de esclavos africa­nos. Los comerciantes genoveses que llevaban viviendo allí mucho tiempo habían contagiado su entusiasmo empresarial a la aristocracia sevillana. a diferencia de las provincianas rivalidades de ciudades como Medellín. Los genoveses rivalizaban con los comerciantes burgaleses, que vendían toda índole de bienes, muchos de ellos de los Países Bajos, comprados con las ganancias de la venta de la lana castellana. La nueva catedral de Sevilla, todavía inacabada, era la más grande del mundo cris­tiano; su puerto, el mejor de España; y su pontón sobre el Gua­dalquivir que conectaba Sevilla a Triana, ingenioso. Un acue­ducto romano llevaba agua a la ciudad desde Carmona; había muchas calles pavimentadas; y, alrededor de la catedral, escalinatas de mármol muy concurridas, así como patios bien cuida­dos en las casas, incontables fuentes, flores y árboles. Los baños públicos de Sevilla (a los que iban las mujeres de día y los hombres de noche) asombraban sin duda a los extremeños. Los sevillanos se sentían tan orgullosos de su jabón blanco, he­cho en Triana, como de su aceite de oliva y sus naranjas. Es probable que las anchas calles de Sevilla impresionaran a Cor­tés tanto como, unos años más tarde, al veneciano Andrea Navagero. No obstante solían estar llenas de inmundicias y de niños vagabundos, mientras que el río, si bien arteria de la ri­queza, era asqueroso, y la peste, frecuente.

martes, 22 de julio de 2008

La burbuja


The Bubble es una simpática película con un final duro como una bofetada. Es la última cinta de Eytan Fox, del año 2006, y desconozco si se ha llegado a estrenar en España. Poco importa, teniendo a mano el e-mule, descarga que te descarga (y que no protesten los de la industria, cuyas distribuidoras no se han molestado en estos dos años en traer la peli a España).

Para mí esta película no está a la altura de la anterior de Fox, Caminar sobre las aguas (una cinta bestialmente desgarradora), pero se le acerca bastante. En principio, The Bubble trata de una pandilla de esas tan de comedia romántica postmoderna, con gays y heteros veinteañeros compartiendo piso. Un punto de partida que aunque pueda parecer ridículo a mí me basta para engancharme. Pero la peli es mucho más. Estos chicos viven en Tel-Aviv, pero durante la primera mitad de la cinta igual daría que vivieran en Brooklyn, por ejemplo. A pesar de haberla visto en la versión original hebrea, hay momentos en los que se te olvida que son israelíes. Bien podrían ser cuatro chicos neoyorquinos o londinenses. Pero es que es eso precisamente lo que Eytan Fox pretende: mostrarnos la burbuja pseudoalternativa pero despolitizada en la que vivimos la juventud actual (da igual si es en Lavapiés, en el Soho o en pleno Tel-Aviv) y hacerla explotar en nuestra cara. Eytan Fox se hace más incómodo, pero también más necesario que nunca.

70 años no son suficientes


Con apenas 30 años, cada vez que a mi alrededor se habla de la República, la guerra civil y la dictadura de Franco, no puedo evitar sentirme ajeno a todo ello. Nací en el 78, en el seno de una familia de derechas. Hasta los 16 no comenzó mi viraje hacia la izquierda, pero fue (y sigue siendo) un viraje en abstracto. Soy de izquierdas, sí, pero no soy republicano ni la bandera con su franja morada causa especial inspiración en mí (como tampoco la causa la actual). Para mí la República, la guerra, o la dictadura tienen el mismo valor histórico que la guerra de Independencia del 1808 o la Restauración borbónica. Sí, haber nacido en el 78 limita mi compromiso, pero creo que me hace más libre para ver las cosas en perspectiva, sin ataduras emocionales. Por eso me extraña que personas más jóvenes incluso que yo se posicionen de manera tan apasionada en un bando u otro.
Todo esto viene a cuento porque en el pueblo de mis padres, Antonio Manuel Barragán-Lancharro, nacido en el 1981, ha publicado un trabajo de investigación titulado República y Guerra Civil en Monesterio. No he leído el libro, tan sólo he podido con el prólogo, de un tal Ángel David Martín Rubio, de la Universidad Juan Pablo–CEU de Madrid, en el que se dedica a desprestigiar la II República Española, etapa por etapa, para finalmente, cuando llega al famoso 18 de julio del 36, correr un tupido velo y dar por finiquitado el repaso histórico. ¿Y del alzamiento militar qué? ¿Y de la guerra qué? ¿Y de la dictadura? Son las preguntas que me hice al acabar el prólogo.
El mismo autor del trabajo anuncia en la contraportada su blog sobre la historia de Monesterio. Tampoco lo he leído a fondo, pero sólo me ha hecho falta echar un vistazo a la lista de links “amigos”, entre los que está Jiménez Losantos y otros vínculos a la COPE. Entren y juzguen ustedes.
No soy tonto, cada vez que alguien me habla de las bondades de la II República no puedo sino levantar una ceja. Igualmente estoy más que harto de que El País Semanal me dé la tabarra semana sí semana no con historia de rojos, de los hijos de los rojos y de los nietos de los rojos, como si fueran la únicas víctimas que ha habido en la historia de España. Sé que no hay nada blanco ni negro. Sé que en todos los países y a lo largo de toda la historia, cada vez que hay un alzamiento militar o un golpe de estado es porque el gobierno legalmente constituido hace aguas. Pero eso no justifica un golpe de estado. Nunca. No sé hasta qué punto la II República estaba en crisis, ni me importa demasiado, la verdad. Porque ésa no es la cuestión. La cuestión es que muchos hablen de la II República con la velada intención de justificar lo que vino después. Por muy mal que lo hicieran los “rojos”, eso no justifica cuarenta años de mediocridades (y eso como poco).
Lo que me jode de todo esto es que ya no me puedo fiar de nadie. No me puedo fiar de los pesaos de El País. No me puedo fiar de este trabajo de investigación que presume de objetivo y definitivo y que ha sido calificado con un sobresaliente por un tribunal de la Universidad de Extremadura. No me fío de Ian Gibson, el apasionado biógrafo de Lorca del que lo he leído casi todo y para el que la República es como el Edén perdido. No me fío, por supuesto, de ése gañán que no para de gritar mañana tras mañana desde la radio de los obispos. Ni de los que demonizan a Zapatero, tratándolo de innombrable (!), ni de los que no son capaces de ver la valía de algunos del PP, como Gallardón. Me doy cuenta de que 70 años no son suficientes para encontrar una posición objetiva sobre lo que se coció en España durante el pasado siglo. Y no me importa si esas opiniones encontradas, apasionadas, vienen de personas de generaciones anteriores a la mía. Es lo natural. Les tocó de cerca. Lo grave es que también haya gente de mi edad atrapada en esas redes del odio, tanto de un bando como del otro.

miércoles, 16 de julio de 2008

Etimología de GUAY

Un amigo me pregunta sobre el supuesto origen inglés de guay y me deja descolocado. Sospechaba que de inglés, nada de nada, pero aun así me he quedado con la duda y a falta de un Corominas a mano, me he puesto a buscar en Internet. Esto es lo más fiable que he encontrado: que viene del marroquí. Tiene sentido, pero tampoco pondría yo la mano en el fuego. ¿Alguien que me saque de dudas?

Lenguas por derecho

Hace ya unos días que salió a la palestra todo el tema del Manifiesto por una lengua común en defensa del castellano, y yo, de veraneo como estaba, no me había enterado. Después, cuando me he querido enterar bien del tema, ha sido muy de refilón, y de una manera muy mediatizada. El tema es polémico, lo sé, y ya sabéis que, en principio, defender una lengua (sea la que sea) me parece absurdo. Pienso que las lenguas, como seres inanimados que son, no tienen derechos. Los que tienen derechos son los hablantes. Derecho a comunicarse libremente, a que su voz se oiga, pero no sé si derecho a una lengua en particular. Si yo me voy a Japón, como persona puedo exigir mi derecho a ser oído, pero no a ser oído en español. Si quiero poner en práctica mi derecho a ser oído en Japón, deberé usar el japonés o si acaso el inglés (sabiendo que entonces no llegaría a tanta gente, pero que por otro lado me serviría para ser oído en casi cualquier parte).
Hoy en El País viene esta columna que también pone en duda ese supuesto derecho a hablar una determinada lengua. Creo que el autor no va mal encaminado, y estoy bastante de acuerdo, pero aun así reconozco que el tema me crispa un poco por lo mal que nos lo estamos montando en general y por lo complicado que nos gusta hacerlo todo. ¿Qué pensáis vosotros?