lunes, 2 de marzo de 2009

La duda inquietante: ¿qué hacerles leer?

¿Cuál es tu criterio al elegir las lecturas obligatorias de cada trimestre para tus alumnos? Me preguntó una vez un tío muy inteligente, pero con una clara intención tramposa. Las que me gustan a mí, las que fueron mis preferidas en mi infancia y adolescencia, respondí tan alegremente. Entonces él se sacó el as de la manga, y empezó a echarme en cara que eso era claramente una forma de fascismo, porque era una imposición de mis gustos a unos chavales fácilmente moldeables. Es verdad, le dije, pero es que no encuentro otra manera mejor de motivarlos, me es prácticamente imposible obligarlos a leer algo que a mí no me gusta. Los chavales se lo huelen rápido, y no se lo leen. Sin embargo, si a mí me ven ilusionado con el libro, no te digo que se vayan a lanzar a él ávidamente, pero por lo menos le darán una oportunidad. Además, qué coño, que mandar una lectura no consiste sólo en eso, sino que exige un seguimiento si no diario, sí al menos semanal, especialmente en los niveles inferiores, y yo como profesor también quiero disfrutar de ese seguimiento, y que haya una retroalimentación continua.

También me ha pasado alguna vez que una lectura en la que yo apenas confiaba, ha resultado ser todo un éxito. Fue con una adaptación de La Odisea de Vicens Vives. A mí las aventuras, por mucho que sean clásicas, nunca me han gustado. Siempre me ha provocado ansiedad eso de tener que seguir las vicisitudes de los protagonistas lejos de casa. Pero a los chavales este libro les apasionó. ¿Qué pasa entonces? Pues que, si les tienes un mínimo respeto a esos chavales, tú, como profesor, tienes que ir al libro e intentar verlo desde una nueva perspectiva, y lo que antes ha gustado a los chavales, te terminará gustando también a ti.

Pero a lo que iba: esto suele ocurrir menos. Lo normal es que yo, como profe, decida sobre la base de lo que me ha gustado a mí. Esta sutil forma de imposición me ha funcionado sobre todo en los niveles más bajos, donde lo último que piensas es en clásicos, pero también lo aplico en esos niveles altos (3º y 4º de l
a ESO), a pesar de que mi postura no sea siempre aplaudida por mis compañeros de departamento. Qué quieren, a mí lo último que se me ocurre es mandarle algo de Galdós a un chaval de 16 años. O pon un Baroja, por ejemplo. El año pasado lo intenté yo mismo con La busca y se me atragantó a mí, conque imagínate a ellos. Para esos autores duros de roer, ya está el Bachillerato.

¿Y qué lecturas son las que más me han funcionado? Pues ahí va un repaso a algunas de ellas, así como los cursos en las que las he usado:


Manolito Gafotas, que es un libro de primaria, pero que vale para los recién llegados al instituto, más que nada porque llegan con un nivel tan pésimo que en la primaria no han visto ni por asomo un libro de más de 30 páginas. Lo bueno de estos libros es que aunque sean tremendamente infantiles, los chavales no los suelen rechazar, porque como literatura costumbrista los libros son un crack. Elvira, hija, qué haríamos sin ti. Los chavales que en el instituto tienen un gran desfase no son capaces de leer nada medianamente complicado, pero tampoco quieren tragarse infantiladas, porque ya son adolescentes, con otros gustos. Por eso los Manolitos suelen funcionar, porque son mucho más que libros infantiles.

Un agujero en la alambrada, de François Sautereau. En principio el post iba a estar dedicado exlusivamente a este libro, pero es que al final me he calentado. Un agujero... fue mi libro favorito de la infancia, y eso que la primera parte me costó leerla. Actualmente está descatalogado, pero cada año lo suelo fotocopiar a destajo para los de 1º, y funciona bastante bien. La primera parte, como decía, es más dura, y necesita más seguimiento. En la segunda parte la trama se dispara, se pone muy emocionante, y se les puede dejar solos leyéndolo. A lo mejor no les apasiona a todos, pero siempre hay dos o tres en cada clase que suelen alucinar con la historia, igual que me pasó a mí años atrás.

La historia interminable. Ya os he dicho que jamás me gustaron las aventuras, pero este libro fue la única y gran excepción de todo lo que leí en mi niñez (en la cual jamás quise saber nada de enanos, hadas o hobbits). Pero es que el libro de Michael Ende es mucho más. Podría decir que es uno de los mejores tratados que se han escrito jamás sobre la creación literaria, pero eso a los chicos les da igual. Aun así, algo les llega también de esas reflexiones. Y eso es lo bueno del libro, que tiene mil niveles distintos de lectura, y que por eso vale para cualquier nivel de la ESO. Yo el año pasado lo usé en un 1º pata negra. Este año, el nivel es pésimo, pero igual les está gustando. Lo que este libro no pueda...

La ciudad de las bestias. La Allende se lo monta muy pero que muy bien en esta novela de aventuras de trasfondo ecológico, dirigida al público más joven e ideal para un 1º o un 2º. Después hay una segunda y una tercera parte, o sea, que puede servir de anzuelo para que muchos de ellos sigan leyendo.





Como un espejismo. Este libro de apenas 100 páginas engancha en cualquier nivel. No trata apenas de nada, sólo del amor de verano de un chico en un pueblo de montaña catalán. Pero es que está muy bien escrito, y como decía una compañera mía del departamento, "les gusta porque en el fondo no es literatura juvenil". No le falta razón. Los protagonistas son jóvenes, pero la forma de contar las cosas es de una lucidez apabullante.

Llámame simplemente Súper. Otro libro de cabecera de mi infancia. Es algo deprimente, pero está muy bien escrito e igualmente son tan sólo unas 100 páginas. Para un 2º es ideal.









Memorias de Idhún. Más aventuras, pero es que Laura Gallego las cocina muy bien. En este libro hay de todo para hincarle el diente. La fantasía, sí, está ahí, pero también una historia de amor a tres bandas que termina enganchando a chicas, y también a la mayoría de los chicos. No hay nada como un trío amoroso para que el interés narrativo suba como la espuma. También funciona de maravilla como anzuelo para que después los chavales se lean por su cuenta la segunta y tercera parte, que por lo que me han contado (yo no las he leído) son bastante más densas y profundas.


La trilogía de Getafe, escrita por Lorenzo Silva y compuesta de los títulos Algún dia, cuando pueda llevarte a Varsovia, El cazador del desierto y La lluvia de París. Para 3º y 4º son ideales, y suele encantarles, aunque es verdad que en estas edades los gustos están más definidos y te puedes encontar con todo tipo de respuesta entre los chavales. No digo que sean libros imprescindibles, pero sí muy valiosos. El nivel literario es bueno, y las historias les ayudan a trabajar la introspección y a conocerse más a sí mismos en ese duro paso de la infancia a la juventud. A las chicas les suele gustar más.

El guardián entre el centeno. Lo suelo mandar porque es uno de mis libros favoritos. La verdad es que lo leí por primera vez ya casi con 20 años, con lo cual no sé si me habría gustado tanto con 15. A los chavales el comienzo les suele gustar, y si se trabaja un poquito con ellos, puede pasar bien. Yo siempre les digo lo mismo, cuando están empezando el libro: de lo que os cuenta Holden, creeros la mitad. Ellos al principio, tan poco acostumbrados a los juegos literarios, se extrañan, pero al final terminan comprendiendo que los narradores de una historia no tienen por qué ser de fiar.



La casa de los espíritus / Cien años de soledad. La primera novela fue, a mis 15 años, la puerta de entrada hacia la literatura hispanoamericana. Si te encuentras con unos chavales de 4º listos y con buen nivel, les puedes mandar directamente Cien años de soleadad (ya hablaba Vargas Llosa en su estudio sobre la obra, y no sé si con doble intención, de "su facultad de estar al alcance, con premios distintos pero abundantes para cada cual, del lector inteligente y del imbécil, del refinado que paladea la prosa, contempla la arquitectura y descifra los símbolos de una ficción y del impaciente que solo atiende a la anécdota cruda). Como lo que dice Vargas Llosa no es del todo verdad, al menos si aterrizamos en la cruda realidad de nuestros cuartos de la ESO, es mejor ir poco a poco y comenzar con la novela de la Allende, mucho menos ambiciosa, vale, pero que igualmente supone toda una experiencia narrativa, más a mano para los chavales y encima con una perspectica femenina que en el caso de los alumnos de clases más deprimidas, imbuidos en un machismo aún muy feroz, es muy aconsejable.

Hay más. En teatro, ya hablé del delirante Don Álvaro, que es aconsejable leer cuando menos capacidad crítica se tiene, esto es, en la adolescencia, porque si no, uno se queda sólo en el despiporre. Y en cuanto a mi amado Lorca, La zapatera prodigiosa es precisamente eso, un prodigio a la hora de enganchar a los más pequeños. La obra, trabajada en un 1º o en 2º de la ESO, deja de ser una farsita menor para convertirse en un auténtico y genuino hallazgo que gusta a todo tipo de chavales. Y para 4º, por supuesto, no se pueden dejar de leer esas Bodas de sangre, puro poderío lorquiano que te agarra y no te suelta hasta el final.

Ahora me encuentro en un momento de impasse con un 2º de la ESO de muy buen nivel y al que ya le di clase en 1º. Después de alambradas, historias interminables, zapateritas, ciudades llenas de bestias, espejismos e incursiones en el mundo mágico de Idhún, me veo ante el vacío más inquietante: no termino de encontrar una lectura a la altura de las circunstancias. Como sé que últimamente me leen muchos colegas de profesión (y no sabéis la ilu que esto me hace), se admiten todo tipo de propuestas. ¡Un saludo, por cierto, a todos!

sábado, 28 de febrero de 2009

Nada nuevo bajo la luna

Acabo de ver los dos primeros capítulos de True Blood y me han parecido bastante flojos, la verdad. Ya me habian avisado, y también me han dicho que debo insitir, porque después la serie, por lo visto, toma fuerza. Por el momento no es más que un soso pastiche, de muy buena factura HBO, vale, pero eso no basta. El personaje de Anna Paquin te hace echar de menos todo el rato a Buffy, y el paseo de la chica y el vampiro por el bosque en el capítulo dos recuerda demasiado a Crepúsculo. La chica empieza a hacerle preguntas al vampiro, el vampiro responde. Se besan. Pero el deseo es peligroso, y el vampiro se aparta. Lo fuerte es que hasta en la cursi Crepúsculo esta escena, calcada, tenía más tensión dramática.

Seguiré viendo la serie, pero por ahora, no hay mucho donde rascar.

jueves, 26 de febrero de 2009

¡Tiburón en la laguna!



Nunca me ha gustado la playa. A todas luces soy andaluz (no lo podría negar aunque quisiera) pero en realidad nací en Gandía, Valencia, y los cinco primeros años de mi vida los pasé en Ondara, un pueblo de Alicante a escasos kilómetros de la playa. Mi infancia está llena de recuerdos playeros, pero cuando a los cinco años mi familia se mudó al interior, no eché de menos el mar.

Hoy, la playa sigue sin apasionarme. No soy capaz de meterme en el agua hasta donde me cubre totalmente, y si estoy más de un minuto sin hacer pie, los acordes de John Williams empiezan a sonar en mi cabeza y tengo que salir disparado hasta la orilla. Por supuesto, del submarinismo ni oír hablar. Me da pánico.

Todo empezó viviendo en Sevilla y cuando mis padres se compraron por fin un vídeo VHS. Empezó mi cinefilia y me puse a grabar películas de tiburones como loco. La primera película con tiburón incluído que vi, sin embargo, fue en el cine. Se trataba de Tiburón 4, un pestiño considerable, pero que a mí me apasionó. La escena de la banana, en la que el tiburón le arranca una pierna de cuajo a una desdichada, me impactó sobremanera. Vista hoy, me parece de risa, pero a mí me cambió la vida. A partir de ahí empecé a grabarme todas las pelis con tiburón que echaban en la tele. Hoy sé que la mejor es la primera, la de Spielberg, pero yo por entonces no tenía criterio, y adelantaba las pelis hasta los momentos más sangrientos, que no podía dejar de mirar en la pantalla. Y fíjate tú que quizá sea la primera la que menos momentos de esos tenía, porque la valía de Spielberg está en cómo maneja la tensión, y en el insinuar más que en el enseñar directamente.



La escena de la banana. Jevi jevi!!

Tiburón 2 me encantaba. La historia de esos adolescentes rebeldes, malotes y follisqueadores a los que Dios castiga en forma de gran escualo me parecía total. Morbo puro.



En cuanto a la tercera parte, durante mucho tiempo tuve grabada una peli que yo creía que era Tiburón 3, pero que con el tiempo descubrí que era una pastiche italoamericano llamado L'último squalo, que aun así que yo me tragué tranquilamente miles de veces. Ahí va al escena final, en la que el prota mata al tiburón. Cutre cutre:



Más tarde pusieron en la tele la verdadera tercera parte: Jaws 3D, esto es, en tres dimensiones, las cuales en la pantalla de mi tele de finales de los 80, se veían bastante cutre, la verdad. Ahí va un remix cañero con las mejores escenas:



Muchos años después, vi en el cine la revisitación del tema por parte de Renny Harlim. En Deep Blue Sea los tiburones están modificados genéticamente, son más inteligentes y hasta saben abrir puertas (sic.). ¡Una peli genial! Lo mejor, la muerte de Samuel L. Jackson, en un momento autoparódico sencillamente sublime y al mismo tiempo acojonante.



Tantas pelis se han hecho sobre el tema (y casi todas malísimas), que casi se puede hablar de subgénero. Yo me he bajado gran parte de ellas de la red, y las he visto a cámara rápida, parando sólo en las partes de los ataques. Pero mientras espero que salga a la luz la peli MEG, que después de múltiples retrasos quizá ya nunca tome forma, siempre nos quedará esa gran primera incursión spielbergiana en el tema, que ahora, ya con un criterio formado, sí que sé apreciar en toda su magnitud.

La frase que da título a este post es uno de los gritos más terroríficos que se sueltan en ese Jaws de Spielberg. Una frase que me sigue poniendo los pelos de punta. El jefe Brody tiene ya la clara certeza de que un gran escualo amenaza las playas de Amity, pero nadie le hace caso. Prohíbe a su hijo bañarse en la playa, le pide que lo haga en la pequeña laguna, donde no sospecha que el tiburón pueda meterse. Hasta que una mujer grita: ¡Tiburón en la laguna! La música empieza a sonar y el jefe Brody salta a la carrera en busca de su hijo. En la escena no hay sangre, ni falta que hace, porque sólo así ya es acojonante.

miércoles, 25 de febrero de 2009

El cafelito con la Campos sabe mejor



María Teresa Campos ha vuelto a las mañanas de Telecinco. Muchos la odian, a mí me encanta. Desayunar con la Campos, esa señora cabezona que no deja hablar a sus contertulios y que siempre impone sus ideas, me encanta. Qué quieren, es una debilidad. La Campos es un terremoto, cuenta las noticias casi casi como si te las contara tu vecina, pero sin perder las formas periodísticas. La fórmula perfecta, como la de mi café soluble que sazono con la dosis justa de azúcar y sacarina: mitad y mitad.

Hoy ha entrevistado a Ibarretxe, y ha mantenido las formas periodísticas hasta el final, cuando le ha preguntado si se sentía español (ole!). El tío se quería salir por la tangente, pero ella no le ha dejado. Esta mujer es grande, muy grande!

Crónica de unos premios cantados



Pues ganaron los que tuvieron que ganar, ¿no?

Penélope era lo mejor de la peli de Woody Allen, que es un tipo que siempre hace pelis que se dejan ver, y que cada dos o tres de ésas, hace una obra maestra. Vicky Cristina Barcelona no lo era en absoluto, pero era salir nuestra Pe y la peli ganaba muchos puntos. Esta chica tal vez no sea una gran actriz, pero hay unos cuantos de los papeles que ha hecho en los que está para comérsela, véase La niña de tus ojos, Elegy o Vicky... (no tanto Volver, en la que estaba bien pero no a la misma altura).

Slumdog Millionaire es un festival para los sentidos y además el corazón te da unos cuantos vuelcos a lo largo de la cinta. ¿Qué más se puede pedir? Yo fui a verla cuando el factor sorpresa ya no era tal. Mucho había leído y mucho se había hablado sobre la peli, con lo cual no es que lo flipara precisamente, pero hay que reconocer que la historia es una maravilla.

La Winslet es una máquina, y quizá me gustó más su actuación en Revolutionary Road (una peli que me dejó patidifuso, pero sé que hay otros a los que ni fú ni fá). En The Reader también está impresionante; para mi gusto su actuación era bastante menos sutil, aunque sí bastante más de Oscar. En cuanto a la peli en general, impresionante. El único pero es ese sosainas con continua cara de estreñido de Ralph Fiennes (que sólo me gusta en La lista de Schindler y en El jardinero fiel, que por cierto, es una peli alucinante, con otra actriz, Rachel Weisz, que me encanta hasta en La Momia y a la que estoy deseando ver en Ágora, de Amenábar).

Para actuación poco sutil pero marcada a hierro por el Oscar, la de Sean Penn en Milk. Irónicamente, aunque la peli es reivindicativa, la actuación de Penn a mí me pareció muy al uso, y el premio muy poco arriesgado.

El Oscar a Heath Ledger también estaba cantado, pero es verdad que lo que hace en El caballero oscuro te deja con los pelos de punta.

domingo, 22 de febrero de 2009

Ser profe es un chollo

El tópico es que los profesores vivimos como Dios. ¿Es el tópico cierto? Este post es un aviso para todos los que no sois profes, pero tenéis amigos docentes que se empeñan en desmentir el tópico. Que si su trabajo es muy duro, que si menuda responsabilidad, que si no estamos reconocidos, bla bla bla. NO LES CREÁIS. Mienten. Como bellacos. Fiaros de mí que también soy profe, que antes no lo era, y que, al contrario que la mayoría de mis compañeros, que después de la carrera se metieron directamente a opositar y no han trabajado más que en institutos, puedo comparar. Porque eso sí, estoy hablando de la enseñanza pública. La privada es otro cantar. Si yo tuviera que soportar a monjas y curas supervisando mi docencia, estaría amargado y jamás escribiría este post.

Vamos a desgranar todas las ventajas que tiene ser funcionario en la educación pública:

1) El horario. Para empezar, las horas lectivas semanales son 18. A veces, para ajustar horario, alguien se tiene chupar alguna más (¡y menudo trauma!, no dejas de protestar en todo el año), o también quedarse a una menos (y te callas como una perra también todo el año). Si eres jefe de departamento, cosa que es muy fácil si eres de francés, filosofía o latín, la cosa se reduce a 15 horas. Y digo que es fácil porque en el caso de estas asignaturas suele haber un solo profe por instituto, y esto automáticamente te convierte en jefe. ¿De quién?, dirás. Pues de ti mismo. Costosa tarea que exige una liberación de tres horas semanales. Después es verdad que se supone que hay más horas de permanencia en el centro, y además las guardias, que vale, suelen ser un coñazo, pero que no son más que tres, como mucho, a la semana. Estas horas no lectivas te pueden servir para tomarle el pulso al instituto más allá de los tres o cuatro grupos a los que tú des clase. Pero aviso, eso de tomarle el pulso al centro es algo que la mayoría de los profes no es que no lo hagan, es que ni se lo plantean. Resumiendo, y lo que es más importante: sea como sea tu horario, a las 2,15 o 2,30 estás liberado. Suena el timbre y a casa. O lo que es más fuerte: ya te estás yendo a casa cuando suena el timbre. Que eso yo lo veo día a día. Con liberar a los chavales 5, 10 o hasta 15 minutos antes, solucionado. Y encima los chavales te van a adorar. También puede ser que entres a las 8,30, y entonces será muy raro que salgas a las 2, con lo cual, a las doce o la una, algunos profes ya se están yendo e incluso sueltan eso de "me voy ya que estoy aquí desde las 8". Una vez en casa, puedes dedicarte a preparar clases o a corregir exámenes, pero a eso nadie te obliga. Si eres capaz de improvisar las clases sin que se te caiga la cara de vergüenza, nadie te lo va a echar en cara. Si tardas en corregir los exámenes dos semanas, tampoco. Como si no los corriges y te inventas la nota. O como si directamente no haces exámenes, porque eres un profe de la nueva era. Qué más da, ¡si encima vas de moderno!

2) Las vacaciones. Dos meses en verano, dos semanas y pico (con suerte tres) en navidades, diez u once días en semana santa, puentes y demás. Esto es lo más llamativo y de lo que nos tiene envidia todo el mundo. Pues sí, tenemos una vacaciones que te cagas. Hasta el punto de que la vuelta del verano llega a ser traumática, después de tanto tiempo desconectado del curro. ¿A que os damos pena?. Bueno, y hay que tener en cuenta que tanto las últimas semanas de junio como las primeras de septiembre el trabajo es meramente presencial. Ir, hablar con los compis y tomarse un café. Hay gente que, claro, muchos días ni se presenta en el instituto. ¿Para qué?

3) El trabajo en equipo, que es de la mejores cosas de trabajar en un instituto. ¿Saben por qué? Porque no hay. No es que no se intente, es que sencillamente la gente no sabe qué siginifica eso de trabajar en equipo. No saben lo que es ponerse un objetivo común, dividirse el trabajo, tener algo preparado a tiempo. Esto se nota sobre todo entre los que no han sido más que funcionarios toda su vida. Se hacen simulacros de trabajos en equipo, sólo, claro está, si es a cambio de puntos para trienios y sexenios; simulacros de los que no se suele sacar nada en claro, pero eso es lo de menos. Es verdad que trabajando como se trabaja con chavales, que son impredecibles, por mucho que te lo curres a veces no se ven los frutos, pero ¡ésa también es la excusa perfecta!

4) La territorialidad. Mi primer año de trabajo fue "supuestamente" el de prácticas. Este año, aparte de tragarte un tedioso y absurdo curso y elaborar una memoria, te nombran un tutor de prácticas. En mi caso, mi tutor ni siquiera se dignó a pasarse por mis clases a ver qué tal me manejaba. Aun así, yo provengo de la empresa privada, y por eso tendía a rendirle cuentas de lo que iba haciendo día día. Pero claro, él me rehuía. Yo era un pesao. Al final pillé la "dinámica" de trabajo y empecé a ir a mi bola. Y es que en el instituto, para lo bueno y para lo malo, nadie te va supervisar en cuanto a tu comportamiento en el aula. Los tres primeros meses, acostumbrado a otras rutinas, me sentí desamparado. Nadie te dice cómo hacer nada. Piensas: Dios mío, me voy a morir sin saber si soy o no buen profesor, sin saber si hago las cosas bien. Con el tiempo, claro, te acostumbras peligrosamente, hasta el punto de que desarrollas un territorialismo ("mi clase es mía y en ella no entra ningún otro") que en algunos profes raya con la neurosis. Ejemplo: estás de guardia y tienes que ir a una clase a comunicar algo, lo que sea. A mí eso, como buen voyeur, me encanta. Pues vas y llamas a la puerta. Algunos te dejan pasar sin problemas. Otros te abren la puerta sólo lo suficiente para sacar la cabeza, poniéndote la mano por delante en postura de "ni se te ocurra pasar". Es que tengo que decirles algo a los chicos, cuentas. Pero nada, no te dejan pasar. Podría decirse que es que los chavales están trabajando y no es bueno interrumpirles, pero no es así. Lo que se oye al otro lado es la tele, y por la cara del profe que te ha abierto la puerta, la peli, más que un documental educativo de la BBC, suena a Los albóndigas en remojo. Pero no culpen al profe. Dime qué harías tú si te toca dar Educación para la Ciudadanía o las dos horas semanales de MAE (¿Motivación Al Estudio?, ¿Medidas de Atención al Esfuerzo?, quién sabe lo quieren decir esas siglas).

5) La dignidad. Si estás falto de dignidad y autoestima, hazte funcionario. En un año estarás gritando por los pasillos y la sala de profes frases que comienzan por "Yo no tengo por que...", todo un clásico de la sala de profesores. Y es que todo trabajo que se salga de dar tus clases o que implique rendir cuentas es un ataque a la dignidad del trabajador. Y hay más: ¿Se imaginan a a un trabajador cualquiera entrando en el despacho de su jefe y poniéndose a gritarle hasta hacerle llorar, para luego salir del despacho impunemente? Ni de coña, ¿verdad?. Pues eso lo he visto yo en mi instituto, y no una vez, sino dos. Les cuento: Un profesor organiza una excursión. A última hora deja a los alumnos tirados, porque ya no le apetece la excursión. La jefa de estudios le da un toque para que no lo vuelva a hacer y a continuación él entra en Jefatura y se pone a gritarle hasta hacerla llorar. A la jefa de estudios. Porque claro, quién es nadie para poner en duda sus métodos y su dignidad laboral. Ese profesor, por supuesto, sigue campando a sus anchas por el instituto, pensando que lo que hace es trabajar y creyéndose más digno que nadie. Así, ¿quién no querría ser funcionaro?

6) La pedagogía. Si eres un profesor entregado a la causa, en la educación pública tienes a tu disposición cursos y seminarios varios sobre tendencias educativas, perspectivas pedagógicas varias y hasta el sexo de los ángeles. Pero nunca sobre prácticas reales de aula. La teoría es bienvenida; la praxis un tabú. Pregúntale a un compañero cómo enseña él los verbos, o qué dinámicas de clase plantea para mejorar la ortografía, o qué textos usa para explotar determinados contenidos, y en una milésima de segundo estará en Pekín. Este tipo de preguntas son las más incómodas que se pueden plantear en un pasillo de instituto. Yo, inocente de mí, que venía de una academia de español para extranjeros, donde esas preguntas y esa manera de compartir experiencias estaba a la orden del día, creía que en los institutos sería igual, pero qué va. Y claro, lo mejor de no aterrizar jamás en la práctica real de las aulas, es que hay teorías pedágogicas para todos los gustos, y como dice una compañera mía, cualquier manera de organizar un centro educativo (desde el segregacionismo más salvaje hasta el integracionismo más inabarcable) es justificable pedagógicamente. Y así nos va.

7) Los imprevistos. Cuando trabajaba en la tele, cualquier imprevisto suponía quedarte en el curro toda la noche preparando nuevas ideas. Que Bisbal, Chenoa o los de La oreja de Van Gogh no vienen al final al programa, pues a quedarse toda la noche improvisando algo para un programa que, con lo que sea, hay que sacar adelante. Era una putada, y todos estábamos siempre cruzando los dedos para que todo saliera según lo planificado, cosa que era bastante rara. Y diréis que qué es más importante, ¿sacar un programa de TV adelante o sacar a un montón de niños (el futuro de nuestro país) adelante? Pues parece ser que lo primero. En el instituto tampoco sale nada según lo planificado, pero las consecuencias son siempre las opuestas. Cualquier imprevisto significa menos curro. Vas tan ricamente a dar tu clase y te la encuentras vacía. Se han ido de excursión y nadie te lo había dicho: menos curro. Los chavales se ponen en huelga: menos curro. La calefacción se estropea: menos curro. Llega una orquesta de cámara al instituto para tocar en el salón de actos. En el centro nadie sabe nada porque la cosa se organizó con 6 meses de antelación y ya nadie se acuerda (entre funcionarios, ya se sabe). El jefe de estudios empieza a correr aula por aula suspendiendo clases para llevar a todos los chicos al salón de actos, antes de que la orquesta se ponga a tocar sola. Eso ocurrió tal cual; ese día yo tenía repaso para el examen con los de cuarto y ya me cabreé. Me negué a posponer el examen (menos curro sí, pero es que estoy harto) y la mayoría de los chavales se quedaron. A cambio, me sentí un auténtico boicoteador de actividades extraescolares.

8) El sueldo. Si a los dos mil euros y pico que ganamos le quitas el IRPF, cada mes nos tocan unos 1700/1800 euros. Eso sin trienios y sexenios (que yo aún no sé lo que son). Y en Navidad y verano las pagas extras, esto es, el doble. ¿Es eso poco? Si lo comparas con lo que ganan los profes en Alemania, pues claro. Si lo comparas con lo que gana un redactor de TV cuyo puesto está siempre en peligro y que se puede dar con un canto en los dientes si aguanta en un programa más de dos meses, es bastante más. Un redactor de TV que va de moderno, que se compra la ropa en el mercado de Fuencarral y que luce todos los domingos palmito y gafas de sol ultramodernas en La Latina, pero que al fin y al cabo no se mete en el bolsillo más de 1500 euros al mes, trabajando además 12 horas al día.

9) La descarga de adrenalina. En mi primer año de trabajo, y antes de empezar las clases, cuando los primeros días de septiembre gritaba a diestro y siniestro que menudo chollo salir a las dos, alguien me dijo que la energía que se emplea en controlar una clase durante una hora es hasta el doble y el triple que la de muchos otros trabajos, y que por tanto por las tardes acabas rendido. Y es verdad: si se compara con un trabajo de oficina, éste implica una descarga de adrenalina impresionante. Tengo compañeros que en su primer año han adelgazado varios kilos. Otros que antes de cada clase potaban. Yo, por ejemplo, mi primer año me lo tiré entero sudando como un cerdo. Son los nervios. Pero todo eso pasa. Uno se acostumbra y desaparecen las potas, los sudores y las cagantinas. Además, yo he pasado horas muertas delante de un ordenador, sin tener ya nada que hacer y esperando a la hora de salir, y eso es desesperante. En las clases estás en constante alerta y el tiempo se pasa volando (al menos si de verdad te interesa hacer bien tu trabajo), y al entrar en ellas se te olvida todo lo bueno y lo malo: tu vida personal, enfermedades, diarreas (que se cortan ipso facto, porque no hay más cojones) y absurdas neuras.

10) Los chavales. El material con el que trabajamos los profes no son ni los libros, ni las tizas, ni la pizarra. Ni siquiera las nuevas tecnologías, tan de moda. Nuestro material es real, está vivito y coleando. Es el mejor material con el que se puede trabajar: son los chavales. Chavales impredecibles que lo mismo te pueden amargar el día que hacerte feliz hasta el delirio. Y es que ése es el verdadero chollo de ser profesor. Ningún otro trabajo es tan apasionante, y eso es gracias a esos pequeños locos que tanto nos hacen gritar y sudar la gota gorda día a día. El horario, las vacaciones, el sueldo, todo eso se te olvida cuando a un chaval se le ilumina la cara porque ha conseguido comprender algo, o cuando guardan silencio mientras tú les lees un cuento, o cuando te piden que les cuentes más cosas sobre un tema que tú consideras una disgresión, pero que a ellos les está (¡oh sorpresa!) apasionando. Esos momentos son impagables, y nunca sabes cuándo van a llegar. A veces los atisbas, y me imagino que la experiencia en esto es un grado y con el tiempo hasta sabré conjurarlos conscientemente. Unos momentos que son una pasada porque ves que esos "niñatos" se convierten día día en más persona, y porque sabes que es gracias a ti. Los chavales son barro en tus manos, y aunque en el 90% de los casos no se dejen moldear, el otro 10% vale por todo lo demás y hace que el domingo no te importe que se acabe el fin de semana y tengas que ir al instituto el lunes, otra vez. Eso es lo que pienso que de verdad debe dar envidia a los que no sois profes, y nada de lo otro que he contado más arriba, y que habréis leído si no habéis desistido antes de llegar al final de este largo post.

***

¿Saben? Desde que empecé a currar de profe siempre ma ha pasado lo mismo. Voy por la calle, o en el metro, me encuentro con un grupo de niñatos armando jaleo y hablando de chorradas, un grupo de adolescentes desconocidos, y me parecen como poco absurdos, y a veces, según su comportamiento, hasta despreciables. Sin embargo, con los chavales a los que les doy clase, con los míos, jamás he sentido eso, sino todo lo contrario. Son lo mejor, son unos soles, son unos tíos listos. Son la caña. Sé que en el fondo nada les diferencia de los que me cruzo en el metro, pero no puedo evitar sentirlo. Cuando estoy en la calle, soy un adulto más. Cuando estoy en clase, soy el profe. ¡Menudo subidón!

martes, 17 de febrero de 2009

Descartes vs. Pascal



No hay nada como la buena dialéctica. Los griegos la descubrieron hace ya varios milenios y hoy sigue siendo el no va más para aclarar las ideas. De eso va la obra El encuentro de Descartes con Pascal joven, un único round entre los dos filósofos que dura apenas hora y cuarto y que más que encuentro, deviene en desencuentro. Porque lo de menos es llegar a una conclusión (bien lo dice en la obra el propio Descartes), sino recrearse en los mecanismos mentales que nos llevan a ella. Los actores, geniales, le dan a la obra un estatus muy superor al del texto, que es muy interesante, pero que tampoco supone nada nuevo.