domingo, 25 de enero de 2009

Revolutionary Road o la fuerza de la narrativa



Hacía mucho tiempo que no salía del cine con la clara convicción de haber visto una gran película. Y también con el dolor de cabeza que me provoca el reprimirme las lágrimas. He disfrutado y he llorado a partes iguales con Revolutionary Road, con una Kate Winslet que me ha dejado el corazón en un puño, un Leonardo DiCaprio al que nunca le había visto tanta garra, y un Sam Mendes, el director, que no sólo sabía controlar al milímetro el ritmo de la peli y seducir al espectador con la cámara, sino también aprovechar hasta el límite la fuerza dramática de la historia. Porque mensajes hay en la peli muchos, y la crítica social está clara, pero aquí no pasaba como en American beauty, una peli genial, vale, pero en la que todo parecía supeditado a esa crítica cínica y mordaz. En Revolutionary Road todo está al servicio de la historia, al más puro estilo de la narrativa fílmica americana. De la buena, claro, la de ese cine clásico que, pasen los años que pasen, seguirá emocionando generación tras generación.

Porque lo de menos en Revolutionary Road es la crítica de la sociedad americana de los años 50. Para mí ése ha sido sólo el telón de fondo de una magistral disección de las luces y sombras del amor y de la vida en pareja. Una disección, además, no hecha desde el análisis o la razón (sería imposible), sino desde la más pura emoción.

sábado, 24 de enero de 2009

Buenismo en las aulas



El jueves nos juntamos ocho o nueve profes del instituto para ver La clase. La peli, en el plano estrictamente cinematográfico, me encantó, pero claro, al salir, siendo los que éramos todos profes, destripamos la película sin tener en cuenta si era o no una buena peli, o si se había merecido la Palma de Oro en Cannes. Lo que nos importaba era lo que ocurría en ella. Los problemas de un instituto del extrarradio de París donde el 90% de los alumnos eran inmigrantes, con un desfase curricular acojonante y con una falta de sentido de la autoridad abrumadora. Casi casi como nuestro instituto.

Tanto como me gusta hablar y dar mi opinión, yo sólo fui capaz de decir que la peli me había encantado, pero no tenía nada claro qué postura tomar con respecto a lo que ocurría en ella. Algunos de mis compañeros parecían tenerlo más claro. Que si el profesor no hacía más que meter la pata. Que si los alumnos eran unos incomprendidos. Que si el sistema no atendía a las necesidades de esos chavales. Y yo abrumado por lo buena que era la peli y por la cantidad de situaciones que en ella eran exactamente iguales a las de mi instituto, pero que ahora había vivido como espectador, en una gran pantalla, y no envuelto en ellas.

Quizá por eso he tardado tres días en atreverme a tener una opinión. Ha sido difícil. Por un lado, menospreciar la labor de un profe entregado a la causa, que pretende motivar a sus alumnos y hacerles pensar, me parecía una postura un tanto cretina. Por otro lado, en la peli hay escenas en las que a los alumnos se les consiente ciertos comportamientos que no pueden ser calificados por menos de despreciables (la actitud de las delegadas en la sesión de evaluación, por ejemplo).

Yo por mi parte, en estos escasos dos años y medio de experiencia en un instituto de una de las zonas más cañeras de Madrid, he comprobado que pocas cosas hay más peligrosas y perturbadoras para los alumnos que entrar en una clase en plan buen rollito. En plan "aquí vamos a aprender todos juntos mientras nos divertimos y debatimos sobre la vida". Los niños no son tontos, y a ellos no se les puede vender la moto de que las seis horas que tienen que pasar todos los días calentando la silla van a ser maravillosas, porque la educación es liberadora y bla bla bla, todo muy LOGSE. No, señores, los niños necesitan sinceridad, y la escuela, a la larga, es una etapa maravillosa, pero también es un lugar al que se va a aprender mediante el trabajo y el esfuerzo. La motivación está muy bien, pero tengo comprobado que la verdadera motivación surge tras el esfuerzo, y no al revés. Cuando un chaval consigue aprobar un control o hacer un ejercicio bien, por sí solo, y sin que tú como profe le bajes el nivel, ahí sí que se motiva. Pero si se lo pones todo fácil, si sólo le pides un mínimo esfuerzo porque el chaval, pobrecito, tiene un desfase curricular muy grande, y no se le puede exigir más, entonces lo más probable es que lo pierdas. Y si no lo pierdes, tampoco va a aprender gran cosa, porque uno como profe ya se ha encargado de que no llegue a más. Si un chaval tiene desfase hay que hacérselo saber, y dejarle claro desde el principio adónde tiene que llegar, y que si no llega, no aprueba, y ya está.

Por supuesto, todo esto, en el día a día de las aulas, es muy difícil de cumplir a rajatabla. Y quizá, en algunos casos, sea hasta contraproducente: cada alumno es un mundo, con sus propias necesidades. Pero también es verdad que los alumnos están, para bien y para mal, agrupados en clases de 30, con lo cual, atender a sus necesidades individuales, viéndolos como los ves una hora al día como máximo (hablo de la secundaria), es misión casi imposible.

Mi primer año como profesor me encontré con unos niveles desastrosos. Chavales que con 13, 14 y hasta 15 años no tenían no ya lectura comprensiva, sino una mínima fluidez en la lectura en voz alta (independientemente de que se enteraran de lo que leían, que tampoco). Y ese primer año no paré de decir que si había que bajar el nivel lo bajaba, para poder aprobar al menos a dos o tres de la clase, porque si no, me cortaba las venas de la frustración. Hoy sigo teniendo muchos chavales así, y aunque sigo bajando el nivel y tratando de enganchar con lo que ya saben, ya no lo hago tanto. Si tienen un desfase, ellos tienen que ser conscientes y trabajar más duro. Hay que tirar de ellos hacia arriba, no se pueden quedar estancados en su nivel de segundo ciclo de primaria.

Y es que cada vez pongo más en duda todo eso del constructivismo y la teoría del anclaje. Una teoría que dice que hay que partir de lo que ya saben para adquirir nuevos conocimientos. Sí, es verdad, la mente humana funciona así, pero creo que también tiene, sobre todo en los chavales, la capacidad de aprender cosas sin necesidad de contextualizar. Lo que toda la vida se ha llamado aprender de memoria (o de memorieta), aunque esté tan denostado. Un chaval de trece años, con la cabeza vacía, jamás va a contextualizar. Sin embargo, memoria tienen para parar un tren. Una memoria que en el caso de los adultos es poco útil (todo se nos olvida), pero que en los niños es mucho más potente, y que en la escuela actual la estamos desaprovechando. Eso sí, para que se aprendan algo de memoria hay que obligarles, y tan denostada como está, hacerlo está visto casi casi como una medida fascista. Hoy es mucho más importante la reflexión, la capacidad crítica, los valores humanos, etc. Y ahí estamos, intentando meter en esas cabecitas huecas dilemas morales, reflexiones y razonamientos a los que nosotros mismos no llegamos hasta los 18 años.

A eso lo llamo yo buenismo. Un buenismo peligrosísimo que azota la escuela actual y que está echando a perder la capacidad de los niños de aprender un montón de cosas, sin las cuales además jamás llegarán a razonar o abstraer. Un buenismo en el que cae el profesor de La clase y en el que suelo caer yo mismo muchas veces frente a mis 30 alumnos hiperactivos de 1º de la ESO, que a quinta o sexta hora se suben por las paredes, pidiendo a gritos más disciplina, más control, más "partes" y menos debates sobre la mejor manera de lograr un clima de convivencia y felicidad entre todos juntos y sin que nadie imponga su voz. Ni siquiera, por supuesto, el profesor.

martes, 20 de enero de 2009

Políticos que me caen bien / Políticos que me caen mal

Me caen bien: Alberto Ruiz Gallardón, Rosa Díez, María Teresa Fernández de la Vega, Soraya Sáenz de Santamaría, Rodrigo Rato, José Bono, Albert Rivera, Pedro Solbes, Jaime Mayor Oreja, Cristina Almeida, Celia Villalobos, Rosa Aguilar, Carmen Calvo, Josep Borrell y Felipe González, al que me educaron para considerar un sinvergüenza, pero al que en carisma no hay quien le gane (o al menos le ganara en sus tiempos).



Los gallardos Gallardón y Rosa Díez.

Me caen mal: Esperanza Aguirre, José María Aznar, Mariano Rajoy, Juan José Ibarretxe, Josep Lluis Carod Rovira, Magdalena Álvarez, Pedro Zerolo, Joaquín Almunia, y José Luis Rodríguez Zapatero, que ni fu ni fa, pero que precisamente por eso me da coraje que sea presidente, habiendo otros y otras con mucho más carisma (en su partido y en otros).



Aguirre (argg) y Zapatero (zzz...).

lunes, 19 de enero de 2009

Si el saber me constriñe, mejor no saber!

Qué atrevida, pero qué liberadora también, es la ignorancia. Si el sábado, al compartir mesa y después viaje en metro con Marta Rivera de la Cruz, hubiera sabido algo más de ella, no habría estado ni la mitad de desenfadado que estuve.

El sábado por la mañana fui a la sede de Anaya, para el fallo del VI Premio de Literatura Juvenil de la editorial. No, no era parte del jurado, pero algunos de mis alumnos se habían leído las galeradas de los finalistas, y yo iba para transmitir su decisión. Una decisión que no era vinculante; para eso estaba el verdadero jurado. Y de ese jurado formaba parte la ganadora del premio infantil del pasado año, Marta Rivera de la Cruz, cuyo libro ganador, titulado La primera tarde después de Navidad, luego nos regalaron. Tras el fallo, los de Anaya nos invitaron a comer y ella me firmó y dedicó el libro para el hijo de una amiga. Luego, tiramos juntos hacia el centro, donde ella vivía y donde yo me traslado pronto. Bajando las escaleras del metro le dije, ya te he fichado yo, tú eres carne de centro. Hablamos de libros, de cómo ella escribía, de la carrera de Ciencias de la Información (ella es periodista también) y del día a día en un instituto como el mío, que da para muchas anécdotas. Ella me recomendó El profesor, de Frank McCourt, sobre su experiencia como docente en escuelas marginales de Irlanda.

El domingo me acerqué a la Fnac a por el libro. Lo encontré, pero no me decidí a comprarlo. Tengo en casa aún muchas lecturas pendientes, y una mudanza a la vista. No está el tema para acumular. Cuando ya me iba, me vino la chispa. Me fui a autores españoles, busqué en la R y ¡ahí estaba!: Marta Rivera de la Cruz. En tiempo de prodigios. Finalista Premio Planeta 2006. Me entró la calorina y, en el acto, me llevé el libro a caja.



Mi amiga Carmen dice que soy un mitómano. Lo sé, qué le voy a hacer. Pero es que leer el libro de alguien que has conocido de primera mano no lo hace uno todos los días.

Cuando lo termine, ya os contaré qué tal.

domingo, 18 de enero de 2009

Lenguas en el ring / El bien y el mal en eso que sale de nuestras boquitas

Ayer volví a verme metido en la eterna discusión. En este caso, el detonante fue el uso del verbo parquear por parte de una amiga americana, de Florida, mientras que en España usamos aparcar. Otra amiga insistía en que lo que está mal está mal, en que las lenguas deben someterse a unas reglas, y que por supuesto, aparcar estaba mucho mejor dicho que parquear, porque ésta última no está en el diccionario. Intenté cambiar la perspectiva, explicar que los criterios morales y el uso de la lengua (eso está bien dicho, eso está mal dicho) no van juntos. Pero claro, cambiar en 10 minutos una mentalidad lingüistica forjada durante décadas es muy difícil.

Ahora, frente al ordenador, podría entrar en rae.es y comprobar si de verdad está o no el verbo parquear (como cuando un amigo gallego me riñó por usar el verbo descambiar, que al final sí estaba el el DRAE, y cuyo uso, lejos de ser vulgar, es incluso más específico en ciertos contextos que el verbo cambiar, que puede resultar demasiado genérico). Pero hoy no, me niego a buscar el verbo parquear, porque no es de eso de lo que se trata. Se trata de que tanto aparcar como parquear son, hasta donde yo puedo vislumbrar, soluciones diferentes a la hora de adaptar el anglicismo park. Soluciones diferentes, digo, pero no mejor ni peor la una que la otra. (Bien, mal, mejor, peor, son términos peligrosos al hablar de lenguas.) Otra cosa es que sospecho que la solución parquear es usada por una abrumadora mayoría hispanoamericana, frente al término aparcar, igual de digno pero no por ellos menos marginal: sólo lo decimos así en España. Y eso son 400 millones frente a 40: knock out!.

Finalmente, no podremos decir que aparcar es mejor que parquear, ni tampoco, cuidado, que parquear sea mejor que aparcar. Sólo habremos de decir que parquear disfruta de más éxito, y que si alguna palabra ha de imponerse sobre la otra, lo lógico es que sea parquear.

Igual con las lenguas: ninguna es más digna que otra, pero sí es verdad que unas son marginales y están destinadas a desaparecer mientras que otras habrán de imponerse. ¿Y qué? Así es cómo se han fraguado todas las lenguas, a base de desapariciones e imposiciones, queramos o no. Porque las lenguas son cambio, jamás se están quietas, y mientras muchos se rasgan las vestiduras al escuchar la palabra spanglish, a mí me encantaría poder estar en Florida, y ver cómo inglés y español se contaminan el uno al otro día a día, igual que sucede con mi amiga de allí, que no deja de mezclarlos con una gracia y una expresividad que te arrastra y te deja, como decía antes, K.O.

jueves, 15 de enero de 2009

La estrella ¿perfecta?



Allá por aquellos tiempos en los que en España estábamos más que saturados con El príncipe de Bel Air, esa serie que Antena 3 se ha encargado de emitir y re-emitir hasta la extenuación (y ¡atención! que aún lo sigue haciendo en sus canales de la tdt), yo descubrí que Will Smith era un pedazo de actor. Fue con Seis grados de separación, en la que Smith les plantaba cara a Donald Sutherland y Stockard Channing y no sólo salía más que airoso, sino que llegaba a hipnotizar mientras su personaje hablaba de una falsa tesis sobre El guardián entre el centeno. Después de aquello, no puedo decir que el actor se haya visto en un duelo interpretativo a esa altura (no he visto Ali, pero tampoco me interesa; ya sabéis lo que pienso de las impersonations). Pero que el tío tiene madera de estrella, de eso no hay duda. En Soy Leyenda estaba espectacular. En Hancock, siendo como es la peli un bodrio, y llevando ese traje de cuero tan ridículo, Will Smith seguía llenando la pantalla, y yo seguía creyéndomelo. Después de ver su paso por El Hormiguero de Pablo Motos, ¿alguien puede dudar de que a Smith no hay estrella de Hollywood que le pueda?

"AHORCATVS"

La profe de clásicas de mi instituto, que escribe con boli rosa y es total, me ha enseñado hoy una página web divertidísima en la que se puede jugar al ahorcado en latín. Y la verdad es que te pones a buscar páginas en latín en la red y lo flipas: blogs, juegos, webs de noticias, y todo tipo de recursos que te hacen dudar si de verdad esta lengua está muerta. Como aperitivo, este ahorcado no está nada mal. ¡Pulsad en la imagen para jugar!