martes, 17 de febrero de 2009

Una lectura del genocidio nazi / En tiempo de prodigios

Sé que en el último siglo ha habido historias de genocidios tan terribles como el dirigido por Hitler y los suyos. Yo también sé lo que hizo Stalin. Sé lo que hizo Idi Amin y ese otro chiflado de Camboya, Pol Pot. Pero esto fue peor. ¿Sabes por qué? Porque Hitler no tenía enfrente a un pueblo reprimido, pobre o limitado. No se las tuvo que ver con campesinos aplastados bajo el yugo de los zares, con aldeanos analfabetos o con miembros de tribus africanas tradicionalmente sometidas a algo o a alguien. Alemania era un país desarrollado, rico, culto. La patria de Schiller, de Goethe, de Bach o de Lutero. Los nazis pervirtieron todo eso. Convirtieron a los alemanes en culpables colectivos de un crimen monstruoso que se les seguirá recordando cuando pasen los siglos. [...] eran ellos quienes torcieron, quizá para siempre, el destino de todo un pueblo previamente bendito por la Historia.

Esta es quizá la idea más lúcida que saco de la lectura de En tiempo de prodigios, de Marta Rivera de la Cruz. Yo siempre había dicho que el genocidio judío no ha sido el único de la historia, que ése no ha sido el único holocausto, y que ahora los mismos judíos, en su afán victimista y, lo que es peor, de autojustificación revanchista, se han encargado de recordárnoslo hasta la extenuación. Pero la idea de que el pueblo alemán no tenía excusa nunca había pasado por mi mente. Quizá lo expuesto más arriba (dicho por uno de los personajes del libro) sea una idea simplista, pero creo que tiene su parte de razón. Y quizá por eso el horror del Holocausto judío esté en alojado el inconsciente colectivo actual con más fuerza que cualquier otro horror histórico, y no se trate sólo del poder actual del lobby judío.

Por lo demás, el libro de Rivera de la Cruz me ha parecido bonito. Lo he leído poco a poco, muy poco a poco. Tal vez porque no es que me haya apasionado, pero también porque mi vida últimamente va a saltos. La historia es compacta, pero había momentos predecibles y otros un tanto reiterados. A la autora el libro le sirve de catarsis personal tras la muerte de su madre, pero la catarsis llega a ser eso mismo, demasiado personal, y resulta algo densa. Hay momentos en los que parece despreocuparse del lector, un lector que quizá agradecería menos densidad y sí más momentos lúcidos de esos que pueden aplicarse a todos.

lunes, 16 de febrero de 2009

Pongo La 2 y...

...están poniendo Caminar sobre las aguas, de Eytan Fox. Qué peliculón...

martes, 10 de febrero de 2009

Lucidez en La duda



Lo que más me ha gustado de La duda no ha sido la ambigüedad de sus personajes, sino el diálogo que mantiene la madre interpretada por Viola Davis con la monja Meryl Streep. De una lucidez apabullante. Es una conversación que se adentra en todos los tabúes sociales que imperan hoy día con respecto a la pedofilia, para cargárselos y plantearlos desde un punto de vista totalmente nuevo y a la vez desgarrador: el de una madre que conoce mejor que nadie a su hijo, y que quiere lo mejor para él, o al menos lo menos malo. Y eso es algo que el resto de la sociedad rechaza pero que ella sabe que puede salvar a su hijo de ser un marginado para el resto de su vida. Qué dura la postura de esa madre (manteniendo el tipo frente a una Meryl Streep horrorizada) pero qué lucida también.

viernes, 6 de febrero de 2009

Otro ladrillo a escena


Es increíble como un mismo teatro, dependiendo de la obra, puede resultar otro diferente. Ayer fuimos a ver El dúo de la africana al mismo teatro en el que justo antes de Navidad vi ese Hamlet que tanto me gustó. Lo de ayer, sin embargo, rozó el patetismo. Terminé sintiéndome atrapado en la platea y sacando el periódico, que me puse a leer tan ricamente. Menudo tostón infumable: la historia, los actores, el planteamiento escénico; todo confluía en un desaguisado sin parangón. Hasta el punto de que el teatro me terminó pareciendo otro.

jueves, 5 de febrero de 2009

Películas condenadas al olvido


This property is comdemned es la peli que fui a ver el otro día a la Filmoteca, ese cine que me resisto a visitar demasiado, porque está lleno de tarados intelectualoides que te dan la tabarra en la cola antes de entrar a la sala y que después se soban en mitad de Ciudadano Kane. (Para colmo, muchos huelen mal; vayan y comprobarán que no les engaño.) Pero a lo que iba, la cinta está incluida en un ciclo de recuerdo a Sidney Pollack, y si no os suena es normal, porque la peli vale bien poquito. Según los créditos está basada en una pieza de acto único de Tennessee Williams, y eso se nota en la primera mitad de la peli, que está bastante bien. Los protas son un Robert Redford en su mejor momento (ideal si quieres olvidar la cara acartonada e hiperoperada que luce actualmente) y una Natalie Wood que hace de Liz Taylor, pero que también funciona. Lo malo es la segunda mitad del metraje, bastante nefasta, en la que a guionista y realizador se les va la olla hasta el punto de que el final más bien parece un parche improvisado, como si se les hubiera acabado el dinero para resolver la historia en condiciones. Normal que no haya trascendido, y una pena, pero aun así mereció la pena por esa primera mitad y por poder recuperar un cine que ya no se hace, sólo por dos euros cincuenta.

The Parent Trap, again



Después de tres años ensayando la madurez, en este revoltijo emocional en el que me hallo, me he vuelto a comer las uñas hasta el delirio y me he vuelto a tragar aquel clásico de mi infancia que hice alquilar a mis padres fin de semana tras fin de semana. Se trata de The Parent Trap, o Tú a Boston y yo a California (no confundir con el remake sindongo de los noventa, Tú a Londres y yo a California). Y vista de mayor, a mis treinta años, no deja de parecerme una cinta genial con una historia que me sigue apasionando. Ahora valoro otras cosas que en mi infancia, aunque las atisbara, no me daba por analizar: el perfecto engranaje del guión, la pulcra labor de gran artesano que tiene la realización, la música, tan de la época y tan emotiva, y esa manera de actuar de los actores, tan de los años 60, que me encanta, especialmente Maureen O´Hara que está deslumbrante con su pelo rojo como el fuego y unos ojos que traspasan la pantalla.

Lo intrascendente con ritmo pasa mejor


Valkiria es una peli intrascendente pero con mucho ritmo. No hay que buscarle más profundidad de la que tiene, porque ni siquiera su director, por lo que he leído, lo pretendía. No hay estudios psicológicos ni papeles de Oscar, pero sí está la factura impecable del mejor cine mainstream made in America y, lo que es más importante, la mano firme de Bryan Singer. Y con lo de que no hay papeles de Oscar no quiero decir que Tom Cruise lo haga mal. Al contrario, que el cienciólogo esté tarado no le impide ser buen actor. Lo hace muy bien, y para colmo, el cabrón, lisiado y todo como sale en la peli, parece que se haya quedado anclado en los treinta y pocos. Mal que les pese a muchas (y muchos), el tío está más joven incluso que Brad Pitt, al que últimamente se le notan más los retoques quirúrgicos.