miércoles 11 de noviembre de 2009

Glorious!

En los tres o cuatro últimos años he ido al teatro con bastante asiduidad, y me encontrado de todo. Desde tostones infumables a obras que me han emocionado más de lo que yo nunca creí que sería posible en el teatro. Soy hijo de una generación que se emociona más con el cine, no lo puedo evitar. Por eso con el teatro me suele costar. La cosa es que los montajes que más me han emocionado no eran, irónicamente, las de los textos actuales, sino las de los clásicos. Especialmente me ha pasado con Shakespeare, y con algún clásico español (aunque menos). Qué gracia, que como hijo del cine y de las nuevas tecnologías haya sido más capaz de implicarme con Hamlet o con el Tenorio que con las obras más innovadoras. Pero claro, es que hay una razón. Esos clásicos son obras que están bien escritas, mientras que entre los textos actuales hay mucha morralla, que además para colmo suele ser autocomplaciente. Shakespeare, por ejemplo, de autocomplaciente no tiene nada. La historia, el ritmo, los personajes, eso es lo que importa. Y si hay mensaje, si hay filosofía, también. Pero todo eso, sin historia, se convierte en una paja mental.

Y de ahí llegamos a Glorious, la peor cantante del mundo, dirigida por Yllana. Y lanzo un aviso para navegantes: en ella participa mi hermana. Es además un texto actual, de Peter Quilter. Pero me encantó. Cuando la fui a ver, al preestreno en Torrejón de Ardoz, hace unas semanas, me dije: qué bien que sea tan buena obra, porque por muchas veces que la vaya a ver (familia obliga) no me voy a aburrir. Voy a disfrutar, voy a reír, voy a llorar, como con las buenas pelis, ésas que me he tragado tantas veces. Diréis: claro, porque está su hermana. Pues no, mi hermana es sólo una secundaria en el montaje, que por otro lado se luce interpretando tres papeles a la vez muy distintos entre sí. Pero eso no haría que yo disfrutara la obra si fuera aburrida. Me la tragaría las mismas veces, vale, y disfrutaría viendo a mi hermana en escena, pero no con la obra.
No es ése el caso. Este Glorious es una gozada. Una obra sin trascendencias, pero divertidísma y emocionante a partes iguales. ¿Y por qué? Pues porque es una obra bien escrita. Se nota que el texto es de un anglosajón, a los que tan bien se les da escribir obras con ritmo, y sin complejos a la hora de apropiarse de modos cinematográficos para enriquecer el texto. Sin ir más lejos, la obra es un biopic, con ecos hollywoodienses, de Florence Foster Jenkins, una cantante real, que existió y que dio mucho que hablar en el Nueva York de los años 40. Una especie de Don Quijote asesina de las notas que gracias a sus estridencias llegó a llenar el mismísimo Carnegie Hall. Para muchos, fue quizá la primera artista que, cantando mal, llegó a arrasar y a provocar furor. Hoy en día estamos acostumbrados a eso, claro, y nadie se extraña de que los artistas más absurdos y los cantantes menos ortodoxos arrasen. Pero Florence fue la primera, y esta obra es un homenaje a ella y a esa sociedad de los años 40 en la que recién se estrenaba la cultura de masas y sus más diletantes fenómenos.
A lo que iba. La obra está bien escrita. Destila cine y music hall (y también bourbon) por los cuatro costados. Tiene ritmo,y eso que sólo consta de cuatro o cinco escenas. Los diálogos son unos ratos desternillantes y otros de una ironía contenida, mezclando lo sutil y lo tosco con gracia y sin complejos. Y al final parece que en vez de en el teatro, estás en el cine viendo un musical de la época.
A esto, claro, se le suma en el montaje español la elección de los actores. Una Llum Barrera entrañable y en estado de gracia, que insufla vida a su personaje y que es capaz de ir más allá del texto (saliéndose de él incluso), sin perder cada uno de los pies y de las frases que dan ritmo a la obra. Eso, claro, son las tablas. Como partenaire tiene a Ángel Ruiz, haciendo de pianista y de conductor de la historia (en cine sería la voz en off). Un papel que que se le ajusta como un traje hecho a medida. Los dos actores, creo yo, deben tener una manera muy distinta de trabajar, ella más instintiva, él más metódico, pero juntos, en escena, destilan una química y una energía impresionantes. Porque así son también sus respectivos personajes: la ingenuidad frente al cinismo. Y en tercer lugar, mi hermana, Alejandra Jiménez-Cascón, a la que ya saben que adoro y sobre la que no me voy a explayar para que no digan que esta crítica es imparcial.
En definitiva, que estaría bien que en el teatro se dejaran caer más obras como éstas, bien escritas, bien actuadas, que dejen buen sabor de boca y hasta alguna lagrimilla furtiva. Y sin esa horrible pátina de falsa trascendencia que tanto hay en los textos actuales.
Ahora está en Málaga. Luego Valladolid. Y la gira por España continúa. Si pueden, vayan a verla. Y cuando llegue a Madrid, ya les aviso. De momento, os dejo con la música "enlatada" de Florence Foster Jenkins, porque la japuta cantaba mal como ella sola, pero no por eso se quedó con las ganas de grabar sus discos.
La reina de la noche, de Mozart, en versión Florence:


Yo, como Terenci, junto a Nefertiti

martes 10 de noviembre de 2009

La hondura (emocional y literaria) de Terenci

Haría ya unos doce o trece años que mi tía Gemma me regaló El amargo don de la belleza. Y aunque desde el momento en que rasgué el papel que lo envolvía sentí que había acertado, aparqué el libro en la estantería y pospuse su lectura sine die. Desde entonces lo miraba de vez en cuando, a ver si lo leo, a ver si lo leo. Y hasta ahora.

Yo pensaba que Terenci Moix era un autor que me gustaría, pero más por petardo que por su hondura literaria. Prejuicios que tiene uno. Y cuando por fin me ha dado por coger el libro, me he encontrado con una de las mejores novelas que me he leído en mucho tiempo, con una hondura emocional impresionante. El tema de la novela es el tempvs fugit. Un tópico clásico y además manido, diréis. Y es verdad, pero Terenci lo trata de una perspectiva tan moderna (por mucho que se trate de una novela histórica, por mucho que el lenguaje esté forzadamente arcaizado) que incluso abruma.

Terenci no necesita convertir la historia en un culebrón lleno de giros en la trama y sucesos inesperados. No digo que hacer eso esté mal, sino que muchas veces sirve para ponérselo fácil al lector. Pero Terenci no se lo pone fácil ni a sí mismo como autor. El amargo don de la belleza no es una novela de emociones a corto plazo, ni contiene grandes giros ni sorpresas. Y sin embargo, el abrumador paso del tiempo y el vértigo ante esa sensación de que la vida se nos escapa de las manos rezuma en cada palabra del libro. La historia está contada sin prisa pero sin pausa, y te mete de lleno en el esplendor y en la posterior decadencia de una etapa en la historia de Egipto condenada al olvido de antemano. Como el mismo protagonista dice al final, "los amaneceres más bellos ya nacen predestinados al ocaso". La pátina de melancolía inunda toda la narración, salpicada de personajes que hablan de un modo rimbombante y que sin embargo están llenos de humanidad, desde la reina Nefertiti, talibana del monoteísmo, hasta el propio hijo del protagonista, Bercos, del que hasta el propio autor se ríe por su manera de hablar hueca y altanera.

***

Por cierto, que del libro me han gustado dos momentos que bien podríamos aplicarnos profesores y estudiantes en las aulas de hoy en día. El primero es una sentencia supuestamente egipcia, que no podía estar más vigente:

No desprecies la risa de los jóvenes
porque tú lo fuiste alguna vez
aunque el tiempo te impida recordarlo.

El segundo es una máxima de los escribas que Senet recupera de la biblioteca del templo:

"Sé un artesano de la palabra para que puedas prevalecer, porque el poder del hombre está en la lengua y el poder de la palabra es más fuerte que el de cualquier combate. Copia a tus padres, a aquellos que se fueron antes que tú. ¡Mira! Sus palabras perduran en la escritura. Abre el libro y lee; copia el saber. Así, el artesano podrá llegar a ser un hombre sabio..."

lunes 9 de noviembre de 2009

Los nuevos visitantes y el individualismo americano



El primer capítulo de la nueva V no ha estado nada mal. Los guionistas le han sabido dar la vuelta al punto de partida de la serie original, porque el efecto sorpresa en el que se basó aquélla (vamos, que son lagartos), desaparece por completo en el remake. ¿Qué hacer entonces? Pues replantear el punto de partida. Y así han hecho.

La idea de que los vistantes están entre nosotros ya desde hace años funciona, aunque culparlos de las guerras y de la crisis económica para que en el momento de la revelación aparezcan como salvadores suena un poco ridículo. Lo que sí está bien es el momento en el que Anna, la comandante en jefe de los visitantes, propone un sistema de salud pública universal, provocando la desconfianza en el periodista (y en el espectador) que tiene enfrente. Qué gracia, es la misma desconfianza que el americano medio tiene hacia la reforma sanitaria de Obama, algo que los europeos no entendemos, pero que Elvira Lindo explicó muy bien en este artículo. Los americanos serán todo lo que queramos, pero parece que ese individualismo feroz y esa manía de salir adelante por uno mismo sin la ayuda de los demás tienen también sus cosas buenas. Lo de la seguridad social se les resiste, vale, pero tampoco serían los más proclives a dejarse avasallar o someter fácilmente, ni por un sistema fascista o comunista como los que hemos tenido en Europa, ni por unos visitantes con piel de lagarto deseosos de reclutar esclavos entre la especie humana. Con los americanos lo tendrían más que difícil.

¿Es eso en el fondo lo que cuenta la serie? No creo que la cosa llegue a tanto, pero por lo menos en este primer capítulo sí he visto ese poquito de chicha en forma de teoría política, más allá de los estupendos efectos especiales, que también los hay.

domingo 8 de noviembre de 2009

Lo último de Woody Allen funciona

TV: Dios no juega a los dados con el universo.
Wody Allen: No, sólo juega al escondite.

Maridos y mujeres



Desde aquel mítico "¡Clautrofobia y un cadáver! ¡El colmo de un neurótico!" de Misterioso asesinato en Manhattan, no había vuelto a escuchar tan buenos chistes en una peli de Woody Allen. Pero con Si la cosa funciona, Allen nos regala dos más, y de los buenos. Y como en Maridos y mujeres, volvían a tratar de Dios. El primero, cuando el padre de Melodie se ha puesto a rezar arrodillado, frente a su hija y al protagonista, Boris. Entonces, la hija le dice a Boris: "¿se lo dices tú o yo?". Y dirigiéndose al padre, va y le suelta: "No, papá, mira, no hay nadie, no hay Dios, nadie te está escuchando". El segundo, cuando ese mismo padre está en el bar, hablando de las maravillas que Dios ha creado, las montañas, los mares, los ríos, los animales, y su compañero de barra le contesta. "Claro, Dios es gay, ¡es decorador!"

Después, la peli tal vez no esté a la altura de las grandes cintas de Allen, y también es verdad que hay mucho refrito y reciclado (el principio me ha recordado, y mucho, a Poderosa Afrodita), pero, como dice el título, si la cosa funciona, qué más da. Y la peli funciona, vaya que sí.

sábado 7 de noviembre de 2009

Indie, pero clásico



No creo que lo que convierta a 500 días juntos en una gran película sea la originalidad visual, los saltos atrás y adelante en el tiempo o las pantallas partidas. La valía de la peli está más en lo que tiene de clásico, por mucho revestimento indie que tenga (y que es además lo de menos). Durante la escena final del banco, en el momento de la despedida, las expresiones de los dos protas, su miradas, me han retrotraído a películas como The way we were y todas esas obras maestras que alguna vez trataron ese manido pero estupendo tema de "lo que pudo ser y no fue". 500 días juntos, siendo tan pequeñita y alternativa, acierta en la diana y toca el corazón en la misma medida en que lo hacían esas grandes películas, de grandes directores, en las que esos amores, bigger than life, arrasaban con todo.

La pena quizá sea que, a pesar del supuesto alternativismo de la cinta, se incluyera como epílogo ese guiño naïf a modo de concesión para el gran público. Pero con todo y con eso, la peli no deja de ser una joyita.

lunes 26 de octubre de 2009

El pasado, en movimiento

"Vivir en el engaño es fácil, y aún más, es nuestra condición natural, y por eso no debería dolernos tanto".

[...] Todos vivimos parcial, pero permanentemente engañados, o bien engañando, contando sólo parte, ocultando otra parte y nunca las mismas partes a las diferentes personas que nos rodean. Y sin embargo a eso no acabamos de acostumbrarnos, según parece. Y cuando descubrimos que algo no era como lo vivimos -un amor o una amistad, una situación política o una expectativa común y aún nacional- se nos aparece en la vida real ese dilema que tanto puede atormentarnos y que en gran medida es territorio de la ficción: ya no sabemos cómo fue verdaderamente lo que parecía seguro, ya no sabemos cómo vivimos lo que vivimos, si fue lo que creíamos mientras estábamos engañados o si debemos echar eso al saco sin fondo de lo imaginario y tratar de reconstruir nuestros pasos a la luz de la revelación actual y del desengaño. La más completa biografía no está hecha sino de fragmentos irregulares y descoloridos retazos, hasta la propia. Creemos poder contar nuestras vidas de manera más o menos razonada y cabal, y en cuanto empezamos nos damos cuenta de que están pobladas de zonas de sombra, de episodios inexplicados y quizá inexplicables, de opciones no tomadas, de oportunidades desaprovechadas, de elementos que ignoramos porque atañen a los otros, de los que aún es más arduo saberlo todo o saber un poco. El engaño y su descubrimiento nos hacen ver que también el pasado es inestable y movedizo, que ni siquiera lo que parece ya firme y a salvo en él es de una vez ni es para siempre, que lo que fue está también integrado por lo que no fue, y que lo que no fue aún puede ser.

Javier Marías:
extracto de su discurso Lo que sucede y no sucede.