jueves, 31 de diciembre de 2009

IN FICTIO VERITAS

Abrumado estoy con una de las mejores series que me he echado a la cara en los últimos años. Acabo de finiquitar la segunda y última temporada de Roma y casi agradezco, por miedo de mi propia enajenación mental, que la serie no tenga más capítulos. Obsesionado estoy con unos personajes que no se van de mi cabeza: Atia, Octavio y Octavia; Servilia y Bruto; Cleopatra y Antonio; y por supuesto Tito Pullo y Lucio Voreno. Todos reales y la vez seres de ficción, porque parece que la desviación de la realidad no es baladí (tengo la wikipedia que arde), pero es justo ese morbo de lo factible, de lo que pudo ser, lo que me ha enganchado.

Hace años Pepa me dijo que no le gustaba la novela histórica, porque no podía creerse que nadie fuera capaz de meterse en la piel de personas reales que vivieron hace cientos, miles de años. Y es verdad, la ficción histórica es siempre más ficción que historia, pero creo que es precisamente ese elemento histórico, a priori desdeñable, lo que te agarra y no te suelta al leer a Terenci Moix o al ver esta grandiosa Roma de la HBO, y lo que me ha faltado cuando he leído El señor de los anillos o ese Juego de tronos que ahora mismo sigo con ardor, pero que no es lo mismo.

O sea, que la ficción se hace más nutritiva con la Historia (con mayúsculas). Pero, ¿y la Historia?, ¿depende también ésta de la ficción?


En Roma, todo comienza como una disección minuciosa de la civilización que debió ser hace 2000 años, huyendo de esa imagen de cartón piedra que durante décadas nos ha dado Hollywood. La antigua Roma a pie de calle, tal y como debió ser. Y por eso los primeros capítulos, superado el horror de la sangre (o quizá precisamente por el morbo), me engancharon. La segunda temporada, sin embargo, se ha desviado bastante de lo puramente histórico. Y lo gracioso es que precisamente por eso ha sido aún mejor que la primera temporada. La fuerza de los personajes creados, más que de los puramente históricos, era lo que mandaba ahora. La ficción arrasaba con todo y le usurpaba el poder a la propia Historia. Qué más da cómo fuera Atia de verdad, una vez insuflada su vida en la pantalla (impactante Polly Walker). Qué más da de quién fuera realmente hijo Cesarión, si ese giro se convierte en una de las mayores genialidades de la serie. Los anales, los vestigios, y todo el conocimiento enciclopédico poco podían hacer ante el poderío de esos personajes y esas tramas, y bien lo sabían los guionistas.


¿Es el triunfo de la ficción, entonces? Tampoco es eso. Es precisamente el poderío de ese Octavio espeluznante; de esa Atia a la que primero odias y luego amas; de ese Marco Antonio con maneras de mafioso siciliano; y de esos anónimos Voreno y Pullo, lo que vuelve a dar fuerza y forma a la Historia, más viva que en ningún libro o museo.

Ficción e Historia. Historia y Ficción. Afortunadamente, no hay quién las separe. Y la propia serie parece sentar cátedra de este axioma con el propio título del capítulo número 20: Una ficción necesaria. Como declaración de principios de los guionistas, no está nada mal...

(Las imágenes son promos de la HBO. Para más información sobre estas promos que alzan a los distintos personajes de la serie a verdaderos iconos pop, lean este interesante post de Bytheway)

sábado, 26 de diciembre de 2009

Melania leyendo David Copperfield


La escena que más me gusta de Lo que el viento se llevó es en la que las muejeres bordan mientras Melania les lee David Copperfield. Fuera, la casa está rodeada de militares esperando prender a Ashley y a Frank Kennedy, maridos respectivos de Melania y Escarlata, que han organizado una partida para limpiar el bosque de la morralla yanki que ha atacado previamente a Escarlata. El salvador de la función será, al final, Rhett Butler. La secuencia es genial, y la habré visto mil veces. Pero según este blog, la cosa podría haber mejorado aun más si Selznick hubiera seguido los consejos de Hitchcock tras ver la bobina de rodaje que le mostró el productor antes de estrenar la película.

Me lo trago


Me trago el sentimentalismo barato (si es que es verdad que es barato). Me trago el ecologismo facilón de corte panteísta. Me trago el romanticismo entre los colorines de la selva. Me trago la historia, que ya me sabía entera, por los trailers, antes de ver la peli. Me trago esta Pocahontas futurista, y me emociono, y aplaudo como el que más porque la historia, por muchos tópicos que tenga, está contada de puta madre.
Dice un amigo que James Cameron sigue haciendo pelis para espectadores de 12 años. Tal vez Avatar, por mucho efecto especial que tenga, no sea especialmente original, pero hasta los adolescentes se merecen historias tan bien contadas como ésta.


viernes, 25 de diciembre de 2009

domingo, 20 de diciembre de 2009

Las absurdas (aburridas y pretenciosas) fantasías de un niño (mimado)


No tengo ningún problema con las películas absurdas. Tampoco tengo problemas con el cine infantil. Ni mucho menos si se trata de algo infantil y absurdo. Ahí está Spy kids, la boutade de Robert Rodríguez que disfruté como un tonto. (Y ahora que lo pienso, ¿acaso no es todo lo que hace Rodríguez una boutade?). Pero si hay algo que no soporto es la falsa pretenciosidad, y si encima está revestida de esa también falsa ingenuidad dadaísta o naíf o como se le quiera llamar (sea lo que sea son corrientes más que superadas), pues peor me lo pones.
Todo esto lo tiene Donde viven los monstruos, de Spike Jonze. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que la peli es aburrida hasta el delirio. No hay nada, absolutamente nada en esta peli sindonga que pretende ser un análisis de la vida desde la óptica de un niño, pero que al final no cuenta nada. Y a eso hay que sumarle el problema del niño protagonista, al que desde la primera escena quieres asesinar por malcriado. Un niño mimado que debe ser un alter ego del director, porque está claro que una peli como esta sólo la podía hacer un niñato con aires de grandeza metido a director de cine.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Cruel Roma / Raíces complicadas


Llevo sólo tres capítulos de Roma, pero ya veo que la serie es una pasada. Los títulos de crédito, por ejemplo, que juegan con los famosos graffiti de las calle romanas, son alucinantes. Y además he agradecido ese tono de realismo tan opuesto al del peplum clásico, como en esa Cleopatra crepuscular de Mankiewicz. Pero la serie me ha hecho darme cuenta de algo que ya pensaba hace tiempo y que suele ir en contra de la manida tesis de que toda nuestra forma de pensar y de sentir en Occidente tiene sus raíces en el mundo grecorromano.

Esa tesis valdrá para la literatura, para la arquitectura y el arte, para la alta filosofía y para todo tipo de pensamiento abstracto. Pero si ahora mismo nos soltaran a cualquiera de nosotros en la Roma del siglo I antes de Cristo, huiríamos horrorizados. El desprecio al individuo, a la vida humana, la ausencia total de un pensamiento solidario. Por mucho que queramos ver en ellos la raíz de nuestra forma de ser, la moral de los romanos nos parecería un despropósito horripilante. Y eso en la serie se ve muy bien. Resulta muy pero que muy difícil identificarse con la forma de pensar y de actuar no ya de Julio César, Marco Antonio o Pompeyo, sino también de los romanitos de a pie Tito Pullo y Lucio Voreno. Con éstos la reconciliación es más fácil, pero es siempre eso, reconciliación; nunca identificación directa.

Llevamos unos cuantos siglos denostando el cristianismo, pero si nos ponemos a pensar de verdad y somos justos, yo creo que en nuestro día a día somos más hijos del pensamiento cristiano que del mundo grecolatino. Dos mil años que no han sido en balde, que han tenido muchas luces y muchísimas sombras, y de los que el hombre se ha intentando desligar en mayor o menos medida desde el Renacimiento. Y a "dios" gracias, porque si no, seguiríamos sumidos en un oscurantismo infernal. Pero pensar que en estos cinco siglos nos hemos conseguido desligar del todo sería pecar de inocentes. Y después de ver a los romanos de la serie de HBO pienso que casi mejor. Ateos, agnósticos y hasta los más recalcitrantes practicantes, todos somos hijos de una forma de pensar y de construir el mundo a nuestro alrededor que ha dado lugar al humanismo, al sentimiento solidario y a los derechos humanos. Hans Küng dice en Ser cristiano que el cristianismo ha perdido razón de ser frente a los humanismos "seculares". Es verdad, hoy la solidaridad y el respeto a los derechos humanos no son, afortunadamente, exclusivos de los seguidores de Cristo. Pero sí está claro que los humanismos seculares son hijos de ese pensamiento judeocristiano, aunque muchos nacieran para desligarse de él y hasta enfrentársele.

Y diréis: ¿qué derechos humanos, si al final nadie los respeta? Y diréis: menuda hipocresía, la del Occidente actual; los romanos por lo menos no se traían a engaño. Y tal vez sea verdad, pero yo sólo hablo de unos parámetros de actuación que están ahí, y en los que el hombre actual se refugia en su día a día. Unos parámetros que en la serie Roma, repleta de ultrajes, violaciones y crueles sangrías, sencillamente no hay. Y al ver todo eso yo, como milenario hijo del cristianismo, puedo sentirme descolocado y hasta excitado por el morbo, pero en el fondo pienso: si estuviera ahí, no sabría dónde meterme ni a qué aferrarme.

martes, 15 de diciembre de 2009

Cartón piedra deluxe

 
La Cleopatra de Mankiewicz adolece de una falta de ritmo demoledora. Por lo visto el director pretendía originalmente que durara 6 horas. Yo he visto la versión de 239 minutos (vamos, 4 horas) y ya se hacía bastante pesada. Hay imágenes apabullantes, como la de la llegada de Cleopatra a Roma, pero filmadas sin ninguna chicha y con encuadres demasiado clásicos. Las actuaciones de los intérpretes me parecen a mí demasiado impostadas, muy de folletín shakespeariano. Es lo que estaba de moda en la época, vale, pero si en Los diez mandamientos la impostación resultaba hasta atractiva, aquí me ha rechinado.


Al final, ni el lujo de cartón piedra, ni la espectacular Elizabeth Taylor, ni un sentido Richard Burton salvan la peli. Mención aparte la de Rex Harrison, que como Julio César está bastante ridículo. ¡Que alguien me explique por qué sale siempre con mangas largas! Queda horroroso, como si no se hubiese quitado el pijama para vestirse de romano. Millones y millones gastados en la recreación de una época para que después salga Julio César con la franela bajo la armadura.


domingo, 13 de diciembre de 2009

Google o el libro de autoayuda posmoderno

Desde que empecé a escribir este blog, mis seguidores han sido escasos. Pero últimamente han aumentado. En la columna lateral, a través del programa llamado Live Traffic Feed, se pueden ver las entradas más populares, y hay una que gana por goleada. La titulé "¡Quiero ser un vampiro!" de manera cómica y a la ligera. Y ese aparentemente inocente título es el que la ha hecho tan popular. Por lo visto, las búsquedas en Google llevan directamente a esa entrada porque los ususarios escriben precisamente eso, que quieren ser vampiros, y ¡zas!, directamente a mi blog. ¡Pobres¡ Esperan hallar la fórmula para convertirse en inmortales y se encuentran con los absurdos recuerdos literarios de un adolescente trasnochado.
Hace tiempo una amiga me contó que hizo un experimento con su blog. Tituló una de sus entradas "Cosas que hacer en los ratos libres de la vida". La entrada es, desde entonces, la más popular. La gente está fatal, me contaba. Usa Internet para encontrarle sentido a la vida, y teclean en Google cosas como "qué hacer en los ratos libres" o "cómo dejar a mi novia" o incluso "quiero ser un vampiro". Pues sí, le decía yo riendo, la peña está muy pero que muy mal.
Y ahora, para colmo, en esa misma entrada vampírica, tengo a este comentarista que nos revela su verdadera identidad vampírica y que hasta deja su mail para responder posibles dudas. Así nos lo cuenta:
yo soy un vampiro... no coincido con las peliculas, novelas,etc que deterioran mi imagen....me crean o no no es mi problema.. mi mail... ginoperille14@hotmail.com...para aclarar sus dudas....y sus falsas creencias
La peña, efectivamente, está fatal.

Suri flamenca / El ser sevillano


Veo en Telecinco la noticia de que Tom y Katie, en su paso por Sevilla, han decidido comprarle a la niña un traje de gitana, ponérselo y pasearla con él puesto por toda la ciudad. Hasta ahí, todo bien. La niña, sea hija de quien sea (o tal vez precisamente por eso), es preciosa. El vestido también. Pero luego vienen las declaraciones de los sevillanos. Una dice, textualmente, que le parece "ridículo, porque un traje de flamenca o se lleva bien puesto o no se lleva". Otra dice: "¡El traje de flamenca, pa la Feria!". En resumen, que lo que ha hecho el loco de Tom Cruise con su hija (a pesar de las buenas intenciones, y de la publicidad, y de las reportaciones económicas que puede conllevar para la industria textil flamenca) es un insulto para la identidad y el ser sevillano. Las declaraciones pueden haber estado escogidas tendenciosamente, pero lo que oigo es algo que me suena mucho a la ciudad donde me crié, y en ellas hay incluso ecos de lo que yo también pude haber dicho alguna vez. Ni yo escapé del todo de ese ser sevillano.
Pienso en el mismo caso, pero en Madrid. Suri vestida de chulapa en plena capital a las puertas de la Navidad. ¿Cómo hubieran reaccionado los madrileños? Yo estoy seguro de que la cosa habría sido muy diferente. Porque madrileños madrileños, como esos sevillanos que defienden sus tradiciones, hay afortunadamente pocos. Gracias a Dios, en este totum revolutum de colores y nacionalidades en medio de la árida meseta, hay poca tradición que defender. Eso, señores, es un respiro.

(Y mientras, en los comentarios de la noticia en la web de telecinco, más identidades que se ven atacadas, y la correspondiente polémica. Y sólo porque el pobre redactor de turno ha escrito que el atuendo es "muy español". Que si no es español, sino andaluz, que si yo soy vasca y a mí ese traje no me representa. Que si los vascos son catetos. Que si los catalanes son cerrados y no hablan español. Que si en Euskadi somos muchos los que nos sentimos españoles. Y bla bla bla... ¿No será que lo malo no es ser de un sitio, sino sentirse de un sitio sólo porque el azar ha hecho que nazcas y te críes allí?)

jueves, 10 de diciembre de 2009

Amor / Tiempo / Muerte / Cleopatra


Ya terminé No digas que fue un sueño. Qué rimbombante es Terenci, pero cuánta verdad hay en el entramado de la novela. En ese Tiempo y en esa Muerte que arrasan con todo, y en esa esperanza que sólo el Amor concede.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Orgullo local

La palabra orgullo me produce gran desconfianza. Vivimos en los tiempos del orgullo. Local, sexual, nacional, racial, ideológico. Hay gente tan proclive a sentir orgullo que siente hasta el más tontorrón de todos ellos, el orgullo familiar, y repite su apellido como si fuera el del pueblo elegido. No sé cómo una palabra que encierra en sí misma una connotación clarísima de exclusión ha podido hacerse tan popular en los discursos públicos. Miro el diccionario y me sorprende que su definición aún no haya sido contaminada por el uso actual. "Orgullo: arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas". Entiendo que en ocasiones el orgullo ha podido ser un arma contra la discriminación, pero no hay nada más empobrecedor que columpiarse de por vida en él.

Hay un orgullo que practicamos en España de manera peculiarísima: el local. No digo que el orgullo de pertenencia a una tierra sea algo típicamente español, al contrario, está presente hasta en los lugares más horrendos; lo que convierte nuestro orgullo en algo original es que no tiene ninguna consecuencia práctica. La gente ama a su pueblo de manera casi amenazante, y los políticos españoles, conscientes de ese amor arrebatado, hacen de este sentimiento su doctrina. El enigma es que dicha pasión haya sido absolutamente compatible con el destrozo del paisaje rural y urbano. Y no lo considero una responsabilidad exclusivamente política; paseando por Roma o Nápoles se aprecia que, a pesar de Berlusconi, el orgullo local ha servido para conservar los pequeños negocios, lo artesano, la belleza histórica. Al menos el orgullo les ha sido de alguna utilidad.

Y difiero de la Iglesia católica en su vieja creencia en la superioridad del ser humano. ¿Hay alguna razón por la que sentirse orgulloso de no ser un perro?

Elvira Lindo. El País, 9-12-2009

lunes, 7 de diciembre de 2009

Cine (no sociología)



Celda 211 no es la mejor película del año. Tampoco es una obra maestra. Pero se merece todo el éxito que está teniendo, porque es una cinta honesta, que aspira a atrapar al espectador y que lo consigue con creces, sin falsas trascendencias. Todo funciona en el guión y en la puesta en escena, hasta el punto que los supuestamente inverosímiles giros de la trama pasan bien, porque los actores y el director creen en la historia y ponen toda la carne en el asador.
Que no es sociología, coño, que es cine. Y Daniel Monzón lo sabe. Qué raro esto, en el cine español.

Lope absurdo y divertido

Ya sabéis que tengo a Lope y a Calderón por autores denostados. No me suele gustar el teatro clásico español, por todo lo que tiene de facha y nacionalista. En los últimos años he visto los sucesivos montajes del Compañía Nacional de Teatro Clásico (Del rey abajo, ninguno, Las manos blancas no ofenden, Las bizarrías de Belisa, La estrella de Sevilla, etc.) y a pesar de la esquisitez de la puesta en escena y de la declamación de los actores, que es excelente, las historias me han rechinado siempre. Tanto en los dramas de honor como en las comedias de capa y espada, el absurdo triunfo del honor, por encima de tramas y personajes, me sacaba siempre de la historia y me hacía salir del teatro de mala leche.

En la última que he visto, ¿De cuándo acá nos vino?, de Lope, no me ha pasado lo mismo. Aunque el honor termine triunfando, en esta comedia la honra no llega a imponerse sobre las idas y venidas de un texto que raya en lo políticamente incorrecto, con unos protagonistas sin vergüenza alguna que aun así se salen con la suya; una madre que no duda en traicionar a su hija por un calentón, la sospecha del incesto que sobrevuela sobre los personajes sin que ninguno se preocupe verdaderamente, etc. Todo absurdo, muy absurdo. Pero también divertido. Nunca en Lope o Calderón me había encontrado con un planteamiento tan amoral, ni con una obra en la que al final no se trate de aprender la lección y pagar con honor el honor mancillado.
Y eso aunque el final de ¿De cuándo acá nos vino? también incluya arreglos maritales de última hora. Pero de los dos casamientos, sólo uno es absurdo, y rechina poco, pues el absurdo en esta obra está desde el principio. Algo que, tratándose de Lope, se le agradece, por original.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Después del amor, la clarividencia


–Todo cuanto concierne al amor es nuevo y viejo al mismo tiempo, mi buen Sosígenes. Siempre aprendemos del amor, porque el amor no se presenta nunca bajo el mismo rostro. Sus enseñanzas son inagotables. Yo creía que las dominaba cuando era amada por Antonio. ¡Qué gran error el mío! No empecé a conocer el verdadero sentido del amor hasta que Antonio me abandonó. Y resulta extremadamente curioso que lo conociese gracias al dolor, no a los goces.

Cleopatra, en No digas que fue un sueño 
(Terenci Moix)

martes, 1 de diciembre de 2009

Diptongos, triptongos, hiatos y otras mentiras

Cada curso, cuando en la clase de lengua llega el momento de separar las palabras en sílabas, me siento un timador en toda regla. Las normas del español dictan lo siguiente, a saber:
1) Que a, e y o son vocales abiertas; i y u son cerradas.
2) Que un diptongo son dos vocales juntas en la misma sílaba.
3) Que un hiato son dos vocales juntas pero en dos sílabas diferentes.
4) Que dos vocales cerradas, en ausencia de tilde, forman siempre diptongo: cuidado, ciudad.
5) Que dos vocales abiertas, con o sin tilde, forman siempre hiato: almohada, caer.
6) Que una vocal cerrada y otra abierta (o viceversa), en ausencia de tilde, forman diptongo: hacia, hielo.
7) Que en el caso de 6, si hay una tilde sobre la vocal cerrada, el diptongo se rompe y se forma un hiato: María, río. Y si la tilde está sobre la vocal abierta, se conserva el diptongo: acción, coméis.

Todas estas reglas están muy bien, pero en la práctica real del habla escapan de toda lógica. Y eso lo ve cualquier alumno especialmente avispado. Y cuando toca separar en sílabas palabras como vídeo, destruido, truhán, línea, rieron, gratuito, cruel, huida, jesuita, teméis y un sinfín más, comienzan los problemas. Así, las reglas dicen que vídeo tiene tres sílabas, pero en realidad (o al menos en España), pronunciamos ví-deo. Igual con des-tru-i-do, tru-hán, lí-nea, ri-e-ron, gra-tu-i-to, cru-el, hu-i-da, je-su-i-ta y te-mé-is. Incluso con la misma palabra hiato, que supuestamente contiene un diptongo, pero que pronunciamos en tres golpes de voz (hi-a-to), por lo que al final se convierte en eso mismo, un hiato.
Y claro, después de tirarte días y días dando golpes en la pizarra o en la mesa por cada sílaba que pronuncias; después de meses enseñando a los chavales a identificar los golpes de voz en cada palabra, resulta que no sirve para nada, porque al final lo que tienen que hacer es destruir (des-tru-ir, jeje) toda la supuesta lógica interna del español y estudiarse de memorieta las dichosas reglas.
Tanto golpe en la pizarra y tanto grito para nada.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Mi poema favorito
(¡y eso que a mí me encanta Nueva York!)


New York (Oficina y denuncia)
Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna;
un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría,
lo sé.  Pero yo no he venido a ver el cielo.
He venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, cantando, volando en su pureza
como los niños en las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles
en la patita de ese gato quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
No, no; yo denuncio,
yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Federico García Lorca, Poeta en Nueva York

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Una nueva era / ¡Ya basta de mirarse al ombligo!


El otro día alguien me lo volvió a soltar. Estábamos hablando de acentos, del español en el mundo, y yo parloteaba efusivamente, como siempre que se plantea el tema. Y entonces me lo soltó. "Es que hay que hablar con corrección", me dijo, "es algo a lo que todos deberíamos aspirar". Fue una frase a modo de apostilla con la que mi interlocutor zanjó la conversación. Y lo odié. Estoy tan harto de escuchar una y otra vez esa chorrada que me callé, porque ya no puedo más. Qué jartura de ignorantes: los que piensan que sólo se habla bien en Valladolid; los que dicen que el mejor español es el de España, los que te levantan las ceja cuando aspiras una ese o cuando pronuncias farda en vez de falda. Y los que te dicen incluso que "claro que tú seseas", porque además de ignorantes son sordos y no saben ni de lo que están hablando. Que yo senisero no lo he dicho en mi vida, y eso que no me importaría en absoluto (es más, hasta me gustaría, coño, que así es como está mandado decirlo entre el 90% de los que hablan español es este nuestro pequeño pero absurdo mundo).
Pero hay esperanzas. La Nueva Gramática de la Lengua Española se publica en pocos días y en el folleto de adelanto se vislumbra ya la luz. Las academias de América le pegaron en su momento el debido tirón de orejas a la RAE, porque ya está bien de mirarse al ombligo desde esta alejada y absurda meseta castellana, a ver si nos damos cuenta de que el epicentro del español no está ni en Valladolid, ni en Burgos, ni siquiera en Madrid, sino en el Perú de Vargas Llosa y en la Colombia de García Márquez, e incluso en Miami y en Los Ángeles y hasta en Nueva York.
Y la nueva era por fin empieza a tomar forma. A saber, que "la Nueva gramática pone con claridad de manifiesto que la norma
de corrección
no la proporciona un solo país, sino que tiene carácter policéntrico". Una gramática que además se propone "describir las variantes fónicas, morfológicas y sintácticas que una determinada comunidad puede considerar propias de la lengua culta" (algo impensable hace unos años), "registrar variantes conversacionales" y compatibilizar las "variantes dialectales y las normas locales con la descripción de la lengua culta común del español general".
¡Menos mal! Ahora bien, esto de "la lengua culta común del español general" me sigue dando un poco de miedito. ¿Se seguirán refiriendo a ese procazmente llamado español estándar que sólo habla mi abuela la de Burgos? Parece que la RAE se sigue resistiendo a posicionarse de una vez por todas. Porque lo que es para mí, más español estándar que el de las telenovelas colombianas y venezolanas, no hay ninguno. Vean Pasión de Gavilanes. Vean Doña Bárbara. Porque ése es, les guste o no, el español que está más vivo, la norma que mejor aglutina todas las variantes y el estándar que arrasa con todo y que deja en bragas a la manera de hablar de mi abuela la de Valladolid. ¿O dije que era de Burgos? Qué más da...

lunes, 23 de noviembre de 2009

Un poquito de esperanza, por favor /
La permisividad en el cine indie


Es gracioso cómo se excusan los tópicos y los clichés cuando se trata de una peli independiente. Porque el cine indie los tiene, y quizá incluso más que el comercial. Los clichés son otros, pero ahí están. Y el intenso espectador alternativo, que desdeña las americanadas por típicas y previsibles, sin embargo se corre de gusto con películas como aquella Juno horrenda a más no poder.
Todo esto a propósito de la incursión en el cine indie de Sam Mendes, con Un lugar donde quedarse. Y no digo que la peli sea como esa Juno que me provocó arcadas. Un lugar donde quedarse es bien bonita, y la he difrutado mucho, porque ha sido como un remanso de paz. Pero no deja de ser una cinta menor, que no llega a emocionar como ese Revolucionary Road que no sólo se presentaba como gran cine, sino que además lo era. Y fíjate tú que yo soy más de pelis como esta Away We Go (ése es el título original), frente al cinismo de los otros trabajos de Mendes. Y por eso desde que supe que Mendes había filmado una peli como esta (sencilla, y que termina bien) pasé a respetarlo aún más, no ya tanto como director sino como persona. Que ya está bien de cinismo en el cine y en la literatura. Que ya está bien de ese axioma según el cual sólo son pelis o novelas buenas aquellas que hablan de los más oscuros y despreciables sentimientos humanos.
Y por eso al final me ha gustado la peli. Por esos dos protagonistas a los que cualquiera querría tener como amigos. Por ese retrato de la pareja perfecta y del verdadero amor sin necesidad de sospechas ulteriores. Por esos viajecitos que se marcan a lo largo y ancho de los estates (Arizona, Wisconsin, Miami, y hastá Canadá, qué envidia). Pero eso no quiere decir que la peli sea perfecta ni esté a la altura de otras de Mendes. Y tal vez sea porque, más allá de lo que ya he mencionado, Mendes se ha dejado llevar demasiado en el tono indie, hasta llegar a acumular peligrosamente los tópicos propios de lo que ya es un género en sí. Desde la elección de Allison Janney (cuya presencia no puede faltar en toda peli independiente), hasta la caracterización caricaturesca de todos los secundarios. Desde la música (todo baladas y medios tiempos del rock de los 60 y 70), hasta algunos diálogos supuestamente íntimos y emocionales, pero que a mí me han sonado más a literatura de autoayuda.
Eso sí, me quedo con un momento en el que ella le dice a él que tiene miedo de estar como están tan enamorados el uno del otro, rodeados como están de tanta gente de vuelta de todo. Un miedo que, con los tiempos que corren, y habiendo lo que hay, comprendo perfectamente.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Venecia, en el desierto


Llegamos a Las Vegas de noche. Tarde, muy tarde. Y el primer hotel fue The Venetian. Ya había estado unos años antes en la verdadera Venecia, y la impresión, en ese duermevela, fue la de haber vuelto. Las Vegas es un parque temático hortera, que me saturó al día siguiente y que pierde el encanto a la luz del día, con los hoteles rodeados de solares y grúas y ese sol de Nevada que ilumina cada una de las imperfecciones de la ciudad más recargada y a la vez más desangelada del mundo.
Pero de noche el hechizo funcionaba. O por lo menos así me sucedió con esta Venecia en la que no faltaba ni el Gran Canal, ni la plaza de San Marcos, ni el Campanile, ni el puente de Rialto. Era impresionante. Están locos estos americanos, pensaba, con una sonrisa tonta y los ojos iluminados.
Hoy me he encontrado en la Sexta con un reportaje sobre su construcción. Lo que a los italianos costó siglos, los americanos lo hicieron en dos años. Están locos estos americanos.
 

Luna nueva es Taylor Lautner


Lo demás es más de lo mismo. Eso sí, mejor escrita, con mejor factura y (algo) mejor actuada. Porque todo en la primera peli era fácil de mejorar. Pero la verdadera mejoría está en este personaje, y en el único actor de la función que, con apenas 17 años, está a la altura (física y emocional, je je).

domingo, 15 de noviembre de 2009

Nadar hasta el fondo del mar

Si hay un disco que lo cambió todo en la carrera de Madonna, ése fue Ray of Light (1998). Quizá su mejor trabajo hasta hoy, quizá porque es el disco donde es menos ella sin dejar de ser cien por cien Madonna. De las trece canciones del disco, diez son magistrales. Sólo sobran Candy Perfume Girl, Shanti Ashtangi y Mer Girl, e incluso éstas tienen su punto en el contexto del disco. Las otras diez canciones, todas magistrales. Y encima te hacen creer que la tipa incluso canta bien. 
Ray of light es un disco-rito porque todas las canciones funcionan como parte de una ceremonia religiosa: el ritual de tránsito para la Madonna de aquellos años. Y la cantante tira de imágenes y metáforas no sólo de las religiones orientales, sino también del cristianismo, y lo hace sin complejos. Profetas, bautismos, llegadas mesiánicas, arrepentimientos, iluminación y el amor universal, todo en un totum revolutum regado con new age (no olvidemos que estamos al borde del fin del milenio). Y lo fuerte es que el revoltijo no sólo funciona, sino que llega a emocionar de verdad. 
Yo me quedo con Swim, una canción sobre el karma y sobre el poder del agua para limpiarnos de nosotros mismos y convertirnos en una nueva persona. 
Ahora, más que nunca.



We can't carry these sins on our back
Don't wanna carry any more
We're gonna carry this train off the track
We're gonna swim to the ocean floor

Mmmmm
Crash to the other shore
Mmmmm
Swim to the ocean floor

Let the water wash over you
Wash it all over you
Swim to the ocean floor

So that we can begin again
Wash away all our sins
Crash to the other shore

sábado, 14 de noviembre de 2009

Sevilla (diez años después)

Nada más bajar del AVE, una nueva luz. Y una búsqueda. Un paseo por las calles, sin rumbo fijo. Los viejos edificios, la antigua facultad. Los nuevos edificios, el Sato del que ahora habla todo el mundo. Los bares, las terrazas y el gordo de Cruzcampo. Los mismos abrigos de Madrid, pero sin abrochar. Los mismos pañuelos alrededor del cuello, sin apretar. Aquí son sólo de adorno.

Un familiar que hacía años que no veía. El mismo café, las mismas rosquillas de su infancia. Después, en el autobús, el festival de acentos que suena a música en sus oídos. Qué guapo er movi, quillo. Mira er nota, lo que dise. Nunca hubiera pensado, años atrás, que disfrutaría tanto recreándose en esa habla que es la suya propia. Pero años de metro y de idas y venidas por la Gran Vía le habían acostumbrado a otra música, a otros ritmos.

La noche de Sevilla. Otra Alameda, pero la misma también. Viejos amigos y conocidos que no había visto en años. Un taxi compartido, de vuelta a casa. Números de teléfonos que se perdieron y que volvió a apuntar. Puestas al día.

-¿Y el corazón, qué tal?
-Roto -respondió él, riendo.
-Ay, qué gracioso eres.
-Bueno, pero ya no tenemos 17, ni siquiera 22 o 23 años, ¿verdad? Esto son los treinta, para lo bueno y para lo malo. Los dramas quedaron atrás. Uno lo lleva por dentro, lo mejor que puede, y sigue adelante, ¿no?


miércoles, 11 de noviembre de 2009

Glorious!

En los tres o cuatro últimos años he ido al teatro con bastante asiduidad, y me he encontrado de todo. Desde tostones infumables a obras que me han emocionado más de lo que yo nunca creí que sería posible en el teatro. Soy hijo de una generación que se emociona más con el cine, no lo puedo evitar. Por eso con el teatro me suele costar. La cosa es que los montajes que más me han emocionado no eran, irónicamente, las de los textos actuales, sino las de los clásicos. Especialmente me ha pasado con Shakespeare, y con algún clásico español (aunque menos). Qué gracia, que como hijo del cine y de las nuevas tecnologías haya sido más capaz de implicarme con Hamlet o con el Tenorio que con las obras más innovadoras. Pero claro, es que hay una razón. Esos clásicos son obras que están bien escritas, mientras que entre los textos actuales hay mucha morralla, que además para colmo suele ser autocomplaciente. Shakespeare, por ejemplo, de autocomplaciente no tiene nada. La historia, el ritmo, los personajes, eso es lo que importa. Y si hay mensaje, si hay filosofía, también. Pero todo eso, sin historia, se convierte en una paja mental.

Y de ahí llegamos a Glorious, la peor cantante del mundo, dirigida por Yllana. Y lanzo un aviso para navegantes: en ella participa mi hermana. Es además un texto actual, de Peter Quilter. Pero me encantó. Cuando la fui a ver, al preestreno en Torrejón de Ardoz, hace unas semanas, me dije: qué bien que sea tan buena obra, porque por muchas veces que la vaya a ver (familia obliga) no me voy a aburrir. Voy a disfrutar, voy a reír, voy a llorar, como con las buenas pelis, ésas que me he tragado tantas veces. Diréis: claro, porque está su hermana. Pues no, mi hermana es sólo una secundaria en el montaje, que por otro lado se luce interpretando tres papeles a la vez muy distintos entre sí. Pero eso no haría que yo disfrutara la obra si fuera aburrida. Me la tragaría las mismas veces, vale, y disfrutaría viendo a mi hermana en escena, pero no con la obra.
No es ése el caso. Este Glorious es una gozada. Una obra sin trascendencias, pero divertidísima y emocionante a partes iguales. ¿Y por qué? Pues porque es una obra bien escrita. Se nota que el texto es de un anglosajón, a los que tan bien se les da escribir obras con ritmo, y sin complejos a la hora de apropiarse de modos cinematográficos para enriquecer el texto. Sin ir más lejos, la obra es un biopic, con ecos hollywoodienses, de Florence Foster Jenkins, una cantante real, que existió y que dio mucho que hablar en el Nueva York de los años 40. Una especie de Don Quijote asesina de las notas que gracias a sus estridencias llegó a llenar el mismísimo Carnegie Hall. Para muchos, fue quizá la primera artista que, cantando mal, llegó a arrasar y a provocar furor. Hoy en día estamos acostumbrados a eso, claro, y nadie se extraña de que los artistas más absurdos y los cantantes menos ortodoxos arrasen. Pero Florence fue la primera, y esta obra es un homenaje a ella y a esa sociedad de los años 40 en la que recién se estrenaba la cultura de masas y sus más diletantes fenómenos.
A lo que iba. La obra está bien escrita. Destila cine y music hall (y también bourbon) por los cuatro costados. Tiene ritmo,y eso que sólo consta de cuatro o cinco escenas. Los diálogos son unos ratos desternillantes y otros de una ironía contenida, mezclando lo sutil y lo tosco con gracia y sin complejos. Y al final parece que en vez de en el teatro, estás en el cine viendo un musical de la época.
A esto, claro, se le suma en el montaje español la elección de los actores. Una Llum Barrera entrañable y en estado de gracia, que insufla vida a su personaje y que es capaz de ir más allá del texto (saliéndose de él incluso), sin perder cada uno de los pies y de las frases que dan ritmo a la obra. Eso, claro, son las tablas. Como partenaire tiene a Ángel Ruiz, haciendo de pianista y de conductor de la historia (en cine sería la voz en off). Un papel que se le ajusta como un traje hecho a medida. Los dos actores, creo yo, deben tener una manera muy distinta de trabajar, ella más instintiva, él más metódico, pero juntos, en escena, destilan una química y una energía impresionantes. Porque así son también sus respectivos personajes: la ingenuidad frente al cinismo. Y en tercer lugar, mi hermana, Alejandra Jiménez-Cascón, a la que ya saben que adoro y sobre la que no me voy a explayar para que no digan que esta crítica no es imparcial.
En definitiva, que estaría bien que en el teatro se dejaran caer más obras como éstas, bien escritas, bien actuadas, que dejen buen sabor de boca y hasta alguna lagrimilla furtiva. Y sin esa horrible pátina de falsa trascendencia que tanto hay en los textos actuales.
Ahora está en Málaga. Luego Valladolid. Y la gira por España continúa. Si pueden, vayan a verla. Y cuando llegue a Madrid, ya les aviso. De momento, os dejo con la música "enlatada" de Florence Foster Jenkins, porque la japuta cantaba mal como ella sola, pero no por eso se quedó con las ganas de grabar sus discos.
La reina de la noche, de Mozart, en versión Florence:


Yo, como Terenci, junto a Nefertiti

martes, 10 de noviembre de 2009

La hondura (emocional y literaria) de Terenci

Haría ya unos doce o trece años que mi tía Gemma me regaló El amargo don de la belleza. Y aunque desde el momento en que rasgué el papel que lo envolvía sentí que había acertado, aparqué el libro en la estantería y pospuse su lectura sine die. Desde entonces lo miraba de vez en cuando, a ver si lo leo, a ver si lo leo. Y hasta ahora.

Yo pensaba que Terenci Moix era un autor que me gustaría, pero más por petardo que por su hondura literaria. Prejuicios que tiene uno. Y cuando por fin me ha dado por coger el libro, me he encontrado con una de las mejores novelas que me he leído en mucho tiempo, con una hondura emocional impresionante. El tema de la novela es el tempvs fugit. Un tópico clásico y además manido, diréis. Y es verdad, pero Terenci lo trata de una perspectiva tan moderna (por mucho que se trate de una novela histórica, por mucho que el lenguaje esté forzadamente arcaizado) que incluso abruma.

Terenci no necesita convertir la historia en un culebrón lleno de giros en la trama y sucesos inesperados. No digo que hacer eso esté mal, sino que muchas veces sirve para ponérselo fácil al lector. Pero Terenci no se lo pone fácil ni a sí mismo como autor. El amargo don de la belleza no es una novela de emociones a corto plazo, ni contiene grandes giros ni sorpresas. Y sin embargo, el abrumador paso del tiempo y el vértigo ante esa sensación de que la vida se nos escapa de las manos rezuma en cada palabra del libro. La historia está contada sin prisa pero sin pausa, y te mete de lleno en el esplendor y en la posterior decadencia de una etapa en la historia de Egipto condenada al olvido de antemano. Como el mismo protagonista dice al final, "los amaneceres más bellos ya nacen predestinados al ocaso". La pátina de melancolía inunda toda la narración, salpicada de personajes que hablan de un modo rimbombante y que sin embargo están llenos de humanidad, desde la reina Nefertiti, talibana del monoteísmo, hasta el propio hijo del protagonista, Bercos, del que hasta el propio autor se ríe por su manera de hablar hueca y altanera.

***

Por cierto, que del libro me han gustado dos momentos que bien podríamos aplicarnos profesores y estudiantes en las aulas de hoy en día. El primero es una sentencia supuestamente egipcia, que no podía estar más vigente:

No desprecies la risa de los jóvenes
porque tú lo fuiste alguna vez
aunque el tiempo te impida recordarlo.

El segundo es una máxima de los escribas que Senet recupera de la biblioteca del templo:

"Sé un artesano de la palabra para que puedas prevalecer, porque el poder del hombre está en la lengua y el poder de la palabra es más fuerte que el de cualquier combate. Copia a tus padres, a aquellos que se fueron antes que tú. ¡Mira! Sus palabras perduran en la escritura. Abre el libro y lee; copia el saber. Así, el artesano podrá llegar a ser un hombre sabio..."

lunes, 9 de noviembre de 2009

Los nuevos visitantes y el individualismo americano



El primer capítulo de la nueva V no ha estado nada mal. Los guionistas le han sabido dar la vuelta al punto de partida de la serie original, porque el efecto sorpresa en el que se basó aquélla (vamos, que son lagartos), desaparece por completo en el remake. ¿Qué hacer entonces? Pues replantear el punto de partida. Y así han hecho.

La idea de que los vistantes están entre nosotros ya desde hace años funciona, aunque culparlos de las guerras y de la crisis económica para que en el momento de la revelación aparezcan como salvadores suena un poco ridículo. Lo que sí está bien es el momento en el que Anna, la comandante en jefe de los visitantes, propone un sistema de salud pública universal, provocando la desconfianza en el periodista (y en el espectador) que tiene enfrente. Qué gracia, es la misma desconfianza que el americano medio tiene hacia la reforma sanitaria de Obama, algo que los europeos no entendemos, pero que Elvira Lindo explicó muy bien en este artículo. Los americanos serán todo lo que queramos, pero parece que ese individualismo feroz y esa manía de salir adelante por uno mismo sin la ayuda de los demás tienen también sus cosas buenas. Lo de la seguridad social se les resiste, vale, pero tampoco serían los más proclives a dejarse avasallar o someter fácilmente, ni por un sistema fascista o comunista como los que hemos tenido en Europa, ni por unos visitantes con piel de lagarto deseosos de reclutar esclavos entre la especie humana. Con los americanos lo tendrían más que difícil.

¿Es eso en el fondo lo que cuenta la serie? No creo que la cosa llegue a tanto, pero por lo menos en este primer capítulo sí he visto ese poquito de chicha en forma de teoría política, más allá de los estupendos efectos especiales, que también los hay.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Lo último de Woody Allen funciona

TV: Dios no juega a los dados con el universo.
Wody Allen: No, sólo juega al escondite.

Maridos y mujeres



Desde aquel mítico "¡Clautrofobia y un cadáver! ¡El colmo de un neurótico!" de Misterioso asesinato en Manhattan, no había vuelto a escuchar tan buenos chistes en una peli de Woody Allen. Pero con Si la cosa funciona, Allen nos regala dos más, y de los buenos. Y como en Maridos y mujeres, volvían a tratar de Dios. El primero, cuando el padre de Melodie se ha puesto a rezar arrodillado, frente a su hija y al protagonista, Boris. Entonces, la hija le dice a Boris: "¿se lo dices tú o yo?". Y dirigiéndose al padre, va y le suelta: "No, papá, mira, no hay nadie, no hay Dios, nadie te está escuchando". El segundo, cuando ese mismo padre está en el bar, hablando de las maravillas que Dios ha creado, las montañas, los mares, los ríos, los animales, y su compañero de barra le contesta. "Claro, Dios es gay, ¡es decorador!"

Después, la peli tal vez no esté a la altura de las grandes cintas de Allen, y también es verdad que hay mucho refrito y reciclado (el principio me ha recordado, y mucho, a Poderosa Afrodita), pero, como dice el título, si la cosa funciona, qué más da. Y la peli funciona, vaya que sí.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Indie, pero clásico



No creo que lo que convierta a 500 días juntos en una gran película sea la originalidad visual, los saltos atrás y adelante en el tiempo o las pantallas partidas. La valía de la peli está más en lo que tiene de clásico, por mucho revestimento indie que tenga (y que es además lo de menos). Durante la escena final del banco, en el momento de la despedida, las expresiones de los dos protas, su miradas, me han retrotraído a películas como The way we were y todas esas obras maestras que alguna vez trataron ese manido pero estupendo tema de "lo que pudo ser y no fue". 500 días juntos, siendo tan pequeñita y alternativa, acierta en la diana y toca el corazón en la misma medida en que lo hacían esas grandes películas, de grandes directores, en las que esos amores, bigger than life, arrasaban con todo.

La pena quizá sea que, a pesar del supuesto alternativismo de la cinta, se incluyera como epílogo ese guiño naïf a modo de concesión para el gran público. Pero con todo y con eso, la peli no deja de ser una joyita.

lunes, 26 de octubre de 2009

El pasado, en movimiento

"Vivir en el engaño es fácil, y aún más, es nuestra condición natural, y por eso no debería dolernos tanto".

[...] Todos vivimos parcial, pero permanentemente engañados, o bien engañando, contando sólo parte, ocultando otra parte y nunca las mismas partes a las diferentes personas que nos rodean. Y sin embargo a eso no acabamos de acostumbrarnos, según parece. Y cuando descubrimos que algo no era como lo vivimos -un amor o una amistad, una situación política o una expectativa común y aún nacional- se nos aparece en la vida real ese dilema que tanto puede atormentarnos y que en gran medida es territorio de la ficción: ya no sabemos cómo fue verdaderamente lo que parecía seguro, ya no sabemos cómo vivimos lo que vivimos, si fue lo que creíamos mientras estábamos engañados o si debemos echar eso al saco sin fondo de lo imaginario y tratar de reconstruir nuestros pasos a la luz de la revelación actual y del desengaño. La más completa biografía no está hecha sino de fragmentos irregulares y descoloridos retazos, hasta la propia. Creemos poder contar nuestras vidas de manera más o menos razonada y cabal, y en cuanto empezamos nos damos cuenta de que están pobladas de zonas de sombra, de episodios inexplicados y quizá inexplicables, de opciones no tomadas, de oportunidades desaprovechadas, de elementos que ignoramos porque atañen a los otros, de los que aún es más arduo saberlo todo o saber un poco. El engaño y su descubrimiento nos hacen ver que también el pasado es inestable y movedizo, que ni siquiera lo que parece ya firme y a salvo en él es de una vez ni es para siempre, que lo que fue está también integrado por lo que no fue, y que lo que no fue aún puede ser.

Javier Marías:
extracto de su discurso Lo que sucede y no sucede.



miércoles, 21 de octubre de 2009

Esto no lo levanta ni la Machi



La tortuga de Darwin
es la prueba de que una buena actuación no salva ni una obra, ni una película, ni una serie. Carmen Machi hace un trabajo espectacular, y lleno de matices. Pero a su alrededor todo era un despropósito. El guión estaba lleno de tópicos y de un surrealismo autocomplaciente y, a estas alturas, trilladísimo. El ritmo era lento lento. Los demás actores parecían dirigidos por su peor enemigo, como si cada uno actuara en su propia obra particular: el clown, el expresionista, el naturalista...

Al final hasta la propia Machi se me hacía pesada. Por muy bien que lo hiciera, semejante tostoncete no había quien lo levantara.

martes, 20 de octubre de 2009

Lo hortera y lo sublime



Ahora que parece que va sacar nuevo disco, no está de más reinvindicar a un cantante hortera para muchos, pero que se lo ha currado como ningún otro, y que no por hortera deja de ser sublime y un pedazo de artista, parido en nuestro país y en nuestra televisión pública (en uno de sus pocos momentos de lucidez, todo hay que decirlo, y me refiero a OT). Hablo de David Bisbal, cantante que acudió varias veces al programa de TV en el que yo trabajaba, para actuar y llenar como pocos el escenario del programa, y para aguantar el tipo en entrevistas que rayaron en lo surrealista, dando siempre la talla de un artista de gran calado, sin perder el humor y sin dejar de ser de los más cercanos que yo conocí (y fueron bastantes).

Recuerdo que mi amiga Kubelick reivindicaba la canción Lloraré las penas, de su primer disco, como unos de los mejores productos que se habían creado en la música española de los últimos tiempos. Hortera, claro. Pero como bien decía ella, un producto perfecto si se juzgaba dentro de sus propios parámetros. A mí, sin embargo, y pasando por alto el Dígale (baladón sublime donde los haya), me gustó más el segundo disco de Bisbal. La fórmula estaba mucho más depurada, pero aún conservaba ese soplo de aire fresco del primero. La gira, por ejemplo, fue apoteósica: el concierto al que yo fui, invitado, en Las Ventas, fue choni y delirante hasta la extenuación. No sucedió así en el tercer disco, en el que se nos quiso presentar a un Bisbal mucho más urbano y alternativo, reinventado por Jaume de Laiguana (el del No es lo mismo de Alejandro Sanz), e intentando dejar atrás el rollo de verbena de feria que lo hacía tan auténtico.

De aquel segundo disco, Bulería, me quedo con ese Oye el Boom, segundo single hortera y sublime a partes iguales, con un videoclip descacharrante, pero genial como se han hechos pocos en la industria discográfica española. En esta canción, y en este videoclip, está la mezcla perfecta entre un Bisbal más estilizado y el otro de los gorgoritos flamencoides y las patadas al aire; el de siempre, el más nuestro y el que nunca debió dejar atrás. Porque era eso lo que hacía que no fuera un cantante latino más. Los gorgoritos, el flamenqueo, las patadas al aire (y los rizos) eran una horterada, vale, pero cuando en el tercer disco dejó atrás todo eso (rizos incluidos), perdió la fuerza y también la voz (porque por lo que parece en la tercera gira las pasó canutas con la afonía), y dejó de ser Bisbal. Recuerdo un concierto al que fui de esa tercera gira, la gira Premonición. Al problema de la voz se sumaba la ausencia de bailarinas, y la de los instrumentos de viento en una banda en la que dieron más importancia a las guitarras eléctricas, con proyecciones en las pantallas que parecían de museo de arte contemporáneo. ¿Roquero y urbano? Vamos, por favor, eso no es David Bisbal.

Ahora parece que vuelve con sus rizos, aunque no sé si habrá recuperado la fuerza del principio. ¿Volverá Sansón a sus andadas, horteras y sublimes a partes iguales? Mientras, yo me quedo con ese boom boom boom que hasta tuvo su versión en japonés. Qué delirio...



Lo hortera y lo sublime, en un solo videoclip (tan, tan arriquitáun!!)



Y la versión japonesa, de la mano de un señor llamado Hiromi Go, que por lo visto arrasa en el país del sol naciente (¡no se pierdan el bin bin bin de la segunda parte del estribillo!)

domingo, 18 de octubre de 2009

La Montero y su perra

Mi perra es una friki, de Rosa Montero (El País, 18/10/09)

Tengo una perra un poco friki. La recogí de una estupenda asociación animalista, ANAA, hace tres o cuatro meses. Tiene unos dos años, pesa veinticinco kilos y es blanca y negra como una ternera. Buenísima y muda: jamás ha dicho ni palabra, o sea, ni guau. Se ve que, si ladraba, la zurraban. No sé qué pasado lleva mi pobre Carlota a sus espaldas, pero, a juzgar por su comportamiento, ha debido de ser espeluznante. Al principio ni siquiera permitía que te acercaras a ella. Enseguida agachaba las orejas y se escondía en el rincón más remoto de la casa.

Con los días, claro, las cosas han ido a mucho mejor. Ahora no sólo se deja acariciar, sino que, además, cuando llegas a casa suele asomar tímidamente la cabeza como pidiendo que la sobes un poco. Ya no se pasa la vida dando respingos ni se levanta de un asustado brinco cuando pasas junto a ella por casualidad. Duerme en su colchoneta perruna (antes no se atrevía a utilizarla) y en más de una ocasión hasta me ha lamido una mano. Cosa que, como saben bien los amantes de perros, viene a ser como darte un beso. Húmedo y rasposo y un poco asquerosito, pero beso al fin en toda su significación afectuosa.

De modo que, como digo, ha mejorado bastante. Pero resulta que, cuando nos las prometemos más felices, cuando estamos tan tranquilas y tan amigas, de repente Carlota se frikea y vuelve a las andadas asustadizas. Por ejemplo: regresamos de la salida nocturna y reparto golosinas, un ritual que los perros, tan amantes de lo rutinario, nunca perdonan. Y así, le doy una galleta a mi vieja Bruna, una teckel redonda como una albóndiga peluda, que la devora con un raudo golpe de quijada; y luego me dispongo a darle la suya a Carlota, como cada noche, cuando de pronto, sin razón aparente, la pobre arría las orejas, mete la cola entre las piernas y sale pitando aterrorizada, como si en vez de estarle regalando su biscote de siempre le hubiera ofrecido polonio 210. Y ya hemos fastidiado por un montón de días el momento galleta: ahora Carlota tendrá su pequeño ataque de pánico cada vez que intente acercarme a ella con una golosina en la mano. Hasta volver a ganar la suficiente confianza como para coger la comida de mis dedos pueden pasar semanas.

Me pregunto qué cables se le cruzarán en esa pequeña cabeza maltratada cuando reacciona así. Sin duda el daño sufrido en el pasado, y el dolor, siguen teniéndola presa de algún modo y haciéndole confundir las situaciones. El miedo es una herramienta muy útil, un arma, una defensa para los seres vivos; nos permite percibir los peligros y ponerles remedio antes de que sea demasiado tarde. Pero a veces ese miedo se termina convirtiendo en una trampa, en un peligro mayor que lo temido. En realidad los humanos actuamos a menudo igual que mi Carlota: llevamos nuestra biografía a las espaldas como quien acarrea una inmensa piedra, y en ocasiones el peso aplastante de esa roca nos impide levantar la cabeza y contemplar la realidad. Vamos mirando nuestros pies, es decir, rumiando las heridas del pasado, y padecemos una fatal tendencia a cobrarle al presente nuestras deudas añejas.

Quiero decir que los nuevos amigos, los nuevos vecinos, los nuevos compañeros de trabajo, suelen tener que apechugar con el fantasma de lo que otros hicieron. Por ejemplo, a veces le atizamos a alguien una bronca excesiva que no es más que el reflejo de un antiguo berrinche al que no supimos dar salida en su momento. No somos individuos vírgenes en nuestras relaciones con los demás, y estos malentendidos son especialmente agudos con los amantes. Cuántas veces reaccionamos con nuestras parejas (y ellas con nosotros) con desmedida suspicacia o intransigencia. Con un fastidio que en realidad no tiene que ver con él o con ella, sino con el pasado. Cada pareja convive con los ectoplasmas de los antiguos novios, más las viejas cicatrices no curadas y los remotos miedos. No es de extrañar que la convivencia sea tan difícil, con semejante barullo. Miro ahora hacia atrás y me veo actuando demasiadas veces como Carlota, plegando las orejas y reculando cuando en realidad no había necesidad. Los perros enseñan mucho.

viernes, 16 de octubre de 2009

Fedra, o el calentón fatal



El calentón de Fedra/Ana Belén en el último montaje de la obra que se ha hecho en Madrid es un calentón fatal. Fatal como lo son todas las tragedias griegas. Pero para mí también ha sido un calentón total, estupendo e incluso abrumador, porque rayaba en el delirio y porque a mí siempre me han encantado esas relaciones entre maduras interesantes y jóvencitos imberbes. No lo puedo evitar, es algo que me pone. Por eso la primera mitad de la obra ha sido para mí tan total. Cuando la tragedia de verdad se empieza a gestar, perdí algo del interés. Pero el final, en el que Fedra (espléndida Ana Belén) abraza a un Hipólito (viva Fran Perea!) destrozado y sangrante, pero aún (y ya para siempre) en la flor de la vida, ese final, les juro, me sublevó. Y la tragedia es lo de menos; lo que más me excitaba a mí era ese calentón que a Fedra y a Hipólito les persigue hasta en los estertores de la muerte.

Muerte y sexo. Sexo y muerte. Qué serían del uno sin el otro.

sábado, 10 de octubre de 2009

Tres son... ¿multitud? / El desprestigio del narrador en tercera persona

Los ménage à trois me han gustado desde siempre. Pero no me refiero a la vida real. Todo empezó con la peli Threesome, y desde entonces cada vez que sé de una peli o de un libro que trata de tríos, allá voy. Me falta, eso sí, Jules et Jim, que parece ser como la semilla original de todo lo que se ha escrito y se ha dirigido después sobre el tema.

Lo último ha sido Castillos de Cartón, de Almudena Grandes, de la que hasta ahora no había leído nada. El libro al principio no me ha gustado, porque el tipo de prosa me parecía demasiado poco sutil, había demasiada disección de los sentimientos. Y eso que dentro del libro estaban todos los ingredientes que yo a priori necesitaba: tres universitarios que se montan su propio mundo a espaldas del mundo real; sexo, arte, drogas, y sentimientos encontrados; peleas y reconciliaciones; verdades a medias, mentiras veladas. Pero todo estaba demasiado bien explicado. Todo estaba anticipado y masticadito, sin permitir al lector darse siquiera el gusto de la sospecha, de conocer a los personajes sin la mediación de un narrador (narradora en este caso, la protagonista), demasiado presente. No sé, la primera persona está, hoy en día, sobrevalorada. Creo que una narración en tercera persona, no ya omnisciente sino sesgada, habría dado más juego. Pero parece que la tercera persona hoy en día sólo vale para bestsellers y novelas de misterio. Las obras con pretensiones, las que reflejan lo más oscuro de la naturaleza humana, tienen que ser en primera persona. No entiendo ese axioma tácito, pero es así.

Sin embargo, el desenlace de la historia estaba muy bien hilvanado, y al final la novela me ha convencido más. Y ha caído en dos días, pues apenas eran 200 páginas. Pero aun así me pregunto: ¿por qué algunos libros que no me apasionan me cuestan mucho menos trabajo que otros que sí me remueven mucho más por dentro?

Ágora: pequeña gran película



Viendo Ágora he tenido la sensación de estar viendo una peli muy pequeñita y una peli muy grande a la vez.

Pequeñita por sutil e íntima, por saber dar en el detalle, por tocar la fibra sensible en cada plano sin necesidad de ser repetitivo. Pequeña también por diferente, porque aunque en apariencia se presente como un peplum de gran presupuesto, en realidad los planteamientos y el resultado no se pueden alejar más de lo hasta ahora establecido en el género.

Grande por su ritmo, porque Alejandro Amenábar sabe colocar la cámara como pocos directores de hoy. Por esos planos extraños y a la vez elegantes, magistrales sin caer en la grandilocuencia vacua. Grande por Rachel Weisz. Su mera presencia hace que te emocione plano a plano. Su mirada, su boca, su blanca piel, sus brazos torneados y ese pie que Davus, el esclavo, se atreve a tocar mientras ella duerme, en una de las escenas más alucinantes de toda la cinta.

martes, 6 de octubre de 2009

Rachel Weisz mira a la cámara (y me cautiva)



Lo de la Weisz es muy fuerte. No sólo es una actriz como la copa de un pino. No sólo se come la pantalla en cada peli que hace (sea del tipo que sea: desde El Jardinero fiel hasta La momia). Sino que además sale mucho más guapa en las fotos sin retocar que en las de promoción. No digo yo que al chat de El país haya ido con la cara lavada, no. Va maquillada y arregladita. Pero igual de maquillada y arreglada que podría ir cualquier hija de vecina.

Y aun así, espectacular.

Ahora, a ver qué tal en Ágora. Deseando estoy.

Sor Teresa, la monja de la gripe A

Teresa Forcades es una monja benedictina de Cataluña. Es médico, especialista en Medicina Interna y doctora en Salud Pública. También es feminista, y en relación al aborto ha llegado a afirmar, que "es Dios quien ha puesto al feto en la madre, y por tanto es la madre la que debe decidir", que el aborto "no es un crimen como lo es asesinar a otra persona, porque el feto no es otra vida sino que forma parte de la madre, con quien tiene una relación única y singular".

Ahora ha hablado de la gripe A. Y lo que cuenta, como poco, me parece bastante interesante. Ahí va el primer vídeo. Y les aviso de que es casi una hora de grabación. Esta mujer se niega a caer en el populismo o en la anécdota fácil (como yo sí he hecho en el primer párrafo de este post, jeje), y por eso hay que tener paciencia y escuchar toda la explicación. Que conste que yo en principio no estoy ni en contra ni a favor de lo que dice, sino que me parece un buen punto de partida para investigar y ser un poquito más críticos con el tema. Porque no digo que haya conspiración, pero lo de la gripe A ya empieza a oler a chamusquina.



Si, lo quieren por escrito, aquí lo tienen.

viernes, 2 de octubre de 2009

Aun así, Madrid es grande

Aunque sólo sea porque hasta en la Plaza de Oriente tenemos a esos brasileiros, bandera en mano, celebrando la victoria. Porque en Madrid cabe de todo.

Y después de ver a Pelé, llorando, que quieren que les diga. Ya era hora de que las Olimpiadas fueran a Sudamérica. Se lo merecen.

La isla bajo el mar (quedarse con las ganas)


La isla bajo el mar tarda en coger fuerza. No es hasta el ecuador de la novela que Isabel Allende le insufla verdadera fuerza a la historia, esa fuerza a la altura de la de sus mejores libros. La historia se llega a poner tan interesante que cuando la Allende le pone el punto y final, te parece apresurado.

Tal vez el problema sea que Isabel Allende ha pretendido escribir un alegato contra la esclavitud, y que sin embargo la cosa ha devenido, de nuevo, una saga familiar en toda regla. La primera parte de la novela, la del alegato, es más que correcta. La segunda parte, cuando empiezan los verdaderos encuentros y desencuentros, las coincidencias y los avatares del destino, ya tan míticamente allendianos, la cosa se vuelve sublime. Y de pronto, zas, el final.

¿O será que ya tiene preparada una segunda parte? De ser así, este final estaría justificado, pero creo que sólo en parte. De qué sirve quedarse con las ganas si después de un año, dos, o tres, de espera, ya ni te acuerdas de eso, de que te quedaste con las ganas.

viernes, 25 de septiembre de 2009

La libertad (en las aulas)

A quienes quieran entender mi post sobre las hijas de Zapatero como una crítica política (me refiero a blogueros del PP y a periodistas de la COPE), allá ellos, pero el post no iba de eso. Lo de las hijas de Zapatero era una mera excusa para hablar de un problema educativo. Tal vez si les pongo otro ejemplo me entiendan:

Hoy mismo, en clase de Lengua con 1º de la ESO, ha salido a colación que "cupo" es la forma correcta para ese "cabió" que los chavales están acostumbrados a decir. Pero ellos se han negado en redondo a aceptar ese "cupo" como correcto. Me miraban como si estuviera loco, y por supuesto sé que en el futuro se van a negar a usar esa forma nueva que, si estuvieran acostumbrados a comportarse de un modo más humilde, habrían aceptado e incluso incorporado a su habla. Pero no es así. Ellos son como son, y nadie tiene por qué venir a cambirlos. Y menos un profesorucho de tres al cuarto.

No les culpo. La culpa no es de ellos. Es de unos padres que no dan ningún tipo de crédito a ese lugar al que van sus hijos todos los días. Es de una sociedad que ya jamás pone a esos chavales en su justo lugar (para lo bueno y para lo malo, porque tampoco les presta atención).

Otra cosa es que ese "cabió" se termine imponiendo antes o después. Las lenguas cambian, y eso no me importa. Es algo que hasta me gusta. El problema es otro. El problema es que lo que dice un profesor ya no tiene valor. Que nos tenemos que ganar ese respeto a base de chascarrillos, bromas y estrategias de negociación dignas de los diplomáticos en la ONU. Y no me importa. Es una parte de mi trabajo que como reto me estimula día a día. Ahora me toca buscar textos que capten su atención y en los que aparezca ese "cupo", para que lo acepten. Pero también estaría bien que esos chavales de 12 y 13 años de vez en cuando te dieran algo de crédito sólo por ser lo que eres, un profesor, y sin tener que ponerte a la altura de ellos. Aunque solo fuera para que el proceso educativo no se ralentizara tanto como para tener que perder tres clases leyendo textos en los que aparezca ese "cupo" que ya hasta a mí me produce extrañamiento.

La libertad (y las hijas de Zapatero)



Eduardo Álvarez dice en El Mundo que "se está vapuleando de forma cruel a estas dos adolescentes por la ropa que llevaban". Que si "acaso es un escándalo que dos adolescentes -sí, esa edad tan complicada- se sientan atraídas por la estética gótica". Que "parece como si media España se hubiera vuelto reaccionaria y quisiera cerrar los ojos ante la realidad". Que "cuando se tiene 14, 15 o 17 años, el look es una de las cosas más importantes y cada chaval expresa su personalidad y sus afinidades a través de la ropa que elige".

Todo eso es verdad. Vale. A todos nos ha dado por vestir de una manera estrafalaria de adolescentes, y yo soy el primero que levanto las cejas o me compadezco cuando veo a una niña de 14 años con vestido de encajes (que aún se ven, porque de todo tiene que haber). Es verdad que, cuando nos daba por vestir así, nuestros padres nos decían que íbamos hechos unos zarrapastrosos. Y la mayoría de las veces, claro está, lo que nos decían caía en saco roto. Nos salíamos con la nuestra. Para ir al instituto, para ir a la discoteca, para ir al botellón.

Pero también es verdad que había dos, tres o cuatro ocasiones al año en la que no sólo nos decían que íbamos indecentes, sino que nos obligaban directamente a vestir de otra manera. Así hoy no vas, decían. Eran grandes eventos: bodas, bautizos, algún encuentro especial, etc. Ocasiones contadas en la que los padres se nos imponían y nosotros nos teníamos que poner la chaqueta y ajustar la dichosa corbata. Al día siguiente, al botellón, podíamos volver a ponernos lo que nos diera la gana.

No era un trauma. Tampoco lo viví como una coacción a mi libertad. Lo que estaban haciendo en ese momento nuestros padres era obligarnos a socializarnos, a integrarnos en el mundo real, a hacernos respetar. Hoy, parece que es más importante la libertad del adolescente para expresarse, una libertad que llega hasta las máximas consecuencias.

Lo de la foto es una anécdota y ya está, por mucho que esté dando de sí. Me la suda lo que diga el PP, porque en realidad esto no tiene por qué desmerecer de Zapatero como gobernante, ni de España como país. Pero me parece a mí que sí le hace desmerecer como padre. Porque en el momento en que está dejando a sus hijas ir a ver a Obama como si fueran al botellón, les está negando el vivir ese momento en su verdadera dimensión social y hasta personal. Les está diciendo: vayáis donde vayáis no tenéis por qué cambiar de registro, pordéis ser tal cual sois. Y sí, eso suena muy bien, pero es esa libertad mal entendida la que hace que hoy en día sea imposible dar clases en los institutos, donde los chavales se comportan tal como son, igual que en casa; donde se niegan a corregir sus fallos de expresión (tanto escrita como oral) en la clase de Lengua, porque ellos son así y no tienen por qué cambiar. Claro, la educación está para moldear, o sea, para cambiar a la persona, para hacerla mejor. Pero hoy en día eso está en descrédito. El mensaje que impera ahora es que todo el mundo tiene derecho a ser como es, así de mediocre, así de burro, así de arrabalero. Y todo lo que nos digan los padres, todo lo que nos digan los profesores, todo lo que nos diga un policía en la calle, es un ataque directo a nuestra libertad.

Ahora son las propias hijas de Zapatero las que se tienen que encontrar por Internet toda esta colección fotográfica (desternillante, por cierto), y seguro que cuando se vean pensarán (tal vez no hoy, pero sí dentro de unos años) que su padre bien podría haberles dicho: hoy, así, no.