miércoles, 12 de mayo de 2010

¡Estoy perdido! ¡Estoy asesinado!


No se asusten, no hablo de muertes, sino del grito desesperado de ese genial Avaro de Molière tras darse cuenta de que le han robado la caja con sus ahorros. Un grito que es el culmen del despiporre en esta comedia de un Molière al que nunca había leído ni visto en escena. Y cómo me he alegrado. Después de Shakespeare y los españoles Lope y Calderón, me faltaba ese tótem del teatro nacional francés, y me ha encantado. Por supuesto, no está a la altura de Shakespeare, pero sí es bastante más divertido que los españoles.

Y eso que, como me contó un día una profesora, Molière se mueve dentro de los patrones más ortodoxos del clasicismo, ese clasicismo del que supieron escapar tanto Shakespeare como Lope con su comedia nueva y Calderón. ¿Qué tiene entonces Moliere para ser tan grande, dentro de esa estricta y a priori aburrida ortodoxia? No recuerdo lo que nos dijo esa profe. Creo que algo sobre la creación de caracteres universales (el avaro, el misántropo, el enfermo imaginario...), caracteres que pueden parecer demasiado planos, sólo en función de la comicidad, pero que vistos en escena son mucho más reales. Porque este avaro tenía ecos de todos esos tacaños que nos han rodeado a todos, especialmente esos abuelos y tíos que vivieron sus épocas de penuria. Mi abuela, por ejemplo, a la que se le contraía la cara cada vez que uno de sus nietos se comía un plátano, esa cara y exótica fruta vinculada para ella más al placer que a la mera alimentación. (Claro, hoy en día, en vez de plátanos habrían sido petisuis, y ya directamente le habría dado un infarto).

Y sí, la creación de caracteres está bien, pero mejor aún está el ritmo de la dramaturgia, que se apoya en esas tres unidades de tiempo, espacio y acción, para hacerlo todo, en vez de más aburrido, más trepidante. Porque esa ruptura con las tres unidades tan denostadas por Lope sería en su momento una liberación, pero a día de hoy esas tres unidades siguen siendo la marca de fábrica de algunas de las mejores obras de enredo y de pelis basadas en textos teatrales (La soga, ¿Qué me pasa, doctor?, Los amigos de Peter, Gente con clase...).

Y además del ritmo, esa falta de vergüenza que tiene el propio Molière a la hora de presentar escenas de lo más ridículas, como el final de la obra, que para mí fue una auténtica parodia de los finales de Lope y Calderón. Porque si vas a culminar la historia de una manera tan forzada, al menos hazlo de verdad, sin miedo de caer en el ridículo, y conviértelo todo si hace falta en una pantomima, pero en un pantomima divertida, como ésta de Molière.

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