miércoles, 28 de abril de 2010

El dichoso pañuelito

Vaya por delante que este es un tema que me toca la fibra sensible, así que primero voy a tirar por lo emocional, y ya luego, trataré de ser más objetivo.

Para empezar, las normas están muy bien, pero en mis cuatro años de profesor en una de las zonas más desestructuradas de Madrid, de poco me han valido. Sin flexibilidad, poco se puede enseñar a niños como éstos. No sé, a lo mejor en un colegio privado, con niños pudientes, son útiles, pero donde yo estoy, si se aplican a la fuerza, no lo son.

En estos cuatro años he tenido el placer de dar clases a varias niñas marroquíes (una nacidas en Madrid, otras no, pero esto tampoco tenía nada que ver, porque son madrileñas igualmente, y siempre les he insistido en eso, en que no por ser españolas van a ser menos "moras", como ellas mismas dicen, y que tener dos nacionalidades es un tesoro que más quisiéramos muchos, y que sería una estupidez rechazar cualquiera de las dos). De todas estas niñas, ninguna ha traído pañuelo a clase, porque no lo usan. (Y aprovecho para adelantar que me niego a llamarlo yihad hiyab o cómo coño sea, porque la denominación, que en un principio se acogió por políticamente correcta, ahora parece que se usa para producir extrañamiento, y ya está bien, coño. Además, que son las propias niñas marroquíes las que lo llaman así: pañuelo, porque es un pañuelo, ¡un pañuelo! ¡no un misil ni una bomba de destrucción masiva!). Como decía, las niñas a las que he dado clase nunca han llevado pañuelo, pero en mi instituto sí que que hay unas cuantas de los módulos profesionales que lo llevan y nunca ha pasado nada. (Y eso que lo de las gorras sí que está prohibido.)

Por eso he pensado más de una vez en lo que pasaría si de pronto, alguna de estas alumnas a las que llevo dando clase ya varios años, apareciera en clase con el pañuelo a la cabeza. Y lo que respondería si alguno me dijera que ya no les podría dar clase. Y lo tengo muy claro, los mandaría a todos a tomar por culo. A ver quién se atreve a decirme a mí que no puedo yo dar clase a esa niña. Repito: a ver quién se atreve.

Porque eso de que los que vengan de fuera se tienen que adaptar suena muy bien. Pero lo que es yo, nunca he creído en el proceso de adaptación, o en la educación, como algo de un día. Por más que me empeñe, por mucho que les quiera mostrar otros mundos a través de la literatura, mis alumnos no dejan de ser chonis, o barriobajeros, o quinquis, o machistas, o xenófobos, en un sólo día. Por mucho que yo trate de inculcarles un modelo laico, mis alumnos marroquíes no se dejan iluminar de un día para otro por el fulgor del agnosticismo. No, son creyentes. Muy creyentes. Y acatan las normas del Islam. Las que nos gustan y las que no (y eso siempre desde nuestro punto de vista).

Pero igual pasa con cualquier otra religión: hoy, una niña, española de toda la vida, me miraba ojiplática cuando le he dicho que lo de Adán y Eva es sólo una metáfora. ¿La he convencido? Probablemente no. Primero tendrá que saber qué es una metáfora. Después tendrá que aprender sobre la posición oficial del catolicosmo actual con respecto a nuestros "primitivos padres". Después tendrá que construirse su propio armazón crítico. Y eso, señores, es el proceso educativo. Un proceso que necesita algo más que un día de clase, y por supuesto algo más que una norma desvirtuada y aplicada sin sentido para alejar a aquéllos que nos producen incomodidad.

Un ejemplo. Una alumna marroquí pero nacida, como ella dice muy orgullosamente, en La Paz (el hospital de Madrid) y a la que llevo dando clase tres años seguidos, se negó a entrar en una iglesia en una excursión a Italia. Los profesores tuvieron que llamar por teléfono a la madre, y ésta, desde Madrid, fue la única que pudo convencerla de que entrara con sus compañeros. Que era una visita turística, y ya está. Eso fue hace dos años. Pues bien, la chica sigue incómoda con el tema, pero cada vez menos. ¡Pues anda que no he entrado yo en mezquitas!, le digo. Y ella se sonríe, porque en el fondo se da cuenta de que aquélla fue una actitud ridícula.

Pero nosotros no somos niños, somos adultos. Adultos que además presumimos de habernos criado en un ambiente laico, y con esas supuestas libertades que parece que el mundo occidental nos ha dado. Por eso no entiendo ese toniquete revanchista de que "si yo voy a sus países acato sus normas", "si yo los respeto que me respeten a mí", "si visito sus mezquitas yo sí que me pongo el pañuelo", "si estuviera en un colegio de Afganistán me obligarían a ponerme un burka". Pues muy bien. Como ellos son así, vamos a serlo también nosotros. Pero entonces ya no podremos presumir de ser personas más avanzadas o más abiertas o más lo que sea. Es como si cada vez que a los profesores un alumno les falta al respeto (y esto sucede cientos de veces cada día, os lo aseguro), nosotros pudiéramos (o incluso, según muchos, debiéramos) faltarles al respeto igualmente a ellos, devolviéndoles con la misma moneda. Menuda educación sería ésa. (Y por eso, que la prohibición del pañuelo se dé en un centro educativo, y no en un juzgado o en un hospital o en cualquier otro sitio público, me parece aún más alucinante, y una medida que echa por tierra todos los restos que día a día echamos en el proceso educativo.)

Si una niña mía aparece con pañuelo en clase, yo le seguiré enseñando literatura igual. Le seguiré intentando abrir los ojos a la vida y toda su gama de opciones (que desde mi perspectiva también será limitada), para que cuando toque, ella decida qué hacer sin que nadie le diga qué tiene que ponerse o en qué tiene que creer. Ni sus padres, ni sus profesores, ni una burocracia absurda.

Y como el post me ha salido muy largo, la perspectiva racional la dejo en manos de Mariano Fernández Enguita, con el que estoy de acuerdo en todo. Lean, lean.

6 comentarios:

Angel de la Llave dijo...

Me gusta mucho, Félix, lo que has escrito. Nos viene muy bien a todos. En la Comunidad de Madrid estamos perdiendo el oxígeno para respirar y la prespectiva para ver las cosas venir. ¿Estamos entrando en una autopista a contramano?

Como se dice en el cuento "Alicia en el País de las Maravillas" del matemático Lewis Carroll:

"¿Sería tan amable de decirme qué dirección debo tomar?
Ello depende, en gran medida -- responde el gato -- de dónde quiere usted ir."

Felicis, en Madrid dijo...

Ay, Ángel, en la Comindad de Madrid tienen muy clara la dirección que quieren tomar, y lo malo (para nosotros) es que están siendo muy eficientes, y les está saliendo todo como querían.

Anónimo dijo...

No cabe duda de que sigues siendo aquel Félix que conocí. Me ha gustado comprobar (intuir a través de lo que aquí has escrito) que lo que yo me imaginaba que pudieras haber llegado a ser, sea todavía mejor.
Un abrazo,
T. K.

Felicis, en Madrid dijo...

¡Sr. Kowalski, supongo! ¿Qué es de usted? Joder, espero que te vaya bien, viejo amigo!!! Un abrazo!!!

Anónimo dijo...

¿Quién si no...?
Por ahí sigo... ¡viviendo! (que no es poco y tampoco está tan mal).
Un abrazo y espero que no te importe que recomiende tu blog.

T. K.

Felicis, en Madrid dijo...

Por supuesto! y a ver si nos vemos alguna vez por Sevilla, o Madrid, si vienes!! mi mail es nuevofelix@gmail.com, escribe, tío!