sábado, 17 de abril de 2010

TEMPVS FVGIT

A qué vienes ahora,
juventud,
encanto descarado de la vida?
Qué te trae a la playa?
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los más temibles sueños imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones.


Decía Gil de Biedma que toda su poesía había girado siempre en torno a dos cosas: el paso del tiempo y él mismo. Yo ahora acabo de ver las Coplas de Manrique con mis chavales de 3º y pienso, ¿qué poesía, qué literatura no ha girado en torno al paso del tiempo? Y es ahora, pasados los treinta, cuando empiezo a vislumbrar de verdad el valor de toda esa literatura agonizante cuyos autores veían escaparse el tiempo de sus manos. Y me doy cuenta de lo injusto que es tener que adoctrinar a todos esos adolescentes con esa literatura que, por mucho que se la expliquemos, nunca van a comprender. Porque cuando les hablas de las Coplas, puedes por ejemplo incidir en esa muerte igualadora, en esa idea de la otra vida, incluso en esa nostalgia embaucadora y engañosa que no nos dejar vivir en paz (con recordar el campamento del verano pasado, vale). Pero del inexorable paso del tempo, a ver qué les cuentas tú a un hatajo de chavales de 14 años. Sin ir más lejos, en el último examen, un alumno calificó ese paso del tiempo no de inexorable, sino de inoxidable. Un lapsus tal vez, pero es que no sólo se trata de una palabra difícil por su forma, sino también imposible de comprender en su contenido a esas edades.

Sí, hablar de la muerte puede a veces ser la solución. A los adolescentes el tema de la muerte les atrae más. En tierra, el polvo, en humo, en sombra, en nada. El de Góngora es un verso que les pone, no sólo por ser un pedazo de verso, claro, sino por todo lo que tiene de escatológico. Pero hablar del paso del tiempo no es sólo  hablar de la ultratumba. El paso del tiempo, en toda su dimensión, es mucho más sutil. Esa sombra que a Lorca le enturbia la garganta y esa luz de enero que otra vez viene y mil, ese divino tesoro de Darío que se va para no volver suelen dejar fríos a los chavales. Porque los chavales quieren dejar atrás la juventud cuanto antes, como yo también quise en su día, y como todos quisimos (aunque la nostalgia nos engañe), para arrepentirnos luego.

No, el tempus fugit es algo mucho más sutil, pero lo domina todo. Es tener que controlar las horas de sueño porque si no al día siguiente estás hecho una mierda. Es no pasarte con la comida porque lo que antes nunca te sentó mal ahora te deja con el estómago hecho polvo. Es saber que ya nunca vas a improvisar muchas cosas. Es retirarte de la fiesta a una hora prudente. Es vigilar las ojeras, y el pelo que se cae para no volver a crecer. Es elegir la ropa adecuada para cada ocasión, porque ya no tienes excusas. Es mantener las formas, porque lo que antes era una idiosincrasia que apelaba a la indulgencia, ahora te deja en ridículo. Es fiarte menos de los que te rodean. Es descubrir que no hay nadie normal, y que tú tampoco lo eres, porque también tienes tus propias y oscuras aristas. Es cargar con una mochila cada vez más pesada. Es aprender a cicatrizar las heridas. Es resignarse a saber que la felicidad no va estar siempre presente en tu vida. Es conquistar tu propia soledad, y lidiar con tus demonios. Y es por supuesto, saber que el amor, lo único que te salva de ese tiempo esquivo, es cada vez más difícil de encontrar, a lo mejor porque tú eres el primero que no lo buscas.

Yo a mis chavales, la verdad, no veo manera de explicarles todo esto. Y tampoco sé si quiero. A mí me verían como un marciano, y a ellos les amargaría la vida.

2 comentarios:

Pepa dijo...

Este post, como otros muchos tuyos, me lleva a pensar lo ingenuos o soberbios que hemos sido los profesores. Jamás, y lo repito 'jamás' había caído en los porqués de que a los alumnos, pese a creernos buenos comunicadores, no les interesase el paso del tiempo, que sí la muerte, y ahora llegas tú y en cuatro palabras me lo haces evidente.
¿Por qué no vivir o revivir con nuestros niños nuestras propias adolescencias? ¿Por qué no recordar nuestros afanes por imitar a los mayores en vestidos, comportamientos o actitudes para alejarnos cuanto antes de la terrible edad de los miedos y fobias? ¿Cuándo nos pusimos a la par del "Recuerde el alma dormida...? Cuando tuvimos que explicarlo, y posiblemente nos emocionaba más el sonsonete de la estrofa manriqueña, sus 'cómo', 'cómo', sus 'cuán, 'cuán', que sus propios significados tan lejanos para nosotros también (la diferencia de edad entre mis primeros alumnos y yo era apenas de cinco o seis años).
"...qué se fizo'" de todo aquello?
Enhorabuena y besos.

Felicis, en Madrid dijo...

Ay, Pepa, en lo del sonsonete de las Coplas tienes toda la razón. tanto insistir en el contenido, y me parece a mí que lo que hace verdaderamente grandes a las Coplas son el ritmo que tienen, con esos pies quebrados que dan tanto juego.