domingo, 22 de febrero de 2009

Ser profe es un chollo

El tópico es que los profesores vivimos como Dios. ¿Es el tópico cierto? Este post es un aviso para todos los que no sois profes, pero tenéis amigos docentes que se empeñan en desmentir el tópico. Que si su trabajo es muy duro, que si menuda responsabilidad, que si no estamos reconocidos, bla bla bla. NO LES CREÁIS. Mienten. Como bellacos. Fiaros de mí que también soy profe, que antes no lo era, y que, al contrario que la mayoría de mis compañeros, que después de la carrera se metieron directamente a opositar y no han trabajado más que en institutos, puedo comparar. Porque eso sí, estoy hablando de la enseñanza pública. La privada es otro cantar. Si yo tuviera que soportar a monjas y curas supervisando mi docencia, estaría amargado y jamás escribiría este post.

Vamos a desgranar todas las ventajas que tiene ser funcionario en la educación pública:

1) El horario. Para empezar, las horas lectivas semanales son 18. A veces, para ajustar horario, alguien se tiene chupar alguna más (¡y menudo trauma!, no dejas de protestar en todo el año), o también quedarse a una menos (y te callas como una perra también todo el año). Si eres jefe de departamento, cosa que es muy fácil si eres de francés, filosofía o latín, la cosa se reduce a 15 horas. Y digo que es fácil porque en el caso de estas asignaturas suele haber un solo profe por instituto, y esto automáticamente te convierte en jefe. ¿De quién?, dirás. Pues de ti mismo. Costosa tarea que exige una liberación de tres horas semanales. Después es verdad que se supone que hay más horas de permanencia en el centro, y además las guardias, que vale, suelen ser un coñazo, pero que no son más que tres, como mucho, a la semana. Estas horas no lectivas te pueden servir para tomarle el pulso al instituto más allá de los tres o cuatro grupos a los que tú des clase. Pero aviso, eso de tomarle el pulso al centro es algo que la mayoría de los profes no es que no lo hagan, es que ni se lo plantean. Resumiendo, y lo que es más importante: sea como sea tu horario, a las 2,15 o 2,30 estás liberado. Suena el timbre y a casa. O lo que es más fuerte: ya te estás yendo a casa cuando suena el timbre. Que eso yo lo veo día a día. Con liberar a los chavales 5, 10 o hasta 15 minutos antes, solucionado. Y encima los chavales te van a adorar. También puede ser que entres a las 8,30, y entonces será muy raro que salgas a las 2, con lo cual, a las doce o la una, algunos profes ya se están yendo e incluso sueltan eso de "me voy ya que estoy aquí desde las 8". Una vez en casa, puedes dedicarte a preparar clases o a corregir exámenes, pero a eso nadie te obliga. Si eres capaz de improvisar las clases sin que se te caiga la cara de vergüenza, nadie te lo va a echar en cara. Si tardas en corregir los exámenes dos semanas, tampoco. Como si no los corriges y te inventas la nota. O como si directamente no haces exámenes, porque eres un profe de la nueva era. Qué más da, ¡si encima vas de moderno!

2) Las vacaciones. Dos meses en verano, dos semanas y pico (con suerte tres) en navidades, diez u once días en semana santa, puentes y demás. Esto es lo más llamativo y de lo que nos tiene envidia todo el mundo. Pues sí, tenemos una vacaciones que te cagas. Hasta el punto de que la vuelta del verano llega a ser traumática, después de tanto tiempo desconectado del curro. ¿A que os damos pena?. Bueno, y hay que tener en cuenta que tanto las últimas semanas de junio como las primeras de septiembre el trabajo es meramente presencial. Ir, hablar con los compis y tomarse un café. Hay gente que, claro, muchos días ni se presenta en el instituto. ¿Para qué?

3) El trabajo en equipo, que es de la mejores cosas de trabajar en un instituto. ¿Saben por qué? Porque no hay. No es que no se intente, es que sencillamente la gente no sabe qué siginifica eso de trabajar en equipo. No saben lo que es ponerse un objetivo común, dividirse el trabajo, tener algo preparado a tiempo. Esto se nota sobre todo entre los que no han sido más que funcionarios toda su vida. Se hacen simulacros de trabajos en equipo, sólo, claro está, si es a cambio de puntos para trienios y sexenios; simulacros de los que no se suele sacar nada en claro, pero eso es lo de menos. Es verdad que trabajando como se trabaja con chavales, que son impredecibles, por mucho que te lo curres a veces no se ven los frutos, pero ¡ésa también es la excusa perfecta!

4) La territorialidad. Mi primer año de trabajo fue "supuestamente" el de prácticas. Este año, aparte de tragarte un tedioso y absurdo curso y elaborar una memoria, te nombran un tutor de prácticas. En mi caso, mi tutor ni siquiera se dignó a pasarse por mis clases a ver qué tal me manejaba. Aun así, yo provengo de la empresa privada, y por eso tendía a rendirle cuentas de lo que iba haciendo día día. Pero claro, él me rehuía. Yo era un pesao. Al final pillé la "dinámica" de trabajo y empecé a ir a mi bola. Y es que en el instituto, para lo bueno y para lo malo, nadie te va supervisar en cuanto a tu comportamiento en el aula. Los tres primeros meses, acostumbrado a otras rutinas, me sentí desamparado. Nadie te dice cómo hacer nada. Piensas: Dios mío, me voy a morir sin saber si soy o no buen profesor, sin saber si hago las cosas bien. Con el tiempo, claro, te acostumbras peligrosamente, hasta el punto de que desarrollas un territorialismo ("mi clase es mía y en ella no entra ningún otro") que en algunos profes raya con la neurosis. Ejemplo: estás de guardia y tienes que ir a una clase a comunicar algo, lo que sea. A mí eso, como buen voyeur, me encanta. Pues vas y llamas a la puerta. Algunos te dejan pasar sin problemas. Otros te abren la puerta sólo lo suficiente para sacar la cabeza, poniéndote la mano por delante en postura de "ni se te ocurra pasar". Es que tengo que decirles algo a los chicos, cuentas. Pero nada, no te dejan pasar. Podría decirse que es que los chavales están trabajando y no es bueno interrumpirles, pero no es así. Lo que se oye al otro lado es la tele, y por la cara del profe que te ha abierto la puerta, la peli, más que un documental educativo de la BBC, suena a Los albóndigas en remojo. Pero no culpen al profe. Dime qué harías tú si te toca dar Educación para la Ciudadanía o las dos horas semanales de MAE (¿Motivación Al Estudio?, ¿Medidas de Atención al Esfuerzo?, quién sabe lo quieren decir esas siglas).

5) La dignidad. Si estás falto de dignidad y autoestima, hazte funcionario. En un año estarás gritando por los pasillos y la sala de profes frases que comienzan por "Yo no tengo por que...", todo un clásico de la sala de profesores. Y es que todo trabajo que se salga de dar tus clases o que implique rendir cuentas es un ataque a la dignidad del trabajador. Y hay más: ¿Se imaginan a a un trabajador cualquiera entrando en el despacho de su jefe y poniéndose a gritarle hasta hacerle llorar, para luego salir del despacho impunemente? Ni de coña, ¿verdad?. Pues eso lo he visto yo en mi instituto, y no una vez, sino dos. Les cuento: Un profesor organiza una excursión. A última hora deja a los alumnos tirados, porque ya no le apetece la excursión. La jefa de estudios le da un toque para que no lo vuelva a hacer y a continuación él entra en Jefatura y se pone a gritarle hasta hacerla llorar. A la jefa de estudios. Porque claro, quién es nadie para poner en duda sus métodos y su dignidad laboral. Ese profesor, por supuesto, sigue campando a sus anchas por el instituto, pensando que lo que hace es trabajar y creyéndose más digno que nadie. Así, ¿quién no querría ser funcionaro?

6) La pedagogía. Si eres un profesor entregado a la causa, en la educación pública tienes a tu disposición cursos y seminarios varios sobre tendencias educativas, perspectivas pedagógicas varias y hasta el sexo de los ángeles. Pero nunca sobre prácticas reales de aula. La teoría es bienvenida; la praxis un tabú. Pregúntale a un compañero cómo enseña él los verbos, o qué dinámicas de clase plantea para mejorar la ortografía, o qué textos usa para explotar determinados contenidos, y en una milésima de segundo estará en Pekín. Este tipo de preguntas son las más incómodas que se pueden plantear en un pasillo de instituto. Yo, inocente de mí, que venía de una academia de español para extranjeros, donde esas preguntas y esa manera de compartir experiencias estaba a la orden del día, creía que en los institutos sería igual, pero qué va. Y claro, lo mejor de no aterrizar jamás en la práctica real de las aulas, es que hay teorías pedágogicas para todos los gustos, y como dice una compañera mía, cualquier manera de organizar un centro educativo (desde el segregacionismo más salvaje hasta el integracionismo más inabarcable) es justificable pedagógicamente. Y así nos va.

7) Los imprevistos. Cuando trabajaba en la tele, cualquier imprevisto suponía quedarte en el curro toda la noche preparando nuevas ideas. Que Bisbal, Chenoa o los de La oreja de Van Gogh no vienen al final al programa, pues a quedarse toda la noche improvisando algo para un programa que, con lo que sea, hay que sacar adelante. Era una putada, y todos estábamos siempre cruzando los dedos para que todo saliera según lo planificado, cosa que era bastante rara. Y diréis que qué es más importante, ¿sacar un programa de TV adelante o sacar a un montón de niños (el futuro de nuestro país) adelante? Pues parece ser que lo primero. En el instituto tampoco sale nada según lo planificado, pero las consecuencias son siempre las opuestas. Cualquier imprevisto significa menos curro. Vas tan ricamente a dar tu clase y te la encuentras vacía. Se han ido de excursión y nadie te lo había dicho: menos curro. Los chavales se ponen en huelga: menos curro. La calefacción se estropea: menos curro. Llega una orquesta de cámara al instituto para tocar en el salón de actos. En el centro nadie sabe nada porque la cosa se organizó con 6 meses de antelación y ya nadie se acuerda (entre funcionarios, ya se sabe). El jefe de estudios empieza a correr aula por aula suspendiendo clases para llevar a todos los chicos al salón de actos, antes de que la orquesta se ponga a tocar sola. Eso ocurrió tal cual; ese día yo tenía repaso para el examen con los de cuarto y ya me cabreé. Me negué a posponer el examen (menos curro sí, pero es que estoy harto) y la mayoría de los chavales se quedaron. A cambio, me sentí un auténtico boicoteador de actividades extraescolares.

8) El sueldo. Si a los dos mil euros y pico que ganamos le quitas el IRPF, cada mes nos tocan unos 1700/1800 euros. Eso sin trienios y sexenios (que yo aún no sé lo que son). Y en Navidad y verano las pagas extras, esto es, el doble. ¿Es eso poco? Si lo comparas con lo que ganan los profes en Alemania, pues claro. Si lo comparas con lo que gana un redactor de TV cuyo puesto está siempre en peligro y que se puede dar con un canto en los dientes si aguanta en un programa más de dos meses, es bastante más. Un redactor de TV que va de moderno, que se compra la ropa en el mercado de Fuencarral y que luce todos los domingos palmito y gafas de sol ultramodernas en La Latina, pero que al fin y al cabo no se mete en el bolsillo más de 1500 euros al mes, trabajando además 12 horas al día.

9) La descarga de adrenalina. En mi primer año de trabajo, y antes de empezar las clases, cuando los primeros días de septiembre gritaba a diestro y siniestro que menudo chollo salir a las dos, alguien me dijo que la energía que se emplea en controlar una clase durante una hora es hasta el doble y el triple que la de muchos otros trabajos, y que por tanto por las tardes acabas rendido. Y es verdad: si se compara con un trabajo de oficina, éste implica una descarga de adrenalina impresionante. Tengo compañeros que en su primer año han adelgazado varios kilos. Otros que antes de cada clase potaban. Yo, por ejemplo, mi primer año me lo tiré entero sudando como un cerdo. Son los nervios. Pero todo eso pasa. Uno se acostumbra y desaparecen las potas, los sudores y las cagantinas. Además, yo he pasado horas muertas delante de un ordenador, sin tener ya nada que hacer y esperando a la hora de salir, y eso es desesperante. En las clases estás en constante alerta y el tiempo se pasa volando (al menos si de verdad te interesa hacer bien tu trabajo), y al entrar en ellas se te olvida todo lo bueno y lo malo: tu vida personal, enfermedades, diarreas (que se cortan ipso facto, porque no hay más cojones) y absurdas neuras.

10) Los chavales. El material con el que trabajamos los profes no son ni los libros, ni las tizas, ni la pizarra. Ni siquiera las nuevas tecnologías, tan de moda. Nuestro material es real, está vivito y coleando. Es el mejor material con el que se puede trabajar: son los chavales. Chavales impredecibles que lo mismo te pueden amargar el día que hacerte feliz hasta el delirio. Y es que ése es el verdadero chollo de ser profesor. Ningún otro trabajo es tan apasionante, y eso es gracias a esos pequeños locos que tanto nos hacen gritar y sudar la gota gorda día a día. El horario, las vacaciones, el sueldo, todo eso se te olvida cuando a un chaval se le ilumina la cara porque ha conseguido comprender algo, o cuando guardan silencio mientras tú les lees un cuento, o cuando te piden que les cuentes más cosas sobre un tema que tú consideras una disgresión, pero que a ellos les está (¡oh sorpresa!) apasionando. Esos momentos son impagables, y nunca sabes cuándo van a llegar. A veces los atisbas, y me imagino que la experiencia en esto es un grado y con el tiempo hasta sabré conjurarlos conscientemente. Unos momentos que son una pasada porque ves que esos "niñatos" se convierten día día en más persona, y porque sabes que es gracias a ti. Los chavales son barro en tus manos, y aunque en el 90% de los casos no se dejen moldear, el otro 10% vale por todo lo demás y hace que el domingo no te importe que se acabe el fin de semana y tengas que ir al instituto el lunes, otra vez. Eso es lo que pienso que de verdad debe dar envidia a los que no sois profes, y nada de lo otro que he contado más arriba, y que habréis leído si no habéis desistido antes de llegar al final de este largo post.

***

¿Saben? Desde que empecé a currar de profe siempre ma ha pasado lo mismo. Voy por la calle, o en el metro, me encuentro con un grupo de niñatos armando jaleo y hablando de chorradas, un grupo de adolescentes desconocidos, y me parecen como poco absurdos, y a veces, según su comportamiento, hasta despreciables. Sin embargo, con los chavales a los que les doy clase, con los míos, jamás he sentido eso, sino todo lo contrario. Son lo mejor, son unos soles, son unos tíos listos. Son la caña. Sé que en el fondo nada les diferencia de los que me cruzo en el metro, pero no puedo evitar sentirlo. Cuando estoy en la calle, soy un adulto más. Cuando estoy en clase, soy el profe. ¡Menudo subidón!

6 comentarios:

Antonio dijo...

Me ha gustado mucho tu entrada, tanto por lo que muestra de verdad como por la ironía entre líneas. También me siento afortunado de ser profesor, aunque a veces caigo en algunos de los vicios que describes.
Un saludo.

una profesora más dijo...

Me ha encantado este artículo. Sobre todo el final. Yo también soy profe, así que ¿para qué decir más?

Anónimo dijo...

Ser profesor es un orgullo para mí y una suerte. Creo que voy a empapelar la sala de profesores con tu artículo. Será un magnífico espejo en el que reflejarnos.
Un saludo.

mblr dijo...

Totalmente identificada con todo lo que cuentas (has revivido mi año de prácticas tan y como sucedió). Yo siento lo mismo con los "míos". También, y con tu permiso, voy enviar este artículo vía mail a todos los profes que conozco, ¡a ver qué dicen!

Anónimo dijo...

Me siento totalmente identificada. Sobre todo con las diarreas....Yo también trabajé en la empresa privada antes de ser profesora. Este artículo invita a la reflexión y refleja lo perjudicial que puede llegar a ser para la salud mental ser funcionario,no tener que luchar por un sueldo cada mes y trabajar con personas que crees que puedes manipular. Nos lo ponen muy dificil. La única forma de hacer bien este trabajo es con un gran sentido del respeto,autocontrol, mucha ilusión y con ganas de ayudar. Si no eres así, déjalo, el sueldo fijo te está matando

angel dijo...

Gracias Félix. Esta entrada es muy agradable de leer (como todas) y te llena de optimismo. Somos muchos los que creemos que en las escualas hay que recuperar un discurso más alegre, más vocacional y con más sentido social.

Como soy un poco carroza, me permito recomendaros algunos clásicos:

El artículo de Mariano Fernández Enguita de 1999 titulado "¿Es pública la escuela pública?"

http://www.usal.es/~mfe/enguita/Textos/CdP.PDF

El libro de los alumnos de la escuela de Barbiana: "Carta a una maestra". Editorial PPD.

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