viernes, 29 de mayo de 2009

Dos familias que se entremezclan en mi cabeza



Me encantan las coincidencias que hay entre la serie Brothers & sisters y el libro La suma de los días, de Isabel Allende (o lo que es lo mismo, la propia vida de la Allende).

Brothers & sisters
acaba de terminar su tercera temporada, en la que ha dejado atrás las semblanzas psicológicas y se ha centrado más en sacar lo peor de cada uno de los personajes. Y no sólo me refiero a Tommy, aunque sea el caso más llamativo. Ni siquiera a los clásicos malvados (más que malvados, complicados de carácter) de la función, como Holly, el senador McCallister o ese nuevo hijo, Ryan, que ha sido un auténtico grano en el culo durante toda la temporada. Me refiero a los personajes de siempre, a los que los guionistas tampoco han dado tregua. Sarah siempre ha sido un personaje duro de roer, pero este año más. Kevin ha estado insoportablemente encorsetado, no se dejaba llevar. Justin ha estado más cabezón que nunca. Kitty, de un petardo insoportable y a punto de convertirse (oh, cielos!) en una adúltera. Hasta Nora, la madre (grande Sally Field) ha estado más castradora e histérica que nunca.

A pesar de todo, tanto buenos como malos han tenido al final su momento de redención. Y por mucho que los personajes se pasen de la raya, a un espectador naïf como yo no dejan de caerle bien. Es como en el relato que la Allende hace en su libro de los últimos veinte años de su vida, indisolublemente ligada a esa tribu que se ha montado en California con su marido americano, el hijastro de éste, su hija yonqui desaparecida, su propio hijo, su ex-nuera y su novia lesbiana, sus nietos y la nueva mujer de su hijo. Todos disfuncionales, pero a la vez encantadores.

Lo de B&S, como es ficción, no raya tanto en el absurdo, porque nadie se lo creería. Pero ahora que los espectadores hemos entrado en el juego, los guionistas se están permitiendo el lujo de rizar el rizo, de traspasar fronteras que en las otras dos temporadas parecían intocables. Casi casi como en el relato de la Allende. Pero lo han hecho muy bien. Ya en el primer capítulo de la temporada se sentaron las bases de lo que estaba por venir, con esa momumental bronca en la casa de cristal. Pero no pasa nada, porque en B&S las reconciliaciones son tan jugosas o más que las propias broncas.

Es gracioso como dos historias que supuestamente han surgido de maneras tan distintas, terminen siendo tan parecidas. En mi cabeza se entremezclan Marine County y Pasadena, los Allende y los Walker, Isabel y Nora. Y todos en California, bajo ese mismo sol que tanto me gustó este verano, paseando por las calles de Santa Mónica, o cruzando en coche los viñedos del Valle de Napa, y esperando encontrarme con unos y otros. Porque son ellos los que, ya desde antes de pisar ese suelo californiano, le habían insuflado vida y lo habían convertido en parte de mi exclusivo y personal tejido de los sueños.


Isabel Allende y Nora Walker. ¿O es al revés?

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